—Hola, soy Justin. Deja el mensaje cuando escuches la señal.
Suspiré una última vez, a punto de colgar la llamada.
—Hola... Soy yo, Cath—pensé unos segundos sin saber qué decir—. No sé qué está pasando entre nosotros, por eso necesito que hablemos. Llámame cuando escuches esto, por favor.
Martes 28 de Octubre, 15:22.
—Vuelvo a ser yo. Sé que seguramente estarás ocupado, pero es urgente. Por favor, llámame. O como mínimo, da señales de vida.
—Vuelvo a ser yo. Sé que seguramente estarás ocupado, pero es urgente. Por favor, llámame. O como mínimo, da señales de vida.
Miércoles 29 de Octubre, 19: 04.
—Hola de nuevo. Sé que soy una pesada, pero están pasando cosas... Han vuelto las notas. Las recibo a diario y... estoy preocupada. Por favor, vuelve. Te necesito.
Jueves 30 de octubre, 12:38.
—¿Estás bien? Acabo de encontrar una nota y no tengo un buen presentimiento. Solo envíame un mensaje para saber que estás bien y dejo de molestar—. Dejé pasar unos segundos—¿He dicho que soy Cath?
Viernes 31 de octubre, 7:56.
—Supongo que está claro. No quieres saber nada de mí, por lo que no voy a llamarte más. Si quieres algo, sabes dónde encontrarme.
El timbre me avisó de que empezaba la primera clase del día cuando despegué el móvil de mi oreja. Suspiré. Habían pasado cinco días desde la primera llamada de decenas y del primer mensaje de docenas. Y de ninguno de ellos había obtenido respuesta. Justin había desaparecido. O quería desaparecer de mi vida. Y que yo desapareciera de la suya.
Caminé hasta mi clase sin pasar por la taquilla. Normalmente ahí se encontraban todas las notas que recibía, y prefería evitarlas. Sobre todo porque el mensajero demostraba que se divertía con ellas. Además, los pasillos estaban decorados con telarañas, calabazas, arañas, murciélagos y demás objetos típicos de Halloween, y algunos parecían haber adelantado sus trucos y bromas de la noche para primera hora de la mañana, y eso también quería evitarlo.
Al llegar al laboratorio de Biología, vi a Abby sentada al fondo, haciéndome señales para que me sentara en el taburete vacío junto a ella. Crucé la clase, convirtiéndome en el centro de atención; todos se sentaban en sus respectivos sitios menos yo, era la última en entrar. De nuevo. Aceleré el paso y me senté justo cuando la profesora apareció por la puerta.
—¿Dónde estabas? Medio minuto más y vuelves a llegar tarde—me regañó susurrando Abby—. ¿Acaso has dormido? Parece que hayas pasado la noche sin pegar ojo. En la calle—añadió. Entrecerró sus ojos y me observó detenidamente—. Tal vez debajo de un puente.
Rodé los ojos y saqué el libro de Biología de la mochila. Normalmente Abby era observadora y a veces, incluso exasperante, pero hoy parecía que esas cualidades se habían descontrolado y extremado.
—¿Y tú estás segura de haber descansado lo suficiente? Estás más irritante de lo normal.
Bajó la mirada a la mesa. Ninguna de las dos teníamos un buen día y quedó demostrado.
La profesora comenzó a hablar de genética y aunque yo desconecté automáticamente, pendiente de intentar averiguar qué le pasaba a Abby, ella se había aislado del mundo con la mirada fija en la pizarra.
—¿Ya sabes que te pondrás esta noche?—preguntó Sidney.
Cerré la taquilla satisfecha. No había notas, ni nada extraño y ya era última hora de la mañana.
—¿Catherine Blair?
—Perdona, ¿qué has dicho?—dije desorientada.
Abby resopló al lado de Sidney. Se pasó toda la mañana haciéndolo. Lo que afirmaba que estaba enfadada conmigo.
—Que qué te pondrás esta noche.
—Nada—contesté comenzando a caminar hacia la salida.
—¿Cómo que nada?
Sidney cogió a Abby por el brazo, obligándola a seguirme. Ni se inmuto de la mala cara de Abby.
—No voy a ir a cualquier estúpida fiesta en la que estéis pensando y no tengo nada que ponerme.
—Punto número uno—alzó su dedo índice marcando la numeración—, puede que la anfitriona no sea la mejor, pero su papi le paga mejores fiestas de las que te puedas imaginar.
—¿Quién...?—comencé, pero Sidney no me dejó acabar la frase.
—Y punto número dos, te puedo dejar algún disfraz. Seguro que tengo algo para ti—concluyó—. Si no, Abby te puede dejar algo, ¿verdad?
En su mirada noté que le estaba obligando a mostrar algo de amabilidad hacia mí.
—Claro. ¿Por qué no?
Me sonrió. Pero más que una sonrisa amable, parecía que esperara a que respondiera su pregunta. Continué pensando en la actitud de Abby, en si tendría que ver con alguno de mis actos. Pero no se me ocurrió ningún motivo para excusar su comportamiento.
De repente, me sonó el móvil. Lo saqué del bolsillo y miré la pantalla. Tenía un mensaje de un número desconocido: ESPERO VERTE ESTA NOCHE. Y un segundo mensaje de Justin completamente en blanco.
—Entonces qué, ¿te apuntas?
Seguía mirando mi móvil. ¿El primer mensaje lo habría escrito él? ¿Qué significaba un mensaje en blanco? Despegué mis labios para contestar, pero no sabía qué decir.
—¿Estás bien?—preguntó Abby, frunciendo el ceño y desviando su mirada hacia mi móvil.
—Sí—sonreí y guardé el móvil de vuelta en el bolsillo—. ¿A qué hora quedamos? Me tenéis que ayudar a prepararme.
—¡Vas a ponerte esto y no se hable más!—gritó Sidney desde el baño de su habitación.
—¡No puedo ni respirar!—me quejé yo.
