Apagué el despertador estirando la mano perezosamente. Me pesaba el cuerpo y las sábanas, enredadas en mis piernas, no ayudaban nada, por lo que me encontraba encogida, buscando el calor. No recordaba que las mañanas anteriores fueran tan frías.
El despertador sonó de nuevo; lo hacía cada cinco minutos. Bufé. No quería levantarme. No podía hacerlo. Me giré hacia el reloj y abrí un ojo. Marcaba las 6:12 y las clases comenzaban a las 7. Aun tenía tiempo. Y me habría quedado durmiendo de no ser por mi madre, que insistiendo desde el otro lado de la puerta y sacándome a la fuerza de la cama, me obligó a levantarme.
—Por el amor de Dios, Catherine—bufó, me tapé con la sábana por encima de la cabeza por tercera vez—, a veces parece mentira que tengas 17 años, hija. Te comportas como una niña pequeña—añadió.
—¿Nunca has tenido una mala noche?—pregunté, hablándole por primera vez a mi madre, con los ojos cerrados—. Necesito dormir—hundí la cara en la almohada.
—Déjate de tonterías y levántate o llegarás tarde. Y sabes que a tú padre no le gusta esperar—siempre tenía que recordármelo. Entró en el baño y recogió la ropa sucia que me quité después de ducharme la noche anterior. Entre ellas mi camiseta llena de sangre y la sudadera de Justin.
—Lo sé. Por eso mismo no me voy a ir con él.
Recordé que Will se había ofrecido a llevarme a clases por las mañanas, después de que el tema de conversación fuera la relación que mantenía con mi padre, que no había mejorado nada.
—¿Ah, no?—se sorprendió, girándose hacia mí en la puerta del baño.
—No—me levanté, después de soltar un largo suspiro, y me acerqué a ella.—Me llevará Will—apareció una sonrisa en sus labios—. Y esta sudadera no te la lleves, que se la tengo que devolver a Sidney.
La cogí. Era la de Justin. Y olía a su perfume. Solo podía pensar en él. En lo que habría dado por repetir un buenos días de la mañana anterior... O por simplemente saber que se repetiría algún día.
—¿Sidney utiliza ropa de hombre?—levantó el ceño y me miró, después de observar la sudadera que tenía entre mis manos y la sonrisa tonta que yo mostraba.
—Sí—dije después de dudar unos segudos—. Es muy cómoda, deberías probarlo algún día.
Mi madre rodó los ojos hacia un lado y caminó hasta la puerta.
—Por cierto, ¿cómo llevas la ceja?—preguntó dando la vuelta.
Me llevé la mano a la herida. Ya ni siquiera recordaba que estaba ahí, pero al rozar el moratón, tuve la sensación de que había empeorado.
—Bien—afirmé con una media sonrisa.
—De verdad, aun no sé como pudiste llegar a hacértelo.
—Tuve la mala suerte de encontrarme detrás de la puerta justo cuando la abrieron—expliqué nerviosa.
—Seguro que fue eso—dijo no muy convencida—. Ahora le diré a tu padre lo de Will.
Asentí y desapareció por la puerta. Miré la sudadera de Justin. Me había pasado la noche deseando que apareciera por la ventana y se tumbara a mi lado. Incluso me pareció verlo detrás del cristal. Pero ni vino para calmarme, ni yo fui capaz de llamarle para que lo hiciera. Si iba a alejarme de él, quería hacerlo bien desde el principio. Y visto que eso era lo que él esperaba que yo decidiera y lo que a mí me convenía, prefería mantener las distancias hasta que tomara una decisión segura o él apareciera para quedarse.
Todo pasó bastante rápido hasta el momento en el que Will vino a recogerme. Tras quedarme embobada pensando en mi vida y montando historias en mi cabeza, apenas me quedaron veinte minutos para prepararme. Me puse el uniforme, me lavé la cara y los dientes, y no pude evitar fijarme en mis ojeras; eran oscuras y enormes. Cogí el maquillaje que Sidney me había regalado después de la pelea con Lily, para disimular las heridas, y cubrí las ojeras, tapando también el golpe de la ceja. Cepillé mi melena, y satisfecha con el resultado, cogí la mochila con los libros y bajé a la cocina.
Jospeh estaba cortando algunas frutas de temporada, pendiente del horno en el que parecía tener galletas, por el olor. Mi madre, sentada en la mesa central, rodeaba la taza de té humeante con sus manos, entrando en calor. Y mi padre, sentado frente a mi madre, leía el periódico del día mientras se bebía un café como cada mañana.
—Por fin te has levantado, cariño—dijo mi madre recibiéndome con una sonrisa.
