Justin tenía la cabeza poyada en mi regazo
mientras entrelazaba nuestros dedos y yo jugaba con su pelo. Estaba desnudo de
cintura para arriba y la cremallera de sus pantalones desabrochada, indicaba
que solo me habrían hecho falta tres segundos más para deshacerme de ellos. Justin
y yo nos habríamos puesto manos a la obra, después de intentar tantas veces dar
el paso. Lo sorprendente era que a pesar de mi inseguridad por la inexperiencia
en el tema, él era el que daba el último no final, siempre con la excusa de que
no era el momento adecuado.
Pero a pesar de mis ganas, mi padre irrumpió
golpeando la puerta de mi habitación, interrumpiendo una de mis sesiones de
besos con Justin, para avisarme de que mi castigo había terminado. Tuve que
buscar mi camiseta en un segundo, ponérmela al segundo siguiente y abrirle la
puerta a mi padre mientras Justin se escondía en solo un segundo más.
Habían pasado dos semanas desde la pelea con
Lily en la cafetería y en cuanto su madre se enteró de la noticia,
fue directa al despacho de mi padre para hablar con él. Se quejó de mis malos
modales y pésima educación. Cómo no era de extrañar mi querido padre, dejó aparte el papel paternal y se centró en el de director, tratándome con una alumna más.
El castigo consistía en estar dos semanas
encerrada en casa, sin salir a excepción del instituto, lo que significaba que
podía tener a Justin cada tarde colándose por mi ventana y estar a
solas con él. Así que si ese era el castigo por ser una gatita, no me importaría
serlo el resto de mi vida.
—No quiero que me levanten el castigo.
—Yo tampoco, pero siempre puedes volver a
romperle la nariz a Lily—se llevó mi mano hasta sus labios y depositó un suave
y dulce beso en mi piel.
—No estoy orgullosa de aquello y lo sabes.
—Sí, lo sé y a mí no me gustaría volver a
verte en esas. Lo decía en broma—alzó sus ojos hasta los míos.
—Te gustara o no, no hiciste nada por
apartarme de ella.
Aparté mi mano de la suya y me incorporé en la
cama, apartándolo de mi regazo.
—No te aparte de esa perra porque sé que
tienes el control suficiente para hacerlo tú sola—me volvió a coger de la mano,
mirándome fijamente.
—Pero me habría gustado encontrarme con tu
cara cuando dejé de ver la de Lily.
—¿Habrías reaccionado igual de bien que cuando
fui a la enfermería?
Rodé los ojos y suspiré. Volví a soltarme de
Justin y crucé los brazos en mi pecho, evitando que pudiera cogerme por cualquier
mano.
—Te fuiste con esa antes que conmigo,
¿hace falta que te lo recuerde?—le reproché.
—Discutimos diez minutos antes, ¿hace falta
que te lo recuerde? —me repitió, alzando un poco el tono de voz.
—Tú eras el que insistía en mantener una
amistad. Se supone que como buen amigo deberías haberme separado de ella.
Bufé y me levanté de la cama, buscando mis
pantalones por el suelo.
—Pero las cosas han cambiado y ahora no
dejaría que por nada del mundo nadie te hiciera daño.
Abandonó la cama y se puso justo detrás de mí,
intentando acercarse.
—Diez minutos antes de la pelea me dijiste lo
mismo—me giré hacia él, quedando a escasos centímetros—. Creo que no hace
falta que enumere por dolor herida por herida.
Me agaché de nuevo para coger su camiseta y
tirársela con rabia contra el pecho para que se la pusiera. Él la cogió entre sus manos como si se tratara de un paño cualquiera.
—Ya puedes desaparecer por la ventana.
Caminé directa hacia el baño y sin mirar hacia
atrás, me di cuenta de que Justin lanzó su camiseta negra a la cama, ignorando
lo que acababa de decir y acercándose rápidamente hacia mí. Se interpuso entre
la puerta y yo. Le empujé, luchando por hacerme con el pomo de la puerta. Pero
Justin a penas se movió y todos mis intentos fueron esfuerzos en vano.
—No me voy hasta que te quede claro que lo
digo en serio, Cath—me cogió por la cintura acercándome a él.
—Vale, te creo, pero parece que el de las
notas se ha cansado de amenazar y soy una niña buena que no se mete en
problemas—fingí una pequeña sonrisa—, así que no te preocupes por mí.
Me di la vuelta, me tumbé en la cama y alargué el brazo hacia la mesilla de noche para coger el manod y encender la televisión. Justin no hizo caso a las
indirectas, ni a las directas y se tumbó en la cama a mi lado, pasando su brazo
por mi cintura.
—Cariño…—susurró en mi oído con una sonrisa en
sus labios consciente de que me volvía loca.
Yo me hice la dura y controlé cada escalofrío
de cada nervio de mi cuerpo. Controlé las ganas de comerle esos labios que me
pertenecían. A besos suaves. Cortos. Largos. Tímidos. Salvajes. Inocentes. Irresistibles.
