Una profunda rabia me inundó. No los soportaba juntos. Cuando los veía, sólo me entraban ganas de gritar y descargar mi ira con alguien. De arrancarle las extensiones a ella.
Will interrumió mis pensamientos, devolviéndome a la realidad.
—Justin es un cabrón.
—Y un idiota—añadí yo, girándome para quedarme frente a él.
—No deberías hablar con él—me advirtió Will—. No me gusta nada ese tío.
—Parece ser que no eres el único que no quiere que me acerque a Justin. Ya he tenido esta conversación con Abby y Ryan.
—Por algo será, ¿no?
—Supongo. Pero no creo que sea tan peligroso como dice la gente.
—Haz lo que quieras. Yo sólo quiero lo mejor para ti—me dedicó una sonrisa y me dio un reconfortante beso en la frente.
—¿No te lleva tu padre a casa?
—No, me enfadé con él. Iré a casa andando.
—Te llevo a casa con la condición de que me cuentes que ha pasado.
—Hecho.
Will entrelazó nuestros dedos y una risa tonta me invadió, contagiando a Will y haciendo que los dos riéramos sin razón.
Llegamos a su coche, un lujoso Ferrari rojo con llantas muy llamativas y asientos de piel beis. Abrió la puerta del copiloto y entré en él. Después, él lo rodeó y llegó a su asiento para encender el motor.
—Bueno, ¿Y por qué te has enfadado con tu padre? —preguntó Will, pendiente de la carretera.
—La historia es un poco larga, pero resumiendo, me ha prohibido salir de casa si no es bajo su supervisión.
—Deber haber una razón por la que haya hecho eso.
—Ese es el punto. No he hecho nada, absolutamente nada—crucé los brazos en mi pecho.
—No conozco a tu padre mucho, pero por lo que he podido ver es un hombre algo serio, pero contigo es diferente. ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?—giró por un segundo la cabeza hacia mí.
—Sí, en el despacho de mi padre.
—Se le iluminaron los ojos cuando te vio entrar. Pregúntale. Habla con él. Debe haber una explicación, creéme.
—Ya le pregunté, me respondió que era por mi seguridad.
Automáticamente el rostro de Will se tensó y sujetó el volante con más firmeza.
—¿Por tu seguridad? —yo asentí con la cabeza—. ¿Y porqué diría eso?
—No lo sé.
—Deberías preguntarle—me miró con seriedad.
—No pienso hablar con él. Llámame orgullosa pero no lo voy a hacer.
—¿Sabes? Una vez mis padres dejaron de hablarme y me ignoraban, me enfadé con ellos. No me explicaban nada cuando les preguntaba, hacían como si no existiera. Todo era porque me estaban preparando una fiesta sorpresa para celebrar mi décimo cumpleaños.
—Will, mi cumpleaños no es hasta dentro de tres meses—reí—. No creo que me estén preparando una fiesta sorpresa—negué con la cabeza, aún con una leve risa en mis labios.
—Era un ejemplo. No creo que te esté preparando una fiesta, pero tiene que haber una razón por la que se comporte así, ¿no crees?
—Ugh—bufé—. Seguirás insistiendo hasta que te prometa que voy a hablar con él, ¿verdad?—asintió desviando su mirada de la carretera a mis ojos con una divertida sonrisa en sus labios—. Está bien. Hablaré con él.
Solté un largo suspiro y Will mostró una sonrisa de satisfacción. Unos segundos después paró el coche y pude ver mi casa.
—Ya hemos llegado—me avisó Will.
Yo hice caso omiso de lo que dijo y me quedé en el asiento, observando por la ventanilla mi casa.
—Por mí te puedes quedar aquí si quieres.
—Ojalá pudiera, pero estoy castigada, ¿recuerdas?
Asintió levemente con la cabeza y detuvo su mirada en la mía. Quedé hipnotizada por sus ojos verdes esmeralda y su blanca sonrisa. Mojó sus labios y se acercó peligrosamente a mí, hasta el punto en el que nuestros alientos se convirtieron en uno y nuestros labios se rozaron, para después fijarse en un beso.
—Lo siento, yo no...—comenzó a decir Will.
Yo parpadeé un par de veces, atónita por lo que acababa de pasar.
—No pasa nada— junté mis labios en una fina línea y le sonreí—. Nos vemos mañana.
Abrí la puerta de copiloto y me alejé de él.
Me sentía realmente extraña. No había besado a nadie desde aquella noche en la fiesta en casa de Emily. No había probado otros labios que no fueran los de Sam. Y tenía miedo. Mucho miedo. ¿Y si me volvía a enamorar? ¿Y si me volvían a hacer daño? No quería volver a caer, destrozada y enfadada conmigo misma por a ver desperdiciado mi tiempo con alguien que no me quería. Me sentí engañada, defraudada y traicionada. No quería volver a caer en las locuras del amor.