Mi padre alzó los ojos del papel unos segundos y tomó un sorbo de café.
—Joseph, prepárale el desayuno a Catherine.
Él asintió, acabando de servir las frutas acompañadas con yogur, leche y cereales en una bandeja. Siempre parecía que cocinaba para diez más de los que éramos.
—No, no te preocupes, Joseph. Me voy ya a clases.
—¿Está segura, señorita?—preguntó algo preocupado. Tal vez veía en mi cara que algo no iba bien.
—Sí—asentí.—Pero gracias Joseph.
Entonces mi padre bajó el periódico, lo cerró y lo dejó sobre la mesa.
—Me ha dicho tu madre que te lleva Will al instituto.
—Sí—contesté incómoda.
Mi madre bebió el primer sorbo de su té consciente la incomodidad del momento. Tanto ella como yo, sabíamos que esa sería una de las pocas palabras que nos dirigiríamos en el día.
—Bueno, —comencé yo—creo que será mejor que me vaya. Will debe estar esperándome.
Le sonreí a mi madre y a mi padre, aunque él no estaba muy pendiente de mí.
—Adiós, cariño.
Me acerqué a mi madre y le di un beso en la mejilla. Miré a mi padre, despidiéndome con la mirada.
—Nos veremos por los pasillos—recordó mi padre.
Yo asentí, presionando los labios en el amago de una sonrisa y desaparecí por la puerta después de compartir una mirada con Joseph. Al salir al jardín, un aire frío rozó mi piel, haciéndome estremecer. Crucé los brazos en mi pecho y vi el que supuse que era el coche de Will. Me acerqué a paso ligero y le saludé a través de la ventanilla.
—Buenos días, Cat—me saludó con una cálida sonrisa al sentarme en el asiento de copiloto.
—Buenos días, Will—respondí a la vez que me abrochaba el cinturón y dejaba la mochila entre mis piernas, después de cerrar la puerta y empezar a sentir el calor del vehículo. Me giré hacia él y le sonreí.
—¿Cómo estás?—dijo encendiendo el motor del coche que empezo a rugir—. Te veo cansada.
—No he descansado mucho, la verdad—admití.
—¿Y eso?—preguntó preocupado.
Sueño con un tío que me ha intentado violar varias veces, con el asesinato de mi hermano y con la ex-novia no-muerta del chico que me gusta, pensé. Pero solo dije:
—Supongo que el estrés de los exámenes. Nada serio.
Curvé mis labios en una sonrisa y miré hacia la ventanilla. Inevitablemente, comencé a pensar en Sophie y Justin. ¿Era posible que ella siguiera viva si Justin dijo que había visto su tumba? ¿A quién había mentido James? ¿A Justin, para que se concentrara en su trabajo y dejara a un lado su obsesión por encontrar a Sophie? ¿O a mí, para que traicionara a Justin?
—¿Que has hecho este fin de semana?—preguntó sacándome de mis pensamientos.
—Nada emocionante—mentí.—He estado en mi casa. Ya sabes, sigo castigada por la pelea con Lily.
—Ya—dijo cortante.
Esa excusa la había utilizado como cinco veces durante las dos semanas pasadas, aunque fuera verdad, para ocultar que me veía con Justin cada tarde en mi casa. Y empezaba a dudar de que tuviera algo de credibilidad.
Pasaron unos segundos silenciosos. Le miré disimuladamente. Estaba concentrado en la carretera, pero leí en su rostro que quería decir algo. Abrió la boca, pero la cerró al instante. Entonces, comencé a pensar en un tema de conversación, para romper la incomodidad del momento, pero él se me adelantó.
—Te vi el sábado con Justin.
El corazón me empezó a latir rápido. Abrí la boca para excusarme, pero todo lo que dije fue:
—¿El sábado?
—Sí—asintió, sujetando el volante con más fuerza—. Estoy seguro de que eras tú, no te molestes en pensar excusas.
No lo dijo cómo si estuviera molesto. Es más, parecía que incluso bromeaba, sin darle demasiada importancia al asunto. Tenía una ligera curva en sus labios que no supe clasificar en la lista de cosas positivas o negativas.
Al ver que llevaba razón, cuando yo no dije nada, añadió:
—Fui sobre las 12:30 de la mañana a tu casa para llevarte a comer fuera. Sabía que estabas castigada, pero pensé que si le suplicaba a tu padre, y veía que venías conmigo, accedería a dejarte venir y podrías salir, después de estar dos semanas en tu casa—hizo una pausa—. Pero vi a Justin bajar por tu ventana y a ti saliendo por la puerta principal y montándote en su coche, por lo que supongo que se me adelantó y que saliste con él a escondidas, ¿no?