Intensos.
Por favor, que me lo repitiera una sola vez
más para perder el control.
—Nena, háblame.
Fijé la mirada en el televisor, a pesar de que
ni siquiera sabía si estaba encendida. Me encontraba demasiado pendiente de
Justin y de controlar las tentaciones. Entonces desapareció en mi cuello,
saboreándolo centímetro a centímetro. Mi respiración comenzó a descontrolarse.
Cerré los ojos e intenté no dejarme llevar del todo. No aún.
—Mírame, Cath—dijo serio, ya encima de mí.
Abrí los ojos y me encontré con los suyos en
un tono más oscuro de lo normal. Cogió mi rostro entre sus manos, apartando los
mechones que molestaban y desvió su mirada hasta mis labios, mojando los suyos.
Después volvió a mis ojos con un brillo especial en ellos.
—Estoy aquí para quedarme y te voy a proteger
de cualquiera que intente hacerte daño o se acerque demasiado a ti. No
permitiré que te toquen un solo y puto pelo, ¿de acuerdo? —preguntó.
Yo asentí con la cabeza, mordiéndome el labio
para intentar reprimir la sonrisa que se había dibujado en ellos.
—Porque eres mía y me gusta cuidar lo que es
mío.
Presionó sus labios contra los míos en un
suave beso.
—Pero hay algo con lo que no estoy de acuerdo—Justin
frunció el cejo.
—¿Qué?
—Aún me tienes que hacer tuya—dije con una
sonrisa pícara.
—Me encargaré de eso—volvió a besarme—. Pero
ahora levanta ese culo tan sexy, nena.
Saltó de la cama y me tendió la mano, levantándome
para volver a fijar mis labios contra los suyos.
—Porque te llevo a comer fuera.
—Está bien. Dame cinco minutos y estaré lista.
Saboreé una vez más sus labios y besé su
sonrisa. Rodeé su cuello con mis brazos mientras él me acercaba a su cuerpo
empujando mi cintura.
—Si sigues así no podré vestirme.
—¿Quién ha dicho que quiera que lo hagas?
—Sé que te alegraría la vista, pero el problema es que no sólo a ti...—deslicé mi dedo hasta la cintura de sus pantalones. Él lo siguió con la mirada y una pequeña sonrisa—. A todos los tíos con los que nos crucemos y no creo que...
—Vístete ahora—ordenó serio—. Y ya me ocuparé de quitarte la ropa más tarde—susurró justo en mi oído.
—Siempre que yo te deje—le dije como respuesta.
—Me lo suplicarás—rozó mis labios y cerré los ojos.
Suspiré durante un segundo. Justin era demasiado para mí. Sabía cómo volverme loca y cada uno de mis puntos débiles, que me hacían perder el control.
Noté su nariz acariciando mi cuello con delicadeza, revolucionando cada centímetro de mi cuerpo. Subí mis manos hasta su pelo y comencé a jugar con él.
—¿Tan seguro estás?
—Te haré gritar tan alto mi nombre que tus vecinos se lo aprenderán.
Volví a notar sus labios a un centímetro de los míos. Su voz seductora llegaba hasta lo más profundo de mí, activando todas las alarmas y desafiando a todos mis sentimientos.
—Cuando quieras.
Se abalanzó a mis labios pero yo fui lo suficientemente rápida para apartarme y besarle en la comisura del labio.
—Voy a vestirme—dije con una sonrisa burlona, mordiéndome el labio inferior.
Me separé de él, cogí unos vaqueros y una camiseta cualquiera del armario y entré en el baño. Justin se había quedado inmóvil, maldiciendo por dentro que lo hubiera dejado con las ganas y las tentaciones no hubieran servido de nada.
Me desvestí y me puse la ropa limpia que acababa de coger. Cepillé un poco mi pelo y respiré profundamente un par de veces. Hacía tiempo que no me sentía así de bien y tenía miedo. Los buenos momentos siempre me habían durado poco y esa no era la excepción.
Salí del baño lista para salir y para encontrarme a Justin, pero no estaba por ningún lado. Me llamó la atención la ventana abierta de par en par. Me asomé mirando por mi habitación y vi el coche de Justin al final de la calle. No había salido de mi casa. ¿Dónde estaba?
Escuché un golpe y me giré. Una mano me tapó la boca y comencé a gritar. La otra me agarró por la cintura. Me di la vuelta y lo vi.
—¡¿Eres idiota?!—grité empujándole.—Me has asustado, Justin.
—Lo siento, nena. Era solo una broma—dijo riendo y abrazándome.
—No me hace ni puta gracia—me revolví entre sus brazos.
—Eso es porque no te has visto la cara—la risa permanecía en sus labios y la rabia en mis palabras.
—Confirmado, eres un idiota de primera clase—aparté sus brazos con rabia.
—No sabía que te asustarías tanto—me abrazó por detrás cuando intenté alejarme de él.—¿Hay algo que te asuste?
Intenté deshacerme de él, pero se me hizo algo imposible.