El problema era que Will me gustaba y el beso me había gustado más aún.
Llegué a mi casa algo confusa y me encontré a mi madre hablando con Joseph en el salón principal. Los dos mostraban rostros preocupados y en cuanto entré en el salón, callaron y terminaron su conversación, formando un incómodo silencio.
—Hola, princesa. ¿Cómo han ido las clases?—me saludó mi madre.
—Aburridas, como siempre— me acerqué a ella y la abrace.
—Antes te gustaba ir al colegio.
—Mamá, eso era cuando tenía ocho años.
—Siempre has sido de las niñas que se encerraban en su cuarto a estudiar—añadió Joseph.
—Me gustaba hacerlo cuando me mandaban dibujos para colorear, no redacciones.
Rieron unos segundos y después volvieron a tener la misma seriedad en sus caras.
—¿Algo va mal?—pregunté yo.
—No—contestó mi madre al segundo, como si ya supiera lo que iba a preguntar—. Todo bien—añadió asegurándose de que quedaba claro.
Jospeh y mi madre compartieron una mirada de complicidad. Mi madre jugaba con sus manos a la altura del estómago y Joseph las escondía en su espalda.
—¿Y dónde está papá? Necesito hablar con él.
—Iré a arreglar las plantas del jardín, con permiso—dijo Joseph.
Mi madre asintió y Joseph desapareció por la puerta de la cocina.
—Bueno y... ¿Dónde está?
—Ah... sí... ¿Tu padre?—yo asentí, esperando recibir la respuesta—. Tu padre está en una reunión. Sí, eso. Una reunión.
—¿Una reunión?—pregunté yo extrañada.
—Sí.
—Está bien. Estaré en mi habitación—me acerqué hasta las escaleras—. Cuando llegue dile que quiero hablar con él.
—No llegará hasta tarde—la miré sin comprender y ella fingió una sonrisa para intentar relajarme—. Será mejor que hables con el mañana por la mañana.
—Oh—exlamé en voz baja—. Espero que no se aburra mucho en esa reunión,—remarqué la última palabra con ironía—debe ser larga.
—Catherine, no seas así.
—Entonces, dime dónde está papá realmente.
—No tengo que darte explicaciones.
—¿Ah, no?—pregunté en tono de burla—. Entonces a partir de ahora no me preguntéis cuando entre por la puerta dónde he estado, ni con quién he ido, ni a qué hora pensaba volver, porque yo tampoco tengo que darte explicaciones. Ni a ti, ni a papá.
—Somos tus padres.
—Y yo soy vuestra hija. ¿Sólo por eso tengo derecho a que me mintáis?
—Estás siendo injusta, Catherine.
—¿Injusta? ¿Yo?
—Sí. Tal vez aún no tienes la edad para entenderlo.
—Por favor, no seas absurda, mamá. No tengo 10 años.
—Catherine, cuida tu lenguaje.
—¿Ves? Me tratas como si fuera una niña, pero ya no lo soy. Tal vez no me comportaría así si no me mintierais continuamente—. Esperé a que mi madre dijera algo o reaccionara, pero se quedó inmóvil al principio de las escaleras en el salón, con la vista fija en el suelo—. Está bien, no digas nada.
—Esperaba que lo entendieras, esperaba más de ti—su voz sonó rota y fue casi un susurro.
Dejé salir un suspiro, tragándome la mitad de las palabras que se me ocurrieron para contestar en aquel instante.
—Y yo creía que aún podía confiar en ti.
Subí las escaleras enfadada, escuchando lo que parecía un sollozo detrás de mí.
Odiaba que me trataran como la niña que ya no era y lo hacían constantemente. ¿Acaso pensaban que era tonta? ¿Qué no me daba cuenta de las cosas? ¿De las continuas mentiras? Estaba harta de tener que ser una hija ejemplar con sobresalientes en cada examen y cada asignatura, la hija ejemplar que debe obedecer órdenes y hacer sentir orgullosos a sus padres. ¿Por qué tenía que ser la hija perfecta si mis padres no lo eran? No aguantaba más la presión de llegar a ser lo que los demás esperaban que fuera. Sólo quería ser yo.
*****
El Sr. Fletcher se encontraba en frente de la pizarra señalando los diferentes pasos para resolver la ecuación. Incógnitas, números, letras... todo era un caos, igual que mi mente en aquel momento. No podía pensar en nada y a la vez pensaba en todo. No era capaz de ordenar mis ideas y sentía una gran confusión. Quería desconectar.
Solté un gran suspiro y capté la atención de Sidney que se sentaba unas mesas más lejos que yo.