—Sí...—admití.—Lo siento Will. Si hubiera sabido que vendrías yo...
—Cat, no estoy enfadado. Eres libre de hacer lo que quieras, por eso mismo me preocupo por ti. Sabes que no me fío ni un pelo de Justin y lo único que no quiero es que te haga daño.
—Él no me haría daño. Sé cómo es. No me haría daño—repetí.
—Créetelo si quieres. Yo sigo sin fiarme. Estoy seguro de que ya te ha hecho más daño del que reconocerías.
Miré hacia la ventana de nuevo y cerré los ojos. Seguramente, este era el tema del que menos me apatecía hablar justo en ese momento. Tal vez porque sabía que tenía razón, aunque no estaba segura de si podría considerar que él me había hecho daño... ¿Nada de lo que me había pasado desde que le conocí era su culpa, no? ¿O solo intentaba convencerme de que así era?
Pasaron unos minutos y llegamos al instituto. Estacionó el coche en el aparcamiento y se dejó caer hacia atrás en el asiento. El silencio se hizo aun más intenso con la ausencia del rugido del motor. Aun más incómodo, si eso era posible.
—No entiendo porqué estás con él.
—No estamos juntos, Will. Somos amigos—aclaré.
—¿Y qué hace un tío como él siendo amigo de alguien como tú?—me miró serio—. ¿Qué te proporciona él? ¿Peligro? ¿Problemas? ¿Mentiras? ¿Eso es lo que quieres?
Su tono se intensificó y su voz cobró fuerza. Comenzó a sonar enfadado y a soltar en palabras la rabia que seguramente llevaba dentro desde hacía tiempo. Me sentí culpable.
—Te estás equivocando con él, Will—me mantuve serena y miré hacia delante, evitando su mirada—. Las apariencias engañan.
—¿Eres capaz de defenderle?—soltó una carcajada.—He estado tiempo aguantando esto Catherine, pero ya no puedo más. Llevo tiempo siendo el bueno, intentando estar ahí cuando me necesitaras, y no quiero pagarlo contigo, pero...—parecía estar buscando las palabras apropiadas para explicarse sin ofenderme—. Te está cambiando.
—No me conoces desde hace tanto tiempo como para saber si he cambiado o no—recogí la mochilla de mis pies.
—Cuando te conocí no pensé que fueras capaz de pelearte con alguien como Lily por un tío—dijo cuando abrí la puerta—. Menos por alguien como Justin.
Cerré el coche con fuerza. Salí de allí y comencé a caminar, pero me alcanzó y se puso delante de mí.
—No quiero enfadarme contigo, Cat—aclaró—. Solo dejar las cosas claras. ¿Tan malo es hablar?
—Hablar de esto sí—mostré mi enfado y moví mis piernas hacia el instituto de nuevo.
—¿Pero por qué te ofendes cuando el único ofendido debería ser yo por dártelo todo y no recibir nada?—gritó.
Me paré. Tenía razón. Me estaba comportando como una niña pequeña, solo porque me molestaba lo que me decían. La pura verdad.
Di media vuelta y me acerqué hacia Will, a unos metros de su coche, con paso indeciso.
—Lo siento de veras, Will—bajé la cabeza, pensando en cómo disculparme—. Siento no ser cómo a ti te gustaría. Sé que estoy cambiando, pero reconozco que no me disgusta no ser siempre la hija y alumna ejemplar que conociste el primer día. Es más, creo que es lo que me hace falta para superar todo lo de mi hermano. Cambiar mi vida, cambiarme a mí—esperé su respuesta, pero solo suspiró—. No sé si me explico...
—Te entiendo. De verdad que lo hago. Pero no soy partidario de que pongas en peligro tu vida para superar la muerte de otra.
Nuestras miradas conectaron por un segundo. Fue una sensación rara. Fue cómo si lo necesitara, cómo si fuera lo único que me quedara y me tuviera que asegurar de cuidarlo bien y mantenerlo conmigo. Y cómo si me leyera el pensamiento, me acercó hasta sus brazos y me rodeó con ellos.
—¿Sabes que estaré aquí siempre, verdad?—susurró en mi oído—. Seas quién decidas ser.
—Lo sé—sonreí—. Por eso te necesito conmigo.
Me separé de él.
—No sé qué haría sin ti—dije intentando agradecerle todo lo que hacía por mí.
—Librarte de un tío pesado que no hace más que perseguirte para intentar salir contigo.
Le pegué con el puño en el pecho.