—Cath, —me cogió de la muñeca y me obligó a mirarle a los ojos—¿has recibido alguna nota más y no me has dicho nada?
—No, no es eso—negué y me acerqué a la cama para sentarme.
—Entonces, ¿qué es?—preguntó preocupado y serio.
—No me lo puedo quitar de la cabeza...—el miedo permanecía aún en mis palabras.
—Ya hemos hablado de esto, nena y...—comenzó Justin.
—Lo sé, sé que me protegerás, pero que no reciba las malditas notas no significa que pueda venir quién sea en cualquier momento y cumplir las amenazas—bajé la cabeza.—Y puede que tú no estés ahí entonces.
—Creía que ya habíamos dejado este tema claro—resopló atrayéndome hacia él y trazando círculos en la palma de mi mano para intentar distraerme.
—No puedes estar siempre protegiéndome—admití yo.
—Entonces pasaré contigo todo el tiempo posible—dijo convencido y seguro de sí mismo.
—No tienes por qué hacerlo.
—Lo haré por ti y porque quiero demostrarte que estás a salvo.
Me alzó el mentón con sus dedos y besó mis labios con mucha delicadeza y dulzura. Mantuvo su boca contra la mía durante unos segundos y se separó para mirarme a los ojos. Su mirada ingenua y profunda hacía que el color miel de sus ojos se intensificara.
—¿De acuerdo?—preguntó.
Asentí con la cabeza y me atrajo hacia su pecho. Selló mi frente con uno de esos besos con los que se transmiten todos los sentimientos, de los que te aseguran que todo irá bien, y os quedamos abrazados por unos segundos en los que me dio tiempo a saborear su aroma y escuchar los latidos de su corazón al ritmo de su respiración.
—¿Vamos a comer ya? Empiezo a tener hambre.
—Tú siempre tienes hambre—dije con una risa divertida.
—Siempre—admitió con una sonrisa.
Me cogió de la mano y se acercó a la ventana.
—¿Recuerdas que ya no estoy castigada? Puedo salir por la puerta—dije riendo.
—¿No prefieres saltar por la ventana con tu chico?— se hizo el ofendido.
—No soy fan de precipitarme a la muerte cada vez que bajo por aquí—dije asomándome por la venta y mirando hacia el árbol por dónde solía bajar Justin.—Tu chica sale por la puerta principal.
—Como quieras—me dio un beso en los labios.—No tardes mucho, que entonces me preocuparé demasiado y comenzaré a buscarte como un loco.
—Está bien, Señor Super Protector.
Me dio un último beso más intenso en los labios y desapareció por la ventana. Me apresuré en cruzar la puerta de mi habitación, bajé de dos en dos las escaleras y busqué a mi madre por la planta baja. No había ni rastro de ella en el salón, por lo que me asomé por la puerta de la cocina. Mis padres y Joseph llevaron su atención hasta mí. Él preparaba la comida, mientras mis padres disfrutaban de una copa de vino. Fruncí el ceño. ¿Me había perdido algo?
—Voy a salir a comer—informé.
—¿Con quién?—preguntó mi padre y tomó un sorbo de su copa.
—Con mis amigos—espeté rápido.
—Está bien, cariño. Pásatelo bien—añadió mi madre sonriéndome.
Asentí con la cabeza y desaparecí de la cocina sorprendida por la extraña felicidad de mis padres. Aceleré el paso hasta el coche de Justin que me esperaba en la entrada de mi casa y nada más montarme, encendió el motor y comenzó a conducir.
Tras unos veinte minutos, Justin estacionó el coche en frente de un pequeño bar de carretera. Se podía leer el nombre de Billy and Amelia's en un pequeño cartel neón que supuse que por la noche se podría leer mucho mejor. A pesar de estar en medio de la nada, parecía tener éxito. Había pasado la hora punta y sin embargo el aparcamiento estaba casi completo.
—¿Un bar de carretera para la primera cita? Qué romántico—dije con sarcasmo.
—¿Desde cuando esto es una cita?—preguntó él caminando hacia la puerta después de cerrar el coche.—Nos saltamos la parte de las citas cutres cuando te abalanzaste sobre mí en el callejón del motel, ¿recuerdas?
Comencé a seguirle algo confundida.
—Lo único que recuerdo es que tú—remarqué la palabra—te lanzaste—dije después de unos segundos.
No se inmutó, ni se giró. Siguió caminando y abrió la puerta del bar. Unas campanillas sonaron sobre nuestras cabezas y una ola de barullo, gritos y risas nos invadió. Las camareras corrían de un lado a otro con patines, minifaldas de colores llamativos y tops ajustados que remarcaban sus curvas.
—Creo que ahora entiendo porque te gusta este sitio—susurré observando mi alrededor, exactamente a las camareras con lo que parecía solo ropa interior, mirando de arriba a abajo a mi chico.
Se acercó a la barra y lo seguí. Detrás de ella apareció un hombre mayor de unos cincuenta años que parecía bastante animado por las vistas y tal vez por las cervezas que ya se había tomado de gratis.