Solté un gran suspiro y capté la atención de Sidney que se sentaba unas mesas más lejos que yo.
—¿Estás bien?—me susurró.
—Señorita Reeds, ¿Ha venido a clase para hablar con la Señorita Blair? ¿Tal vez tenga algo que compartir?—añadió.
—No, nada, señor Fletcher.
—Eso me parecía.
Sonó el timbre que finalizaba las clases, los alumnos recogieron sus libros y salieron del aula. Yo recogí los míos y me acerqué a la puerta, pero me detuve porque el señor Fletcher me llamaba.
—Será sólo un minuto. Catherine, por favor—señaló un pupitre de la primera fila, obedecí y me senté—. Te he visto un poco... distraída en la clase. ¿Tal vez quieras hablar de algo?
Me sorprendió que la pregunta fuera tan directa y personal. Me transmitía confianza, pero realmente no lo conocía de nada. Y seguía haciéndome sentir nerviosa, por alguna razón que desconocía. Después de unos segundos, conseguí encontrar una manera de responder.
—Sólo he comenzado mal el día.
—Un mal día lo tenemos todos, pero no es sólo hoy, Catherine. Llevas varias clases así.
—Mire, señor Fletcher.
—Llámame Sam, por favor—interrumpió.
Sam, pensé yo.
No había dicho ese nombre desde hacia mucho tiempo, ya que abría mis cicatrices y dolía demasiado. Los recuerdos me inundaban y los sentimientos se apoderaban de mí. Era tal y como si por unas milésimas de segundo, todo volviera a ser como hacia algo más de un año. Se me hacía difícil pronunciar ese nombre.
Sam, pensé yo.
No había dicho ese nombre desde hacia mucho tiempo, ya que abría mis cicatrices y dolía demasiado. Los recuerdos me inundaban y los sentimientos se apoderaban de mí. Era tal y como si por unas milésimas de segundo, todo volviera a ser como hacia algo más de un año. Se me hacía difícil pronunciar ese nombre.
—Sam, puede que suene un poco borde, pero si tuviera que hablar de algo, no hablaría con usted de mis asuntos personales.
—Está bien, lo entiendo. A penas hemos mantenido una conversación, pero pensé que tal vez te iría bien hablar con alguien más mayor que tú y con más experiencia.
—Gracias, por el consejo. Pensaré sobre ello—dije sin darle mucha importancia al tema.
Me levanté del pupitre y me acerqué a la puerta.
—Catherine,—me giré para prestar atención a Sam— piénsatelo, por favor.
Le dediqué una sonrisa y asentí levemente para después salir al pasillo. Allí me encontré con Will, que no me había dirigido palabra desde el beso. En cuanto lo vi, salió casi corriendo, pero lo perseguí y conseguí alcanzarlo.
—¿Me estás ignorando?—pregunté sonriendo, sin darle importancia al tema y sin tomármelo en serio.
—No te estoy ignorando.
Continuó caminando.
—Eh, espera—intentó marcharse, pero lo cogí por la sudadera—. Sí que me estás ignorando, o me mirarías cuando te hablo.
—No te estoy ignorando.
Continuó caminando.
—Eh, espera—intentó marcharse, pero lo cogí por la sudadera—. Sí que me estás ignorando, o me mirarías cuando te hablo.
—Verás, Cat...—miró hacia arriba—. Me gustas, ¿vale? Y si no sientes lo mismo, está bien.
—Tú también me gustas, Will. Pero no quiero que vayamos rápido, necesito mi tiempo, ¿sí?
—De acuerdo—sonrió y después me cogió por la cintura, acercándome a él muy despacio.
Yo le devolví la sonrisa y asentí con la cabeza.
Era extraño, una parte de mí sentía que me estaba engañando. Sentía que no estaba siendo fiel a mí misma. Entonces, Will desvió su mirada de mis ojos y yo la seguí. Era Justin. Estaba a unos metros detrás de nosotros, observándonos, y lo comprendí. Justin estaba ahí. Siempre estaba presente en mí.
Will se separó de mí y me cogió de la mano.
—Vamos, creo que Sidney te estaba esperando fuera.
Comenzamos a avanzar por el pasillo, pero me giré. Me encontré con la mirada fría e indescifrable de Justin y sentí una punzada en mi pecho.
—¿Todo bien?—preguntó Will a mi lado.
—Sí—le mostré una sonrisa—. Todo bien—repetí para intentar creérmelo yo misma.
Seguimos avanzando y llegamos a la puerta principal, donde estaba Sidney sola. Se acercó a mí y me pregunto sobre Sam.
—Sólo quería saber porque estaba tan distante en las últimas clases.
—Sí, eso también me gustaría saber a mí—dijo ella.
—La presión de mis padres, el estrés de los trabajos y exámenes, ya sabes.