Casualmente Sidney solo tenía un disfraz de Catwoman, de cuero negro y absolutamente ajustado a mi piel, para prestarme. Yo me veía extremadamente provocativa, y aunque había llegado a verme sexy, no lo admitiría.
—Pues no respiras. Pero no vas a salir de aquí si no es con esa ropa.
Sidney se asomó por la puerta del baño, acabando de ponerse las lentillas de color azul que complementaban su disfraz de la gran Marilyn Monroe, y me miró de arriba a abajo.
—Cariño, ponte unos taconazos y como te vea Justin, di adiós a tu virginidad.
Me miré de nuevo en el espejo. La verdad era que ese disfraz realzaba todas mis curvas y sobretodo el escote, que resaltaba y subía mi pecho. Además, las ondas que Sidney me había hecho, daban movimiento y volumen a mi melena, a parte de un punto atrevido.
—¿Sabes que no estás ayudando en nada?—quise parecer enfadada, pero la verdad era que imaginarme la escena me hizo ruborizar y sentir un calor repentino—. Ni si quiera sé si él estará allí y si lo está, no va a pasar nada.
Se cruzó de brazos, levantó una ceja y me dijo con la mirada:"No mientas. Eso no te lo crees ni tú."
—Ambas sabemos que...—comenzó Sidney.
Y justo en ese momento entró Abby por la puerta.
—Que ese disfraz te sienta genial y te hace muy sexy.
—¡Vaya!—exclamó Abby dejando unas bolsas en la cama de Sidney—. Estáis increíbles chicas. —Cat dice que no le gusta cómo le queda su disfraz. ¿Te lo puedes creer?—preguntó Sidney exagerando.
—Yo prefiero que se lo quite, no vaya a ser que Ryan te vea y se fije demasiado en ti.
Las tres echamos a reír. Parecía que venía de mejor humor. Y lo agradecí.
Finalmente consiguieron convencerme. Abby acabó mi maquillaje que era a la que mejor se le daba y Sidney se metió en el vestidor durante media hora buscando unos zapatos que me quedaran bien. Abby se decantó por pintarme los labios de color rojo intenso, que los hacía más grandes y voluminosos, y un ahumado en un tono plateado oscuro que daba un toque misterioso a mis ojos. Sidney escogió unos zapatos de tacón negros, muy sencillos, pero muy altos, con los que dudé poder caminar.
—¿De verdad me recomiendas llevar esto como principiante que soy?—miré de nuevo los 13 centímetros que me elevarían del suelo con algo de miedo.
—Movimiento de caderas, equilibrio y caminar recto. Eso es todo lo que necesitas.
Suspiré y encajé los tacones en mi pie. Me levanté de la silla en frente del tocador y probé a caminar, bajo la atenta mirada de Sidney y Abby.
—Más movimiento, Cat—se metió en el papel de profesora—. ¿Cómo pretendes caminar bien con tacones si no le pones gracia?
Traté de hacerle caso y mejorar mis errores, pero las piernas me temblaban y la inestabilidad era indudable.
—¡Demuestra que sabes que eres la tía más buena!—me animó—. Todos los tíos te están mirando y no puedes permitirte una caída. ¡Mueve el culo, Blair!—gritó.
—Está bien, está bien—dije entre carcajadas, siguiendo sus indicaciones.
—No dejará de mirarte durante toda la noche para asegurarse de que lo haces bien—dijo Abby acabando de vestirse de vampiresa, burlándose de Sidney.
—El esfuerzo merece la pena—se defendió ella.—Solo hace falta mirarme y saber un poco de mí—dijo caminando hacia el baño, exagerando sus movimientos.
—Está tan pesada como cuando Ryan me organizó una cita sorpresa y solo ella lo sabía. A lo mejor te intenta juntar con alguien.
El corazón me comenzó a latir rápido.
—Eso es una tontería. ¿Con quién querría juntarme?—intenté tomármelo en broma.
—A ella siempre le ha gustado Justin para ti—noté que el corazón se me saldría por la garganta—, a pesar de que todos sabemos cómo es él. Quién sabe lo que Sidney es capaz de hacer.
—Sí—afirmé—, sería una locura.
—Pero a Sidney le encantan las locuras.
Llegamos a la entrada de la casa de Lily y me detuve en el jardín principal. Tanto Abby como Sidney evitaron mi mirada. Mientras, yo no podía dejar de mirar como Lily saludaba a algunos de los invitados de la fiesta con un disfraz de ángel con el que llamaba mucho la atención. Ajustado. Sexy. Además, había desaparecido el vendado que llevaba en la nariz después de nuestro pequeño encuentro y lucía un nuevo perfil. Al parecer, mi arreglo no fue suficiente. Ni de su gusto.
—¿Y qué más da?—preguntó Sidney—. No tiene porque enterarse de que estás aquí.
—Seamos realistas, Sidney. Se enterará de que estás aquí—admitió Abby, dirigiéndose a mí—, pero no se acercará demasiado porque ya sabe de lo que eres capaz.
—Exacto.
—No lo volvería a hacer—aclaré—. Fue mi primera pelea y la última. No quiero que la gente tenga esa imagen de mí.
—Tarde—dijo Sidney mientras se aclaraba la garganta.
La fulminé con la mirada y alzó las manos mostrándose inocente.
—Me encanta la confianza que hay entre nosotras—ironicé con una media sonrisa en mis labios.
—A veces la confianza da asco—Abby remarcó.
Lanzó una mirada a Sidney, la cuál evitó. El ambiente se volvió tenso y comencé a caminar, esperando que me siguieran, pero no lo hicieron.
—¿Entramos?—pregunté delante de ellas dos.
Había sido una semana dura y tenía ganas de beber y pasármelo bien. De olvidar.
—¿Tantas ganas tienes de emborracharte?
Sidney comenzó a caminar por el césped, demostrando una increíble agilidad con los tacones, que yo no tenía.
—¿Tú no?—pregunté divertida.