—¡Justin!—le saludó el hombre.
Rodeó la barra y le saludó, dándole palmaditas en la espalda.
—¿Cómo están tus padres?—preguntó contento.
El rostro de Justin se ensombreció y su sonrisa se apagó levemente, mostrando una más nerviosa.
—¿Y la pequeña Jazzy y Jaxon?—añadió viendo que Justin no contestaba.
—Bien, bien—respondió sin darle importancia, algo alterado.—Todos bien.
Entonces me observó y me dedicó una sonrisa y por educación le contesté con otra.
—¿No me la vas a presentar?—preguntó él observándome mejor.
—Oh, por supuesto. Ella es Catherine. Y Cath, él es Billy.
Supuse que era el dueño del bar por el nombre de Billy and Amelia's y por ser el único hombre del establecimiento en un puesto laboral.
—Encantada—asintió con la cabeza en signo de saludo.
—El placer es mío—dijo sin dejar de sonreír.
—¿Tienes mesa para dos, Billy?—preguntó Justin con más educación de la que jamás había visto en él.
—Por supuesto. Sentaros en aquella.
Señaló una mesa al final del restaurante que parecía ser de las pocas que había libre. Nos sentamos uno frente al otro y esperamos a que vinieran a atendernos.
—¿De qué los conoces?—pregunté mirando la carta del menú.
—Son unos viejos amigos de mis padres—estaba atento leyendo la carta o al menos hacía verlo.
—Nunca me hablas de tu familia y cuando Billy ha sacado el tema te has puesto nervioso.
—Si no hablo de ellos, es por algo—dijo serio.
—¿Por qué? ¿Por qué no vives con ellos y vives en un apartamento con tu compañero de trabajo?—dejé la carta en la mesa.
—Me independicé rápido—contestó monótonamente.
—¿A qué edad? Porque no pareces nuevo en esto.
—Me escapé de casa a los quince años—seguía sin mirarme y se esforzaba por mantener su tono de voz firme.
—¿Por qué?—pregunté confusa.
—Tenía que protegerlos de mí—carraspeó, ya que le temblaba la voz.
—¿A qué edad comenzaste a trabajar...?—no acabé la pregunta. Sabía que él me entendería.
—A los quince. Mis padres necesitaban el dinero y era una forma fácil y rápida.
—¿Fácil y rápida?—intenté relajarme, pero lo único que conseguí hacer fue una carcajada ahogada.—¿No podías montarte en una bicicleta y repartir los periódicos por la mañana? ¿O cuidar perros por las tardes?
—¿Crees que no lo habría hecho si hubiera podido? Pero no tenía tiempo. En un día podía ganar más de lo que gana cualquiera en un mes.
Me imaginé a Justin a la edad de quince años, con un arma en su mano, quitándole la vida a una persona para dar de comer a su familia y se me rompió el corazón.
—¿Tus padres lo sabían?—susurré.
—Se enteraron—dijo negando levemente con la cabeza.—Mejor dicho, lo vieron—tragué saliva y observé a Justin.
Su mirada vacía estaba fija en la carta, seguramente sin ver nada de lo que hacía ver que leía. Y el pasado y los recuerdos parecían haberle sumido en una tristeza profunda.
—Mi padre creyó que era un peligro para mi familia y me echó de casa. Rechazaron mi dinero y me prohibieron entrar en casa hasta que dejara lo que estaba haciendo.
—Pero una vez que estás dentro, es imposibe salir—recordé.
—Por lo que hace casi tres años que no piso mi casa.
Tragué saliva y me reincorporé en el asiento después de estar unos segundos en estado de shock. Una camarera se acercó con una cierta gracia hasta nosotros sacando una libreta de una pequeña riñonera que tapaba más que la minifalda.
—¿Qué van a tomar?—preguntó la chica de ojos esmeralda observándome a mí.
—Yo sólo quiero agua—dije sin ánimos.
Entonces dirigió su mirada hacia Justin y su rostro cambió completamente. Él parecía estar en su burbuja apartado del mundo y no se percató de que la chica lo miraba como si acabara de ver un fantasma.
—¿Justin?—dije yo. Alzó la mirada hacia la chica y ésta se alejó.
—Encárgate tú de esa mesa—le dijo a una mujer mayor con la que se cruzó al darse la vuelta.
Fruncí el ceño y observé a Justin que no parecía nada confuso a comparación conmigo y que observaba a la mujer, que se dirgía hacia nosotros, con una pequeña mueca en muestra de felicidad.
—Disculpa a mi hija Justin.
—No te preocupes, Amelia. Si hubiera sabido que Annie trabajaba aquí, no habría venido—se excusó Justin.
—Tú ven cuando quieras. Annie tiene que superar lo de Sophie, pero le está costando bastante.
