Había sido un día largo desde primera hora de la mañana. Aun sentía el miedo en el cuerpo. Veía la silueta de Peter con solo cerrar los ojos y me sentía insegura y observada. Lo que me demostraba que el juego acababa de empezar. Además, recibir de nuevo notas, después de semanas sin rastro de ellas, alertaba nuevas alarmas.
Abrí los ojos. Me había quedado dormida. Miré el reloj encima de la mesita de noche a mi izquierda. Marcaba las 18:36. Había dormido casi cuatro horas y sin pesadillas, pero mi cuerpo aun pedía más. Mi cabeza palpitaba. Además, estaba tiritando. Un frío helado invadía la habitación. La ventana estaba abierta de par en par. Me levanté de la cama asustada y me asomé por el balcón. No había nadie. Miré hacia atrás, tal vez quién quiera que la hubiera abierto, no había salido aun de casa.
Recogí la mochila del suelo y busqué mi móvil. No quería parecer desesperada, pero la verdad era que lo estaba. Tenía miedo y Justin era el único al que le podía contar lo que me había pasado y lo que pasaba. Él sabría cómo tranquilizarme y cómo hacerme sentir mejor.
Mis manos temblaban y no veía mi móvil. Saqué los libros, las libretas de apuntes, el estuche y todo lo que guardaba, y lo dejé sobre la mesa. Pero lo único que encontré, fue la nota en el fondo de la mochila. Me estremecí. Ni rastro de mi móvil.
Salí de mi habitación y bajé las escaleras corriendo. No sabía si había alguien en casa. O si había alguien que no tenía que estar. Mientras llamaba a mis padres y a Joseph, un nudo me impedía gritar demasiado. Estaba asustada.
Llegué a la cocina y Joseph no estaba allí. Corrí al teléfono de la pared y lo descolgué. Quise llamar a Justin, pero no recordaba su número. Colgué molesta y salí por la puerta de atrás hacia el jardín. Supuse que Joseph estaría arreglando las plantas y al ver una silueta agachada podando arbustos, me permití respirar otra vez.
—Buenos días—dijo con una sonrisa amable en sus labios—. ¿Necesitas algo?
Suspiré y sonreí. Me estaba volviendo paranoica.
—No, nada. Solo me preguntaba dónde están mis padres.
Se reincorporó y sacudió su delantal.
—Tu padre está en su despacho revisando algunos papeles y tu madre en la biblioteca, creo recordar.
—Está bien, gracias.
Le sonreí en muestra de agradecimiento y caminé de nuevo a la cocina. Pero su voz me detuvo.
—¡Catherine!
Se acercó a mí. Yo di media vuelta y di algunos pasos hacia él. Me observó por unos segundos y dijo:
—¿Seguro que estás bien?
—Sí—asentí, contestando monótonamente.
—¿Sigues sin tener hambre?—preguntó con tono paternal.—Necesitas comer algo.
—La verdad es que sí—mentí. Tenía el estómago cerrado.
—¿Quieres que te prepare algo?
—Oh, no—exclamé.—No te molestes. Quédate aquí, cogeré lo primero que encuentre.
Asintió y volvió a su tarea. Yo entré por la puerta trasera y me dirigí a la biblioteca, en el primer piso. Quería asegurarme de que mi madre estaba bien. Piqué antes de entrar dos veces y después empujé las dos enormes puertas, observando la biblioteca. La verdad era que no visitaba demasiadas veces aquel tesoro literario, por no decir que podía contar las veces que había pisado ese suelo con una mano y sobrarían dedos, pero cada vez que descubría un rincón más de aquella casa, que parecía una mansión, más sola me sentía y más echaba en falta la presencia de mi hermano. Por lo que la idea de explorar, lo que mis padres querían que llamara hogar, no me entusiasmaba demasiado.
—¿Mamá?
Mi voz resonó en cada rincón de la biblioteca. Habían numerosas estanterías que cubrían las paredes de arriba a abajo. La mayoría estaban vacías. Después de la mudanza, mi madre aun no había ordenado los libros y los mantenía en cajas en el sótano y en el desván. Tenía cientos de ellos. Algunos los había heredado de mi abuelo, un gran aficionado a la lectura que había dejado en manos de mi madre su reliquia más preciada. Otros eran regalos y caprichos que le llegaban casi a diario. Los libros eran un regalo seguro.
Visualicé a mi madre sentada en una enorme butaca de piel en un rincón, junto a uno de los grandes ventanales de la habitación. Sostenía un libro entre sus manos y parecía absorta en la novela. Volví a llamarla.
—Perdona, cariño—marcó la página y cerró el libro, prestándome atención—. ¿Querías algo?
—¿Has visto mi móvil por algún lado?
—¿Tu móvil? —yo asentí—. Pues no, no lo he visto. ¿Lo has perdido?
—No lo sé. La última vez que lo vi fue en el instituto, tal vez me lo haya dejado allí. Mañana miraré.
Asintió con su cabeza y repiqueteó en la contraportada dura de su libro. Suspiró. Y pasaron unos segundos incómodos, hasta que dijo:
—Por cierto, Joseph me ha dicho que no has comido, ¿te encuentras bien?
—Sí, acabo de comer. Solo necesitaba descansar un poco.
La verdad era que no comía nada desde la hora de la cena de ayer y tampoco tenía la intención de hacerlo. Mi estómago no lo pedía.
—Eso espero—concluyó—. Avísame si comienzas a encontrarte mal.
—Lo haré.
Le dediqué una sonrisa, que ella imitó, y volvió a la lectura. Cerré las puertas de la biblioteca y subí de nuevo a mi habiación. El frío seguía allí, recordándome que seguramente alguien habría estado entre mis cuatro paredes y me habría observado mientras dormía, burlándose de lo fácil que era entrar en mi casa. Aunque tal vez era todo imaginación mía, todo era a causa del miedo, y eso me asustaba casi más.
Seguí buscando mi móvil. Miré de nuevo en la mochila, entre los libros y papeles del escritorio, la cama, el baño y no encontré nada. Hasta que me agaché para asegurarme de que no se me había caído al suelo y lo vi bajo la cama. Suspiré de alivio y alargué la mano para cogerlo. Marqué el número de Justin y llamé. Después de unos segundos, los constantes pitidos dejaron de sonar. Me había colgado. Miré la pantalla del móvil incrédula. Esperé unos minutos, esperando a su llamada, pero no lo hizo. No me llamó y volví a hacerlo yo. Una y dos veces. Pero en ambas dejó que el móvil sonara y en la cuarta llamada saltó el contestador. Por alguna razón me estaba ignorando. Tiré el móvil al suelo con fuerza y me dejé caer en la cama. Justin me cabreaba. Pero a la vez, todo apuntaba a que había perdido lo único que me hacía sentir segura. Y eso era lo peor que me había pasado en el día.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO EL CAPÍTULO, ¡MUCHAS GRACIAS!
¡He vueltoooo! Ya sé que he estado desaparecida casi 2 meses, pero no consigo sacar tiempo de ningún sitio. Tengo mucho que hacer y muy poco tiempo, y se me hace difícil escribir. Pero aquí está el capítulo, que como no es uno de los mejores, he intentado hacerlo un poco más largo, para compensaros.
No os puedo prometer nada sobre el siguiente capítulo. Tengo un montón de exámenes en las próximas semanas, un viaje, festivales benéficos, carnaval... por lo que creo que será incluso más difícil escribir, pero haré lo que pueda.
Gracias por seguir ahí con cada capítulo.
¡Os quiero!
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