—Vaya par de borrachas estáis hechas—rió Abby detrás de nosotras—. Yo me quedo aquí a esperar a Ryan. Ahora nos vemos, chicas—sonrió.
Sidney y yo rodeamos la casa por el jardín hasta llegar al patio trasero, en el que no se distinguía el final y dónde solo se veían personas y más personas bailando alrededor de una piscina que era el centro de la fiesta, y que por el momento se mantenía vacía.
Nos acercamos hasta la barra, nos sentamos y disfrutamos de la primera copa de la noche. La gente no paraba de llegar y el ambiente iba mejorando. Llegó la segunda copa y algunas risas. Comenzaba a sentir que el alcohol hacía su efecto. Sidney se reía de todo, sobretodo de sus anteriores ligues y de sus aventuras con ellos. Y ellas.
—¿Sabes qué?—tomó el último sorbo de su copa y yo hice lo mismo—. Te reto a algo.
Levanté la ceja y sonreí.
—Lo que sea. Estoy dispuesta a todo—dije vacilando un poco mientras vaciaba un poco más mi vaso y el alcohol llegaba a mi estómago.
Levantó la mano y el camarero se acercó.
—Trae dos más. Y sé un poco más generoso—le lanzó una mirada seductora y deslizó dos billetes por la barra, que el chico se guardó en el bolsillo de las propinas.
—La última que se acabe la próxima copa, tiene que enrollarse con el primer tío que se encuentre—dijo riendo.
—Trato hecho.
Nos dimos la mano y Sidney asintió aún riendo. La idea le parecía divertida. Y a mí en aquel momento también. Entonces, llegó la tercera copa y comenzó el juego. Bebí tan rápido como pude. La garganta me quemaba. El camarero le había hecho caso a Sidney, era casi puro alcohol. Pasaron tres segundos y Sidney puso el vaso boca abajo en la barra, vencedora. Y un segundo después lo hice yo.
—¡Guau!—exclamó—. ¡Vaya velocidad!—se sorprendió—, pero sigues siendo demasiado lenta.
Me sequé la boca con la mano, con cuidado de no estropear mi maquillaje y parpadeé un par de veces, después de tambalearme al ponerme de pie. Sidney me condujo directamente a la pista de baile. Su cabellera rubia se movía por todas partes y su cuerpo seguía el ritmo de la música. No tardó ni un segundo en encontrar a alguien para mí.
—Catherine, te presento al que te ayudará a ganar la apuesta. Él es...
Señaló con la mirada detrás de mí, esperando a que el chico de sonrisa alegre e inocente se presentara. Pero al girar, me tropecé. Malditos tacones.
—Brandon—dijo cogiéndome, antes de caer al suelo—. Eres de las que empieza bien la noche, ¿no?
Era más alto que yo y tenía unos músculos bastante marcados. Me aferré fuerte a sus hombros para sostenerme y él me agarró por la cintura, rozando con sus dedos el límite que le iba a permitir tocar. Me miraba cómo si estuviera interesado en conocer algo más que mis labios. Y me sentí confusa. Mi primera impresión había sido buena, pero ni su disfraz de superhéroe, ni su sonrisa inocente, ocultaban sus verdaderas intenciones.
—Soy más de las que acaban bien la noche.
Ciñó sus dedos sobre mi cintura y vi la lujuría en sus ojos desconocidos. A pesar de eso, subí mis manos por su pecho, dibujando cada uno de sus impecables abdominales, siguiendo el ritmo de la música.
—Seguro que pasas una buena—sonrió y aprovechó para observarme más de cerca.
Apretó más mi cuerpo contra el suyo, pero el alcohol corría por mis venas, y solo quería bailar. Bailar y olvidar. Cerré los ojos y noté sus labios en los míos. Su lengua bailando con la mía. Y sus manos jugando con mi piel.
—Brandon—me reí ridículamente y sujeté sus hombros, manteniendo la distancia.—Un bonito nombre para olvidar.
Aparté la mirada de la suya incrédula y me pareció vislumbrar una silueta familiar entre todos aquellos rostros desconocidos. Estaba casi segura de haber visto a Justin y de volver a la sobriedad durante el segundo que nuestras miradas conectaron. Pero la realidad era que estaba borracha, y lo estaba por él, y no me era difícil creerme que solo era producto de mi imaginación. Me arreglé el pelo y volví con Sidney, que me miraba sorprendida y sonriente.
—En estos momentos, no aseguraría nada, pero juraría que dijiste una vez que no te gustaban las fiestas.
—Ya era hora de cambiar eso—suspiré. Por un momento me sentí nueva y rebelde, pero, ¿y si Justin lo había visto todo?—¡Necesito chupitos!—grité tambaleándome hacia el bar de nuevo.
Quería intentar vivir lo que surgía espontáneamente de mí. Y esa noche lo iba a poner en práctica.
El sexto chupito fue duro. Lo dejé vacío sobre la mesa al mismo tiempo que Sidney, y dejé que se asentara en mi estómago. Sentía ácido descender por mi garganta y el tacto de una mano tamborileando en mi hombro derecho.
—¡Buena fiesta, Lily!—dijo Sidney, apoyando la mano en su hombro.
Lily la miró con desprecio, curvando su boca en una sonrisa forzada. Por un momento, pensé que nos echaría de su casa. Pero no lo hizo, se sentó en el taburete, justo a mi lado, pidió otra ronda al camarero y dijo con el chupito en la mano:
—¡Por las reconciliaciones entre amigas!
Cogí el vaso lleno que casi rebosaba. ¿Reconciliación? ¿Cuando habíamos sido amigas? ¿Antes de que le rompiera la nariz o después? Todas esas dudas importaron poco, porque lo último que hice antes de irme lejos de allí fue brindar y asentir ante todas las palabras que soltó Lily en su discurso sobre nuestra nueva amistad.