Amelia tenía los mismos ojos que su hija Annie y tenían la misma sonrisa, aunque la madre me había parecido más amable que su hija que había desaparecido en sus patines sin decir nada hacia la barra con el que supuse que era su padre. Amelia tendría algunos años menos que Billy y ya habían aparecido las primeras arrugas, pero se veía que había sido una mujer preciosa con un cuerpo bonito. Llevaba un delantal y no había ni rastro del uniforme de camarera, por lo que era la cocinera.
—Tú debes ser Catherine. Mi Billy ha dicho que eras preciosa y no se equivocaba—me dijo sonriendo.
—Gracias, Amelia. Usted está muy bien también.
—Tonterías, cariño—dijo Amelia sonriendo.—Tu chica me gusta mucho, Justin. Buena elección.
Justin me miró con admiración y yo le sonreí tímidamente.
—Bueno, ¿qué os pongo?—cogió la libreta y un bolígrafo y se preparó para apuntar.—¿Lo de siempre, Justin?
—Lo de siempre, Amelia—lo apuntó en la libreta y me miró a mí.
—¿Y tú, cariño?
—Que sean dos de Lo De Siempre, sea lo que sea—dije sonriendo.
—Marchando dos de Lo De Siempre.
Amelia despareció por la puerta de la cocina. Justin cogió una servilleta del servilletero que había encima de la mesa y comenzó a jugar con ella.
—¿Quién es Sophie y porqué Annie ha reaccionado así al verte?—pregunté.
—¿Tantas preguntas en un solo día? Esto parece un exámen, nena.
—Ni que tú hubieras hecho muchos en tu vida.
—Por esto mismo no los hago, me agobian.
—Pero esto no es un puto examen y creo que me merezco una respuesta.
No dijo nada y aparté la mirada de él. En el tiempo que habíamos estado allí, el bar se había ido vaciando poco a poco y ahora a penas quedaban mesas ocupadas. Entonces se abrió la puerta y los pocos comensales que habíamos, dirigimos la vista hacia la entrada. Todos menos Justin.
El chico avanzaba por las mesas, cojeando y mirando las caras de todos los que estábamos allí. Sin prisa, tomándose su tiempo para observar cada detalle. Mi pulso se aceleró, el corazón se me iba a salir del pecho y respiraba como nunca antes. Quería gritar. Echar a correr. Pero mis piernas no respondían. El nudo en mi garganta me prohibía hablar y el miedo me paralizaba.
—Cath, ¿estás bien?—preguntó Justin.
Me cogió la mano que ahora temblaba e intentó tranquilizarme. Le miré a los ojos intentando decirle con la mirada lo que no podía decirle con la palabras, pero cuando lo entendió era demasiado tarde.
—¡Vaya! ¡Mi pareja favorita! Me siento—. Se sentó a mi lado y no perdió el tiempo en acercarse a mí para provocar a Justin.
—Cada vez que veo a tu chica está mejor, Justin.
Le apreté la mano a Justin, pidiéndole que me sacara de allí con la mirada. Peter estaba sentando a mi lado con su especial y maliciosa sonrisa, acariciándome la mejilla. Y el miedo se intensificaba por momentos. Estaba aterrorizada.
—Si sigues así no podré vestirme.
—¿Quién ha dicho que quiera que lo hagas?
—Sé que te alegraría la vista, pero el problema es que no sólo a ti...—deslicé mi dedo hasta la cintura de sus pantalones. Él lo siguió con la mirada y una pequeña sonrisa—. A todos los tíos con los que nos crucemos y no creo que...
—Vístete ahora—ordenó serio—. Y ya me ocuparé de quitarte la ropa más tarde—susurró justo en mi oído.
—Siempre que yo te deje—le dije como respuesta.
—Me lo suplicarás—rozó mis labios y cerré los ojos.
Suspiré durante un segundo. Justin era demasiado para mí. Sabía cómo volverme loca y cada uno de mis puntos débiles, que me hacían perder el control.
Noté su nariz acariciando mi cuello con delicadeza, revolucionando cada centímetro de mi cuerpo. Subí mis manos hasta su pelo y comencé a jugar con él.
—¿Tan seguro estás?
—Te haré gritar tan alto mi nombre que tus vecinos se lo aprenderán.
Volví a notar sus labios a un centímetro de los míos. Su voz seductora llegaba hasta lo más profundo de mí, activando todas las alarmas y desafiando a todos mis sentimientos.
—Cuando quieras.
Se abalanzó a mis labios pero yo fui lo suficientemente rápida para apartarme y besarle en la comisura del labio.
—Voy a vestirme—dije con una sonrisa burlona, mordiéndome el labio inferior.
Me separé de él, cogí unos vaqueros y una camiseta cualquiera del armario y entré en el baño. Justin se había quedado inmóvil, maldiciendo por dentro que lo hubiera dejado con las ganas y las tentaciones no hubieran servido de nada.
Me desvestí y me puse la ropa limpia que acababa de coger. Cepillé un poco mi pelo y respiré profundamente un par de veces. Hacía tiempo que no me sentía así de bien y tenía miedo. Los buenos momentos siempre me habían durado poco y esa no era la excepción.