—Sí, supongo...—se cruzó de brazos—. Y bueno, ¿por qué se interesa tanto en ti?
—No creo que Sam se interese en mí, sólo...
—¿Sam? ¿Lo has llamado Sam?—preguntó esta vez Will.
—Sí...
—Will, ¿tú llamas al profesor Sam?
—No, y creo que tú tampoco—añadió Will.
—Will, ¿tú llamas al profesor Sam?
—No, y creo que tú tampoco—añadió Will.
—Exacto. ¿Qué profesor deja que un alumno lo llame por su nombre?—intervino Sidney.
—Ninguno—respondió Will.
—Exacto—repitió—. Le gustas—dijo finalmente Sidney.
Comencé a caminar y Will y Sidney me siguieron. Parecía que estaban compinchados, incluso llegué a pensar que tenían aquella conversación ensayada.
—No digas bobadas, estoy segura de que sólo se interesa por sus alumnos—repuse yo.
—Su alumna—concretó Will.
—¿Tú también crees que...?—me dirigí a Will, que asintió con la cabeza.
—Pero sabes que da igual, hablamos mañana, me tengo que ir porque llego tarde.
Me dio un beso en la mejilla y se fue.
—¿Estás con Will?
—Desde tu punto de vista estoy con todos los tíos—respondí—. Pero no, no estoy con Will.
—De momento.
—Sí, de momento...—no soné muy convencida.
—¿Pero?—continuó Sidney.
—Hay otro chico. Bueno, creo que lo hay.
—Es Justin, se te nota demasiado.
—¿Qué?—pregunté yo, casi gritando.
—Queda entre nosotras, pero a todas se nos caen las bragas cuando lo vemos pasar.
—¡Sidney!—exclamé.
Ella echó a reír.
—¡Es verdad! Sólo digo lo que piensas pero no te atreves a decir.
Me aguanté por unos segundos y después me uní a ella y empecé a reír.
—Me pregunto porque el primer día de clase no busqué a alguien más normal.
Esa rubia estaba realmente loca. No se cortaba a la hora de decir las cosas que pensaba, las soltaba sin más. Y eso me gustaba de ella, porque yo no era capaz de hacerlo sin antes pensar que pensaría la gente de mí. Siempre bajo la presión de la opinión de los demás.
Justin apareció por detrás de Sidney y se acercó a nosotras. Ella se fue, dejándome a solas con él, no sin antes guiñarme un ojo y dedicarme una sonrisa.
—¿Otra vez sola?
Estaba fumando un cigarro y expulsó el humo frente a mi cara.
—A ti no te importa. ¿Qué quieres?
—Joder, no seas tan borde.
—Justin, no tengo ganas de discutir.
—Yo me lo paso realmente bien discutiendo contigo, la verdad.
—Genial—fingí una sonrisa—. ¿Me vas a decir ya que quieres?
Dio una calada a su cigarro.
—Con paciencia, nena. Tenemos hasta la tarde.
—¿Hasta la tarde? No, no. Si necesitas echar un polvo te vas con Lily, a mí déjame.
Me di media vuelta y comencé a caminar.
—¿Te vas sola?
—Sí—contesté yo.
—¿Seguro? —no contesté y seguí avanzando, entonces él comenzó a seguirme—. ¿Y si te encuentras a Peter?
Me paré de golpe y se acercó a mí. Podía sentir su respiración en mi nuca.
—No habrá nadie para protegerte.
Me giré con rabia, quedando frente a él.
—No habrá nadie para protegerte.
Me giré con rabia, quedando frente a él.
—Justin, no juegues con ese tema porque por tu culpa estuve metida en esa mierda—mi tono de voz sonó serio con una mezcla de miedo.
—Y gracias a mí saliste de esa mierda—susurró Justin—. Aunque si no recuerdo mal, tú misma dijiste que yo no tenía la culpa de nada... Te contradices, nena.
Se acercó aún más a mí. Podía apreciar el color miel de sus ojos, mirándome a través de unas largas pestañas, y oler su perfume. Entonces supe que Sidney tenía razón, no podía evitar que se me notara. Porque el corazón me latía con fuerza. No podía controlar mi respiración. Ni la velocidad del revoloteo de las mariposas en mi estómago. Pero, ¿qué sentido tenía que me gustara Justin si yo para él era sólo una chica más a la que llevar a la cama?
LO SIENTO MUCHÍSIMO. Llevaba 3 semanas sin subir capítulo por las mierdas de los exámenes finales, pero a partir de ahora subiré uno cada semana. Y como modo de disculpa subiré el capítulo 13 en cuanto pueda, que creo que os gustará. Gracias por seguir leyendo y perdonadme por la tardanza.
¡OS QUIERO!
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