Entré al baño, de la habitación de invitados, arrastrándome por la pared. Suspiré aliviada cuando vi que estaba sola. Juraría haber visto a Justin más de una vez, vigilándome, pero cuando volvía a mirar desaparecía y empecé a pensar que había bebido demasiado. Aunque fuese obvio cuando vi mi aspecto en el espejo. Tenía el pelo alborotado, los labios hinchados, los ojos rojos y el maquillaje no había aguantado en su sitio. La cabeza me daba vueltas, las piernas me temblaban por los tacones y mi estómago amenazaba con devolver todo lo que había tragado.
Abrí el grifo de agua fría y me mojé la nuca y la cara. Sentí el alivio al instante. Me apoyé en el lavabo y cerré los ojos. Después de estar tanto tiempo sin probar el alcohol, beber tanto en una noche no sentaba nada bien.
—Vaya, admito que me sorprendes.
Abrí los ojos y vi su reflejo junto a mí. Parpadeé. No era una ilusión, estaba allí detrás de mí. Sentía su aliento y su calor. Me giré hacia él. Estaba diferente. Se había cortado el pelo, lo llevaba más corto y despeinado de lo habitual y sus ojos brillaban, pero el color miel, que tanto había echado de menos, se había oscurecido. Me miró de arriba a abajo, desnudándome con la mirada.
Hundí mi cara en su pecho y me encerró entre sus brazos. Podía escuchar su corazón latir en mi oído y su respiración en mi cabeza.
—Te he echado de menos.
Cogió mi cara entre sus manos y la alzó hasta hacer coincidir mi mirada con la suya, trazando círculos con su pulgar en mi mejilla.
—¿Dónde has estado? Te llamé, te dejé mensajes, pero...
Me silenció con su dedo en mis labios.
—Eso ahora no importa. Te he visto ahí fuera y creo que no recordarías mucho al despertar.
Escondió un mechón de pelo detrás de mi oreja y sonrió. Con esa sonrisa torcida tan suya.
—Espera... ¿Cuánto tiempo llevas ahí fuera?—me mordí el labio inferior, recordando la apuesta con Sidney—. ¿Has visto...?
Asintió aún con esa sonrisa. En esos labios. Pero, no sé si por el alcohol que drenaba mi sangre, por saber que él estaba bien, o simplemente porqué lo necesitaba, me puse a llorar.
—Estás borracha.
Su sonrisa se ensanchó, haciéndome reír. Secó las lágrimas que descendían de mis ojos y besó una de ellas. Me sentía absurda. Absurdamente feliz.
—Estoy muy borracha—rectifiqué, casi balbuceando.
—Y yo te he echado mucho de menos—repitió, fijando sus ojos en mi boca.
Rozó sus labios con los míos, y no pude evitar sonreír. Subí mis manos hasta su cuello y acaricié su nuca. Entreabrió su boca y se separó unos centímetros. Me sujetó por la cintura y me apretó hacia él.
—Si vas a besarme, hazlo ya—susurré.
Se apartó un poco de mí, con una mirada desafiante. Le gustaba jugar. Y a mí me gustaba jugar con él.
—¿Y si no qué?—vaciló.
—Ven y averígualo.
Juntó su frente con la mía, intentando mantener las distancias, pero esa maldita sonrisa seguía en sus labios, desafiándome. No era capaz de controlar mis impulsos.
Me lancé a su boca y no tardó ni un segundo en recibirme. Dirigió su lengua directa a la mía, bailando y jugando con ella. Sonreí y me mordí el labio inferior. Me devolvió la sonrisa y volvió a mi boca. Me besó cómo si no hubiera un mañana y me apretó contra su cuerpo con fuerza. Rodeé su cintura con las piernas para atraerle más hacia mí. Su olor. Su sabor. Su respiración fuerte y profunda que chocaba contra la mía. Sus labios se movían de forma delicada y lenta. Pero la suavidad y delicadeza no entraban en mis planes aquella noche.
Bajó sus labios por mi cuello, mordisqueando y succionando piel aquí y allá. Me dejé llevar. Caminó fuera del baño y me tumbó en la cama de invitados. Bajé mis manos hasta la costura de su camiseta y se la quité con un rápido movimiento. Situé mis labios de nuevo justo sobre los suyos, le sonreí y me puse sobre él. Me apretó por las caderas a la vez que subía las suyas.
—¿Qué tal todo por ahí abajo?—dije manteniendo su boca a milímetros de la mía recuperando la respiración.
—Eres tú la culpable—susurró, y escuché su sonrisa.
Y a partir de aquel momento, me perdí en el deseo y las ansias por sentirlo. Necesitaba notarlo dentro. Y lo deseaba ya.
La presión y el roce ininterrumpido de su erección me excitó hasta tal punto que solté un gemido. Alcé un poco mis caderas hasta que lo sentí justo donde quería. Y llevó sus manos hasta la cremallera del disfraz, pero se detuvo ahí.
—Hazlo—musité contra sus labios.
—No podré parar—dijo, y me miró a los ojos.
—Hazlo, por favor.
Succioné su cuello, propinando pequeños mordiscos que le hacían estremecer.
—Estás borracha, Cath.
—Por favor—repetí.
Y lo hizo. Bajó la cremallera y me quedé en sujetador. Pero tardó poco, porque un segundo más tarde me deshice de él. Justin me observó durante unos segundos, me atrajo hasta él delicadamente y me besó los labios con dulzura.
—Eres preciosa.
Cogió las riendas y se puso sobre mí. Apartó una mano de mis caderas y me recorrió el vientre lentamente, dejando besos, antes de acariciarme uno de los pechos. Subió hasta mi cuello, mordiendo y probando cada centímetro de mi piel. Bajó desde mi clavícula hasta mi pecho y mientras masajeaba uno con una mano, jugueteaba con el otro con su lengua. Sus labios se aferraban a mi piel con suavidad, pero me succionó con más fuerza cuando dejé escapar un gemido y le clavé las uñas en la espalda. Creía que me iba a correr.