Salí del baño lista para salir y para encontrarme a Justin, pero no estaba por ningún lado. Me llamó la atención la ventana abierta de par en par. Me asomé mirando por mi habitación y vi el coche de Justin al final de la calle. No había salido de mi casa. ¿Dónde estaba?
Escuché un golpe y me giré. Una mano me tapó la boca y comencé a gritar. La otra me agarró por la cintura. Me di la vuelta y lo vi.
—¡¿Eres idiota?!—grité empujándole.—Me has asustado, Justin.
—Lo siento, nena. Era solo una broma—dijo riendo y abrazándome.
—No me hace ni puta gracia—me revolví entre sus brazos.
—Eso es porque no te has visto la cara—la risa permanecía en sus labios y la rabia en mis palabras.
—Confirmado, eres un idiota de primera clase—aparté sus brazos con rabia.
—No sabía que te asustarías tanto—me abrazó por detrás cuando intenté alejarme de él.—¿Hay algo que te asuste?
Intenté deshacerme de él, pero se me hizo algo imposible.
—Cath, —me cogió de la muñeca y me obligó a mirarle a los ojos—¿has recibido alguna nota más y no me has dicho nada?
—No, no es eso—negué y me acerqué a la cama para sentarme.
—Entonces, ¿qué es?—preguntó preocupado y serio.
—No me lo puedo quitar de la cabeza...—el miedo permanecía aún en mis palabras.
—Ya hemos hablado de esto, nena y...—comenzó Justin.
—Lo sé, sé que me protegerás, pero que no reciba las malditas notas no significa que pueda venir quién sea en cualquier momento y cumplir las amenazas—bajé la cabeza.—Y puede que tú no estés ahí entonces.
—Creía que ya habíamos dejado este tema claro—resopló atrayéndome hacia él y trazando círculos en la palma de mi mano para intentar distraerme.
—No puedes estar siempre protegiéndome—admití yo.
—Entonces pasaré contigo todo el tiempo posible—dijo convencido y seguro de sí mismo.
—No tienes por qué hacerlo.
—Lo haré por ti y porque quiero demostrarte que estás a salvo.
Me alzó el mentón con sus dedos y besó mis labios con mucha delicadeza y dulzura. Mantuvo su boca contra la mía durante unos segundos y se separó para mirarme a los ojos. Su mirada ingenua y profunda hacía que el color miel de sus ojos se intensificara.
—¿De acuerdo?—preguntó.
Asentí con la cabeza y me atrajo hacia su pecho. Selló mi frente con uno de esos besos con los que se transmiten todos los sentimientos, de los que te aseguran que todo irá bien, y os quedamos abrazados por unos segundos en los que me dio tiempo a saborear su aroma y escuchar los latidos de su corazón al ritmo de su respiración.
—¿Vamos a comer ya? Empiezo a tener hambre.
—Tú siempre tienes hambre—dije con una risa divertida.
—Siempre—admitió con una sonrisa.
Me cogió de la mano y se acercó a la ventana.
—¿Recuerdas que ya no estoy castigada? Puedo salir por la puerta—dije riendo.
—¿No prefieres saltar por la ventana con tu chico?— se hizo el ofendido.
—No soy fan de precipitarme a la muerte cada vez que bajo por aquí—dije asomándome por la venta y mirando hacia el árbol por dónde solía bajar Justin.—Tu chica sale por la puerta principal.
—Como quieras—me dio un beso en los labios.—No tardes mucho, que entonces me preocuparé demasiado y comenzaré a buscarte como un loco.
—Está bien, Señor Super Protector.
Me dio un último beso más intenso en los labios y desapareció por la ventana. Me apresuré en cruzar la puerta de mi habitación, bajé de dos en dos las escaleras y busqué a mi madre por la planta baja. No había ni rastro de ella en el salón, por lo que me asomé por la puerta de la cocina. Mis padres y Joseph llevaron su atención hasta mí. Él preparaba la comida, mientras mis padres disfrutaban de una copa de vino. Fruncí el ceño. ¿Me había perdido algo?
—Voy a salir a comer—informé.
—¿Con quién?—preguntó mi padre y tomó un sorbo de su copa.
—Con mis amigos—espeté rápido.
—Está bien, cariño. Pásatelo bien—añadió mi madre sonriéndome.
Asentí con la cabeza y desaparecí de la cocina sorprendida por la extraña felicidad de mis padres. Aceleré el paso hasta el coche de Justin que me esperaba en la entrada de mi casa y nada más montarme, encendió el motor y comenzó a conducir.
Tras unos veinte minutos, Justin estacionó el coche en frente de un pequeño bar de carretera. Se podía leer el nombre de Billy and Amelia's en un pequeño cartel neón que supuse que por la noche se podría leer mucho mejor. A pesar de estar en medio de la nada, parecía tener éxito. Había pasado la hora punta y sin embargo el aparcamiento estaba casi completo.
—¿Un bar de carretera para la primera cita? Qué romántico—dije con sarcasmo.