Me miró fijamente a los ojos y me besó. Pero fue un beso diferente. Ni siquiera se parecía lo más mínimo a los demás. Tal vez era por el alcohol, porque ya no sabía diferenciar mis fantasías de la realidad, pero sentí que me transmitía con sus labios todo lo que no se atrevía a pronunciar.
—Me encantas—sonreí—. Dios—me besó. Se separó de mí. Y me besó de nuevo—. Me gustas tanto, Catherine Blair.
Y sus ojos brillaban mientras me miraban con deseo, y con amor, y yo sentía que me perdía. Y que por él caía en un bucle vicioso, del que solo él me podía salvar. Contradictorio, ¿verdad?
—Repítelo.
—Que me vuelves loco, Catherine Blair.
Y era contradictorio. Sí. Pero, ¿qué es el amor si no absurdas ideas y sentimientos contradictorios que se combinan y se perfeccionan entre sí?
—¿Y tú estás segura de haber descansado lo suficiente? Estás más irritante de lo normal.
Bajó la mirada a la mesa. Ninguna de las dos teníamos un buen día y quedó demostrado.
La profesora comenzó a hablar de genética y aunque yo desconecté automáticamente, pendiente de intentar averiguar qué le pasaba a Abby, ella se había aislado del mundo con la mirada fija en la pizarra.
—¿Ya sabes que te pondrás esta noche?—preguntó Sidney.
Cerré la taquilla satisfecha. No había notas, ni nada extraño y ya era última hora de la mañana.
—¿Catherine Blair?
—Perdona, ¿qué has dicho?—dije desorientada.
Abby resopló al lado de Sidney. Se pasó toda la mañana haciéndolo. Lo que afirmaba que estaba enfadada conmigo.
—Que qué te pondrás esta noche.
—Nada—contesté comenzando a caminar hacia la salida.
—¿Cómo que nada?
Sidney cogió a Abby por el brazo, obligándola a seguirme. Ni se inmuto de la mala cara de Abby.
—No voy a ir a cualquier estúpida fiesta en la que estéis pensando y no tengo nada que ponerme.
—Punto número uno—alzó su dedo índice marcando la numeración—, puede que la anfitriona no sea la mejor, pero su papi le paga mejores fiestas de las que te puedas imaginar.
—¿Quién...?—comencé, pero Sidney no me dejó acabar la frase.
—Y punto número dos, te puedo dejar algún disfraz. Seguro que tengo algo para ti—concluyó—. Si no, Abby te puede dejar algo, ¿verdad?
En su mirada noté que le estaba obligando a mostrar algo de amabilidad hacia mí.
—Claro. ¿Por qué no?
Me sonrió. Pero más que una sonrisa amable, parecía que esperara a que respondiera su pregunta. Continué pensando en la actitud de Abby, en si tendría que ver con alguno de mis actos. Pero no se me ocurrió ningún motivo para excusar su comportamiento.
De repente, me sonó el móvil. Lo saqué del bolsillo y miré la pantalla. Tenía un mensaje de un número desconocido: ESPERO VERTE ESTA NOCHE. Y un segundo mensaje de Justin completamente en blanco.
—Entonces qué, ¿te apuntas?
Seguía mirando mi móvil. ¿El primer mensaje lo habría escrito él? ¿Qué significaba un mensaje en blanco? Despegué mis labios para contestar, pero no sabía qué decir.
—¿Estás bien?—preguntó Abby, frunciendo el ceño y desviando su mirada hacia mi móvil.
—Sí—sonreí y guardé el móvil de vuelta en el bolsillo—. ¿A qué hora quedamos? Me tenéis que ayudar a prepararme.
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—¡No puedo ni respirar!—me quejé yo.
Casualmente Sidney solo tenía un disfraz de Catwoman, de cuero negro y absolutamente ajustado a mi piel, para prestarme. Yo me veía extremadamente provocativa, y aunque había llegado a verme sexy, no lo admitiría.
—Pues no respiras. Pero no vas a salir de aquí si no es con esa ropa.
Sidney se asomó por la puerta del baño, acabando de ponerse las lentillas de color azul que complementaban su disfraz de la gran Marilyn Monroe, y me miró de arriba a abajo.
—Cariño, ponte unos taconazos y como te vea Justin, di adiós a tu virginidad.
Me miré de nuevo en el espejo. La verdad era que ese disfraz realzaba todas mis curvas y sobretodo el escote, que resaltaba y subía mi pecho. Además, las ondas que Sidney me había hecho, daban movimiento y volumen a mi melena, a parte de un punto atrevido.
—¿Sabes que no estás ayudando en nada?—quise parecer enfadada, pero la verdad era que imaginarme la escena me hizo ruborizar y sentir un calor repentino—. Ni si quiera sé si él estará allí y si lo está, no va a pasar nada.
Se cruzó de brazos, levantó una ceja y me dijo con la mirada:"No mientas. Eso no te lo crees ni tú."
—Ambas sabemos que...—comenzó Sidney.
Y justo en ese momento entró Abby por la puerta.
—Que ese disfraz te sienta genial y te hace muy sexy.
—¡Vaya!—exclamó Abby dejando unas bolsas en la cama de Sidney—. Estáis increíbles chicas. —Cat dice que no le gusta cómo le queda su disfraz. ¿Te lo puedes creer?—preguntó Sidney exagerando.
—Yo prefiero que se lo quite, no vaya a ser que Ryan te vea y se fije demasiado en ti.
Las tres echamos a reír. Parecía que venía de mejor humor. Y lo agradecí.
Finalmente consiguieron convencerme. Abby acabó mi maquillaje que era a la que mejor se le daba y Sidney se metió en el vestidor durante media hora buscando unos zapatos que me quedaran bien. Abby se decantó por pintarme los labios de color rojo intenso, que los hacía más grandes y voluminosos, y un ahumado en un tono plateado oscuro que daba un toque misterioso a mis ojos. Sidney escogió unos zapatos de tacón negros, muy sencillos, pero muy altos, con los que dudé poder caminar.
—¿De verdad me recomiendas llevar esto como principiante que soy?—miré de nuevo los 13 centímetros que me elevarían del suelo con algo de miedo.
—Movimiento de caderas, equilibrio y caminar recto. Eso es todo lo que necesitas.
Suspiré y encajé los tacones en mi pie. Me levanté de la silla en frente del tocador y probé a caminar, bajo la atenta mirada de Sidney y Abby.
—Más movimiento, Cat—se metió en el papel de profesora—. ¿Cómo pretendes caminar bien con tacones si no le pones gracia?
Traté de hacerle caso y mejorar mis errores, pero las piernas me temblaban y la inestabilidad era indudable.
—¡Demuestra que sabes que eres la tía más buena!—me animó—. Todos los tíos te están mirando y no puedes permitirte una caída. ¡Mueve el culo, Blair!—gritó.
—Está bien, está bien—dije entre carcajadas, siguiendo sus indicaciones.
—No dejará de mirarte durante toda la noche para asegurarse de que lo haces bien—dijo Abby acabando de vestirse de vampiresa, burlándose de Sidney.
—El esfuerzo merece la pena—se defendió ella.—Solo hace falta mirarme y saber un poco de mí—dijo caminando hacia el baño, exagerando sus movimientos.
—Está tan pesada como cuando Ryan me organizó una cita sorpresa y solo ella lo sabía. A lo mejor te intenta juntar con alguien.
El corazón me comenzó a latir rápido.
—Eso es una tontería. ¿Con quién querría juntarme?—intenté tomármelo en broma.
—A ella siempre le ha gustado Justin para ti—noté que el corazón se me saldría por la garganta—, a pesar de que todos sabemos cómo es él. Quién sabe lo que Sidney es capaz de hacer.
—Sí—afirmé—, sería una locura.
—Pero a Sidney le encantan las locuras.
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—¿La anfitriona es Lily?—las miré atónita a las dos—. ¿De verdad?—volví a preguntar.Llegamos a la entrada de la casa de Lily y me detuve en el jardín principal. Tanto Abby como Sidney evitaron mi mirada. Mientras, yo no podía dejar de mirar como Lily saludaba a algunos de los invitados de la fiesta con un disfraz de ángel con el que llamaba mucho la atención. Ajustado. Sexy. Además, había desaparecido el vendado que llevaba en la nariz después de nuestro pequeño encuentro y lucía un nuevo perfil. Al parecer, mi arreglo no fue suficiente. Ni de su gusto.
—¿Y qué más da?—preguntó Sidney—. No tiene porque enterarse de que estás aquí.
—Seamos realistas, Sidney. Se enterará de que estás aquí—admitió Abby, dirigiéndose a mí—, pero no se acercará demasiado porque ya sabe de lo que eres capaz.
—Exacto.
—No lo volvería a hacer—aclaré—. Fue mi primera pelea y la última. No quiero que la gente tenga esa imagen de mí.
—Tarde—dijo Sidney mientras se aclaraba la garganta.
La fulminé con la mirada y alzó las manos mostrándose inocente.
—Me encanta la confianza que hay entre nosotras—ironicé con una media sonrisa en mis labios.
—A veces la confianza da asco—Abby remarcó.
Lanzó una mirada a Sidney, la cuál evitó. El ambiente se volvió tenso y comencé a caminar, esperando que me siguieran, pero no lo hicieron.
—¿Entramos?—pregunté delante de ellas dos.
Había sido una semana dura y tenía ganas de beber y pasármelo bien. De olvidar.
—¿Tantas ganas tienes de emborracharte?
Sidney comenzó a caminar por el césped, demostrando una increíble agilidad con los tacones, que yo no tenía.
—¿Tú no?—pregunté divertida.
—Vaya par de borrachas estáis hechas—rió Abby detrás de nosotras—. Yo me quedo aquí a esperar a Ryan. Ahora nos vemos, chicas—sonrió.
Sidney y yo rodeamos la casa por el jardín hasta llegar al patio trasero, en el que no se distinguía el final y dónde solo se veían personas y más personas bailando alrededor de una piscina que era el centro de la fiesta, y que por el momento se mantenía vacía.
Nos acercamos hasta la barra, nos sentamos y disfrutamos de la primera copa de la noche. La gente no paraba de llegar y el ambiente iba mejorando. Llegó la segunda copa y algunas risas. Comenzaba a sentir que el alcohol hacía su efecto. Sidney se reía de todo, sobretodo de sus anteriores ligues y de sus aventuras con ellos. Y ellas.
—¿Sabes qué?—tomó el último sorbo de su copa y yo hice lo mismo—. Te reto a algo.
Levanté la ceja y sonreí.
—Lo que sea. Estoy dispuesta a todo—dije vacilando un poco mientras vaciaba un poco más mi vaso y el alcohol llegaba a mi estómago.
Levantó la mano y el camarero se acercó.
—Trae dos más. Y sé un poco más generoso—le lanzó una mirada seductora y deslizó dos billetes por la barra, que el chico se guardó en el bolsillo de las propinas.
—La última que se acabe la próxima copa, tiene que enrollarse con el primer tío que se encuentre—dijo riendo.
—Trato hecho.
Nos dimos la mano y Sidney asintió aún riendo. La idea le parecía divertida. Y a mí en aquel momento también. Entonces, llegó la tercera copa y comenzó el juego. Bebí tan rápido como pude. La garganta me quemaba. El camarero le había hecho caso a Sidney, era casi puro alcohol. Pasaron tres segundos y Sidney puso el vaso boca abajo en la barra, vencedora. Y un segundo después lo hice yo.
—¡Guau!—exclamó—. ¡Vaya velocidad!—se sorprendió—, pero sigues siendo demasiado lenta.