—¿Desde cuando esto es una cita?—preguntó él caminando hacia la puerta después de cerrar el coche.—Nos saltamos la parte de las citas cutres cuando te abalanzaste sobre mí en el callejón del motel, ¿recuerdas?
Comencé a seguirle algo confundida.
—Lo único que recuerdo es que tú—remarqué la palabra—te lanzaste—dije después de unos segundos.
No se inmutó, ni se giró. Siguió caminando y abrió la puerta del bar. Unas campanillas sonaron sobre nuestras cabezas y una ola de barullo, gritos y risas nos invadió. Las camareras corrían de un lado a otro con patines, minifaldas de colores llamativos y tops ajustados que remarcaban sus curvas.
—Creo que ahora entiendo porque te gusta este sitio—susurré observando mi alrededor, exactamente a las camareras con lo que parecía solo ropa interior, mirando de arriba a abajo a mi chico.
Se acercó a la barra y lo seguí. Detrás de ella apareció un hombre mayor de unos cincuenta años que parecía bastante animado por las vistas y tal vez por las cervezas que ya se había tomado de gratis.
—¡Justin!—le saludó el hombre.
Rodeó la barra y le saludó, dándole palmaditas en la espalda.
—¿Cómo están tus padres?—preguntó contento.
El rostro de Justin se ensombreció y su sonrisa se apagó levemente, mostrando una más nerviosa.
—¿Y la pequeña Jazzy y Jaxon?—añadió viendo que Justin no contestaba.
—Bien, bien—respondió sin darle importancia, algo alterado.—Todos bien.
Entonces me observó y me dedicó una sonrisa y por educación le contesté con otra.
—¿No me la vas a presentar?—preguntó él observándome mejor.
—Oh, por supuesto. Ella es Catherine. Y Cath, él es Billy.
Supuse que era el dueño del bar por el nombre de Billy and Amelia's y por ser el único hombre del establecimiento en un puesto laboral.
—Encantada—asintió con la cabeza en signo de saludo.
—El placer es mío—dijo sin dejar de sonreír.
—¿Tienes mesa para dos, Billy?—preguntó Justin con más educación de la que jamás había visto en él.
—Por supuesto. Sentaros en aquella.
Señaló una mesa al final del restaurante que parecía ser de las pocas que había libre. Nos sentamos uno frente al otro y esperamos a que vinieran a atendernos.
—¿De qué los conoces?—pregunté mirando la carta del menú.
—Son unos viejos amigos de mis padres—estaba atento leyendo la carta o al menos hacía verlo.
—Nunca me hablas de tu familia y cuando Billy ha sacado el tema te has puesto nervioso.
—Si no hablo de ellos, es por algo—dijo serio.
—¿Por qué? ¿Por qué no vives con ellos y vives en un apartamento con tu compañero de trabajo?—dejé la carta en la mesa.
—Me independicé rápido—contestó monótonamente.
—¿A qué edad? Porque no pareces nuevo en esto.
—Me escapé de casa a los quince años—seguía sin mirarme y se esforzaba por mantener su tono de voz firme.
—¿Por qué?—pregunté confusa.
—Tenía que protegerlos de mí—carraspeó, ya que le temblaba la voz.
—¿A qué edad comenzaste a trabajar...?—no acabé la pregunta. Sabía que él me entendería.
—A los quince. Mis padres necesitaban el dinero y era una forma fácil y rápida.
—¿Fácil y rápida?—intenté relajarme, pero lo único que conseguí hacer fue una carcajada ahogada.—¿No podías montarte en una bicicleta y repartir los periódicos por la mañana? ¿O cuidar perros por las tardes?
—¿Crees que no lo habría hecho si hubiera podido? Pero no tenía tiempo. En un día podía ganar más de lo que gana cualquiera en un mes.
Me imaginé a Justin a la edad de quince años, con un arma en su mano, quitándole la vida a una persona para dar de comer a su familia y se me rompió el corazón.
—¿Tus padres lo sabían?—susurré.
—Se enteraron—dijo negando levemente con la cabeza.—Mejor dicho, lo vieron—tragué saliva y observé a Justin.
Su mirada vacía estaba fija en la carta, seguramente sin ver nada de lo que hacía ver que leía. Y el pasado y los recuerdos parecían haberle sumido en una tristeza profunda.
—Mi padre creyó que era un peligro para mi familia y me echó de casa. Rechazaron mi dinero y me prohibieron entrar en casa hasta que dejara lo que estaba haciendo.
—Pero una vez que estás dentro, es imposibe salir—recordé.
—Por lo que hace casi tres años que no piso mi casa.
Tragué saliva y me reincorporé en el asiento después de estar unos segundos en estado de shock. Una camarera se acercó con una cierta gracia hasta nosotros sacando una libreta de una pequeña riñonera que tapaba más que la minifalda.
—¿Qué van a tomar?—preguntó la chica de ojos esmeralda observándome a mí.
—Yo sólo quiero agua—dije sin ánimos.