Me sequé la boca con la mano, con cuidado de no estropear mi maquillaje y parpadeé un par de veces, después de tambalearme al ponerme de pie. Sidney me condujo directamente a la pista de baile. Su cabellera rubia se movía por todas partes y su cuerpo seguía el ritmo de la música. No tardó ni un segundo en encontrar a alguien para mí.
—Catherine, te presento al que te ayudará a ganar la apuesta. Él es...
Señaló con la mirada detrás de mí, esperando a que el chico de sonrisa alegre e inocente se presentara. Pero al girar, me tropecé. Malditos tacones.
—Brandon—dijo cogiéndome, antes de caer al suelo—. Eres de las que empieza bien la noche, ¿no?
Era más alto que yo y tenía unos músculos bastante marcados. Me aferré fuerte a sus hombros para sostenerme y él me agarró por la cintura, rozando con sus dedos el límite que le iba a permitir tocar. Me miraba cómo si estuviera interesado en conocer algo más que mis labios. Y me sentí confusa. Mi primera impresión había sido buena, pero ni su disfraz de superhéroe, ni su sonrisa inocente, ocultaban sus verdaderas intenciones.
—Soy más de las que acaban bien la noche.
Ciñó sus dedos sobre mi cintura y vi la lujuría en sus ojos desconocidos. A pesar de eso, subí mis manos por su pecho, dibujando cada uno de sus impecables abdominales, siguiendo el ritmo de la música.
—Seguro que pasas una buena—sonrió y aprovechó para observarme más de cerca.
Apretó más mi cuerpo contra el suyo, pero el alcohol corría por mis venas, y solo quería bailar. Bailar y olvidar. Cerré los ojos y noté sus labios en los míos. Su lengua bailando con la mía. Y sus manos jugando con mi piel.
—Brandon—me reí ridículamente y sujeté sus hombros, manteniendo la distancia.—Un bonito nombre para olvidar.
Aparté la mirada de la suya incrédula y me pareció vislumbrar una silueta familiar entre todos aquellos rostros desconocidos. Estaba casi segura de haber visto a Justin y de volver a la sobriedad durante el segundo que nuestras miradas conectaron. Pero la realidad era que estaba borracha, y lo estaba por él, y no me era difícil creerme que solo era producto de mi imaginación. Me arreglé el pelo y volví con Sidney, que me miraba sorprendida y sonriente.
—En estos momentos, no aseguraría nada, pero juraría que dijiste una vez que no te gustaban las fiestas.
—Ya era hora de cambiar eso—suspiré. Por un momento me sentí nueva y rebelde, pero, ¿y si Justin lo había visto todo?—¡Necesito chupitos!—grité tambaleándome hacia el bar de nuevo.
Quería intentar vivir lo que surgía espontáneamente de mí. Y esa noche lo iba a poner en práctica.
El sexto chupito fue duro. Lo dejé vacío sobre la mesa al mismo tiempo que Sidney, y dejé que se asentara en mi estómago. Sentía ácido descender por mi garganta y el tacto de una mano tamborileando en mi hombro derecho.
—¡Buena fiesta, Lily!—dijo Sidney, apoyando la mano en su hombro.
Lily la miró con desprecio, curvando su boca en una sonrisa forzada. Por un momento, pensé que nos echaría de su casa. Pero no lo hizo, se sentó en el taburete, justo a mi lado, pidió otra ronda al camarero y dijo con el chupito en la mano:
—¡Por las reconciliaciones entre amigas!
Cogí el vaso lleno que casi rebosaba. ¿Reconciliación? ¿Cuando habíamos sido amigas? ¿Antes de que le rompiera la nariz o después? Todas esas dudas importaron poco, porque lo último que hice antes de irme lejos de allí fue brindar y asentir ante todas las palabras que soltó Lily en su discurso sobre nuestra nueva amistad.
Entré al baño, de la habitación de invitados, arrastrándome por la pared. Suspiré aliviada cuando vi que estaba sola. Juraría haber visto a Justin más de una vez, vigilándome, pero cuando volvía a mirar desaparecía y empecé a pensar que había bebido demasiado. Aunque fuese obvio cuando vi mi aspecto en el espejo. Tenía el pelo alborotado, los labios hinchados, los ojos rojos y el maquillaje no había aguantado en su sitio. La cabeza me daba vueltas, las piernas me temblaban por los tacones y mi estómago amenazaba con devolver todo lo que había tragado.
Abrí el grifo de agua fría y me mojé la nuca y la cara. Sentí el alivio al instante. Me apoyé en el lavabo y cerré los ojos. Después de estar tanto tiempo sin probar el alcohol, beber tanto en una noche no sentaba nada bien.
—Vaya, admito que me sorprendes.
Abrí los ojos y vi su reflejo junto a mí. Parpadeé. No era una ilusión, estaba allí detrás de mí. Sentía su aliento y su calor. Me giré hacia él. Estaba diferente. Se había cortado el pelo, lo llevaba más corto y despeinado de lo habitual y sus ojos brillaban, pero el color miel, que tanto había echado de menos, se había oscurecido. Me miró de arriba a abajo, desnudándome con la mirada.
Hundí mi cara en su pecho y me encerró entre sus brazos. Podía escuchar su corazón latir en mi oído y su respiración en mi cabeza.
—Te he echado de menos.
Cogió mi cara entre sus manos y la alzó hasta hacer coincidir mi mirada con la suya, trazando círculos con su pulgar en mi mejilla.
—¿Dónde has estado? Te llamé, te dejé mensajes, pero...
Me silenció con su dedo en mis labios.
—Eso ahora no importa. Te he visto ahí fuera y creo que no recordarías mucho al despertar.
Escondió un mechón de pelo detrás de mi oreja y sonrió. Con esa sonrisa torcida tan suya.
—Espera... ¿Cuánto tiempo llevas ahí fuera?—me mordí el labio inferior, recordando la apuesta con Sidney—. ¿Has visto...?
Asintió aún con esa sonrisa. En esos labios. Pero, no sé si por el alcohol que drenaba mi sangre, por saber que él estaba bien, o simplemente porqué lo necesitaba, me puse a llorar.
—Estás borracha.
Su sonrisa se ensanchó, haciéndome reír. Secó las lágrimas que descendían de mis ojos y besó una de ellas. Me sentía absurda. Absurdamente feliz.
—Estoy muy borracha—rectifiqué, casi balbuceando.
—Y yo te he echado mucho de menos—repitió, fijando sus ojos en mi boca.
Rozó sus labios con los míos, y no pude evitar sonreír. Subí mis manos hasta su cuello y acaricié su nuca. Entreabrió su boca y se separó unos centímetros. Me sujetó por la cintura y me apretó hacia él.
—Si vas a besarme, hazlo ya—susurré.
Se apartó un poco de mí, con una mirada desafiante. Le gustaba jugar. Y a mí me gustaba jugar con él.
—¿Y si no qué?—vaciló.
—Ven y averígualo.
Juntó su frente con la mía, intentando mantener las distancias, pero esa maldita sonrisa seguía en sus labios, desafiándome. No era capaz de controlar mis impulsos.
Me lancé a su boca y no tardó ni un segundo en recibirme. Dirigió su lengua directa a la mía, bailando y jugando con ella. Sonreí y me mordí el labio inferior. Me devolvió la sonrisa y volvió a mi boca. Me besó cómo si no hubiera un mañana y me apretó contra su cuerpo con fuerza. Rodeé su cintura con las piernas para atraerle más hacia mí. Su olor. Su sabor. Su respiración fuerte y profunda que chocaba contra la mía. Sus labios se movían de forma delicada y lenta. Pero la suavidad y delicadeza no entraban en mis planes aquella noche.
Bajó sus labios por mi cuello, mordisqueando y succionando piel aquí y allá. Me dejé llevar. Caminó fuera del baño y me tumbó en la cama de invitados. Bajé mis manos hasta la costura de su camiseta y se la quité con un rápido movimiento. Situé mis labios de nuevo justo sobre los suyos, le sonreí y me puse sobre él. Me apretó por las caderas a la vez que subía las suyas.
—¿Qué tal todo por ahí abajo?—dije manteniendo su boca a milímetros de la mía recuperando la respiración.
—Eres tú la culpable—susurró, y escuché su sonrisa.
Y a partir de aquel momento, me perdí en el deseo y las ansias por sentirlo. Necesitaba notarlo dentro. Y lo deseaba ya.
La presión y el roce ininterrumpido de su erección me excitó hasta tal punto que solté un gemido. Alcé un poco mis caderas hasta que lo sentí justo donde quería. Y llevó sus manos hasta la cremallera del disfraz, pero se detuvo ahí.
—Hazlo—musité contra sus labios.
—No podré parar—dijo, y me miró a los ojos.
—Hazlo, por favor.
Succioné su cuello, propinando pequeños mordiscos que le hacían estremecer.
—Estás borracha, Cath.
—Por favor—repetí.
Y lo hizo. Bajó la cremallera y me quedé en sujetador. Pero tardó poco, porque un segundo más tarde me deshice de él. Justin me observó durante unos segundos, me atrajo hasta él delicadamente y me besó los labios con dulzura.
—Eres preciosa.
Cogió las riendas y se puso sobre mí. Apartó una mano de mis caderas y me recorrió el vientre lentamente, dejando besos, antes de acariciarme uno de los pechos. Subió hasta mi cuello, mordiendo y probando cada centímetro de mi piel. Bajó desde mi clavícula hasta mi pecho y mientras masajeaba uno con una mano, jugueteaba con el otro con su lengua. Sus labios se aferraban a mi piel con suavidad, pero me succionó con más fuerza cuando dejé escapar un gemido y le clavé las uñas en la espalda. Creía que me iba a correr.
Me miró fijamente a los ojos y me besó. Pero fue un beso diferente. Ni siquiera se parecía lo más mínimo a los demás. Tal vez era por el alcohol, porque ya no sabía diferenciar mis fantasías de la realidad, pero sentí que me transmitía con sus labios todo lo que no se atrevía a pronunciar.
—Me encantas—sonreí—. Dios—me besó. Se separó de mí. Y me besó de nuevo—. Me gustas tanto, Catherine Blair.
Y sus ojos brillaban mientras me miraban con deseo, y con amor, y yo sentía que me perdía. Y que por él caía en un bucle vicioso, del que solo él me podía salvar. Contradictorio, ¿verdad?
—Repítelo.
—Que me vuelves loco, Catherine Blair.
Y era contradictorio. Sí. Pero, ¿qué es el amor si no absurdas ideas y sentimientos contradictorios que se combinan y se perfeccionan entre sí?
Vale. Podéis pegarme e incluso matarme. He tardado casi un siglo en subir capítulo, pero me ha sido imposible escribir entre exámenes, trabajos, fiestas, motivos personales, etc... Aunque por fin, meses después, puedo subir un capítulo nuevo. Quería disculparme también por borrar todas las entradas de mi blog sin avisar. Lo hice en un arrebato cuando me di cuenta de que varias páginas habían copiado mi novela, atribuyéndose mi esfuerzo y mi trabajo de escribirla. Pero bueno, me he encargado de solucionar eso y espero, y os pido, que no copiéis lo que hay en este blog. En el caso de que queráis poner la novela en vuestra web o casos parecidos, consultármelo primero, por favor.
Y no sé si os habéis fijado pero esta vez me he pasado un poco más con el contenido sexual y voy a seguir haciéndolo, por lo que me gustaría ver vuestra reacción y leer vuestras opiniones, respecto a eso y al capítulo.
Así que decidme que os ha parecido por Twitter (@Myinfinitelove) o dejadme los comentarios aquí abajo. Mil gracias por seguir ahí. ¡Un beso! ¡Y nos leemos pronto!
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kashaksjaksh me encanta, cielo:) escribes muy muy muy muy muy bien, enserio
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