Entonces dirigió su mirada hacia Justin y su rostro cambió completamente. Él parecía estar en su burbuja apartado del mundo y no se percató de que la chica lo miraba como si acabara de ver un fantasma.
—¿Justin?—dije yo. Alzó la mirada hacia la chica y ésta se alejó.
—Encárgate tú de esa mesa—le dijo a una mujer mayor con la que se cruzó al darse la vuelta.
Fruncí el ceño y observé a Justin que no parecía nada confuso a comparación conmigo y que observaba a la mujer, que se dirgía hacia nosotros, con una pequeña mueca en muestra de felicidad.
—Disculpa a mi hija Justin.
—No te preocupes, Amelia. Si hubiera sabido que Annie trabajaba aquí, no habría venido—se excusó Justin.
—Tú ven cuando quieras. Annie tiene que superar lo de Sophie, pero le está costando bastante.
Amelia tenía los mismos ojos que su hija Annie y tenían la misma sonrisa, aunque la madre me había parecido más amable que su hija que había desaparecido en sus patines sin decir nada hacia la barra con el que supuse que era su padre. Amelia tendría algunos años menos que Billy y ya habían aparecido las primeras arrugas, pero se veía que había sido una mujer preciosa con un cuerpo bonito. Llevaba un delantal y no había ni rastro del uniforme de camarera, por lo que era la cocinera.
—Tú debes ser Catherine. Mi Billy ha dicho que eras preciosa y no se equivocaba—me dijo sonriendo.
—Gracias, Amelia. Usted está muy bien también.
—Tonterías, cariño—dijo Amelia sonriendo.—Tu chica me gusta mucho, Justin. Buena elección.
Justin me miró con admiración y yo le sonreí tímidamente.
—Bueno, ¿qué os pongo?—cogió la libreta y un bolígrafo y se preparó para apuntar.—¿Lo de siempre, Justin?
—Lo de siempre, Amelia—lo apuntó en la libreta y me miró a mí.
—¿Y tú, cariño?
—Que sean dos de Lo De Siempre, sea lo que sea—dije sonriendo.
—Marchando dos de Lo De Siempre.
Amelia despareció por la puerta de la cocina. Justin cogió una servilleta del servilletero que había encima de la mesa y comenzó a jugar con ella.
—¿Quién es Sophie y porqué Annie ha reaccionado así al verte?—pregunté.
—¿Tantas preguntas en un solo día? Esto parece un exámen, nena.
—Ni que tú hubieras hecho muchos en tu vida.
—Por esto mismo no los hago, me agobian.
—Pero esto no es un puto examen y creo que me merezco una respuesta.
No dijo nada y aparté la mirada de él. En el tiempo que habíamos estado allí, el bar se había ido vaciando poco a poco y ahora a penas quedaban mesas ocupadas. Entonces se abrió la puerta y los pocos comensales que habíamos, dirigimos la vista hacia la entrada. Todos menos Justin.
El chico avanzaba por las mesas, cojeando y mirando las caras de todos los que estábamos allí. Sin prisa, tomándose su tiempo para observar cada detalle. Mi pulso se aceleró, el corazón se me iba a salir del pecho y respiraba como nunca antes. Quería gritar. Echar a correr. Pero mis piernas no respondían. El nudo en mi garganta me prohibía hablar y el miedo me paralizaba.
—Cath, ¿estás bien?—preguntó Justin.
Me cogió la mano que ahora temblaba e intentó tranquilizarme. Le miré a los ojos intentando decirle con la mirada lo que no podía decirle con la palabras, pero cuando lo entendió era demasiado tarde.
—¡Vaya! ¡Mi pareja favorita! Me siento—. Se sentó a mi lado y no perdió el tiempo en acercarse a mí para provocar a Justin.
—Cada vez que veo a tu chica está mejor, Justin.
Le apreté la mano a Justin, pidiéndole que me sacara de allí con la mirada. Peter estaba sentando a mi lado con su especial y maliciosa sonrisa, acariciándome la mejilla. Y el miedo se intensificaba por momentos. Estaba aterrorizada.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO EL CAPÍTULO. ¡GRACIAS!
Espero que os haya gustado el capítulo. Muchísimas gracias por comentar, os lo agradezco muchísimo de verdad. Aún siguen habiendo lectoras fantasmas, pero sois muchas las que comentáis cada capítulo y cada vez más. También quería agradeceros a las que tuiteáis sobre la novela y la recomendáis, me hacéis un gran favor.
Si queréis que os avise para el siguiente capítulo, sólo tenéis que decírmelo por mi twitter, @Myinfinitelove. Y si tenéis alguna pregunta, dejádmela en mi ask.
¡Muchísimas gracias por leer mi novela! Os quiero muchísimo. <3
Tiaaa te odiioo me dejas con intriga *.* nah mrntira amo como escribes siento no poder haberte esceito nada esque el.movil no.me dejaba :/ pero buan me tienes totalmente enganchada muac un besito!!
ResponderEliminarbua me encanta,siguela*_*
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