—Sabes que eres más que eso.
Guiándome por la gente que se acumulaba en la entrada, no quedarían más de cinco minutos para que comenzara la primera clase. Entonces, vi entre la multitud alguien que me observaba desde uno de los árboles que decoraban la entrada. Su atuendo era totalmente negro, no parecía mucho más mayor que yo, pero sí lo suficiente como para no asistir a clase. Y aunque estaba lejos de dónde yo me encontraba, aseguraría que me miraba fijamente. Y que era Peter.
—Lo sé.
Volví la mirada hacia él, distraída. Me mostró una sonrisa insatisfecha. Y sabía qué significaba. Era algo más para mí que alguien que me perseguía con el fin de intentar algo conmigo, pero se quedaba en la zona de amigos y eso le dolía. Pero yo no podía prestar demasiada atención a Will mientras sentía la intensa mirada de aquel tipo de negro fija en mí.
—Bueno...—comenzó Will. La conversación se había vuelto incómoda—. ¿Te veo después de Economía?—preguntó comenzando a caminar
—¿Y eso cuando es?—entrecerré los ojos obligando a mi mente cansada a pensar, siguiendo su paso e intentando distraerme.
—Primera hora—dijo sonriendo ante mi descuido—. Yo tengo Geografía y después nos vemos en Biología.
Volví a mirar hacia el árbol, pero no había nada ni nadie vestido de negro. Miré a mi alrededor. Ni rastro del chico que me observaba.
—¿Estás bien?—preguntó Will. Noté su mano en mi espalda, como si me sujetara de una caída.
—Todo bien. Gracias por recordármelo.
—Es verdad—sonrió orgulloso—. No sé qué harías sin mí.
—La próxima vez recuérdame que no te diga nada.
—Hecho—me sonrió.— Ahora me tengo que ir. Necesito hablar con la profesora de Geografía y si no voy pronto, no podré hacerlo.
—Vale, luego nos vemos.
Me dio un beso en la mejilla y desapareció. Volví a sentirme observada y se me erizó el vello de cada centímetro de piel. Caminé hacia el instituto actuando como si nada. Fingí no sentir nervios, pero la realidad era que estaba tensa y con los cinco sentidos activados. La densidad de cuerpos a mi alrededor aumentaba por segundos y yo no hacía más que buscar cualquier persona totalmente de negro. Pero no encontré a nadie y empezaba a pensar que había sido una ilusión de mi subconsciente, que convertía las pesadillas en realidad.
Pasé las puertas del instituto y conseguí sentirme un poco más segura. Me dirigía a mi taquilla cuando noté cómo me arrastraban del uniforme al cuarto de limpieza.
—Gracias a Dios que estás viva, ¿se puede saber en qué líos te estás metiendo?
Me encontré a Sidney enfrente a mí, enfadada y con las manos en sus caderas, adoptando una posición dominante. Hoy había optado por dejar su melena rubia suelta y ligeramente ondulada, y solo se había puesto un poco de rímmel.
Nos rodeaban productos químicos para la limpieza, escobas, fregonas y rollos de papel higiénico, todo ordenado en estanterías de metal, iluminadas por una leve y única luz en el centro del cuarto.
—¿Estás bien? Pareces un poco pálida—agregó, acercándose para observarme mejor.
—¡Me has dado un susto de muerte!—grité.
Mi corazón aun no se había recuperado y podía escuchar como retumbaba en mi cabeza. Me llevé la mano al pecho y recuperé la respiración. Me tranquilizaba pensar que había sido Sidney la que me había encerrado en aquel cuarto y no el tipo de negro, que podía ser Peter.
—¡No evites mi pregunta!—gritó entonces ella—. ¿Qué te pensabas que hacías con Justin el sábado? ¡Encima por la noche! —añadió con las manos en el aire.—¿Y por qué me tuvo que llamar él? ¿Por qué no lo hiciste tú?
—Yo estaba durmiendo.
Crucé los brazos en posición defensiva. Me estaba acusando de algo que no había hecho. Al menos que era parcialmente cierto. No habíamos llegado a hacer nada de lo que ella pensara.
—¿Te quedaste exhausta después del polvo, no?
—¡Sidney!—exclamé. Sentí cómo la sangre subía hasta mis mejillas—. No pasó nada.
—Oh, cariño—negó con la cabeza y también cruzó los brazos en su pecho, pero dejando caer todo el peso en su cadera—, los chicos como él están hechos para hacernos cantar el do de pecho.
—¡Sidney!—repetí de nuevo, más fuerte que la última vez, pero seguramente menos que la próxima.—No te miento cuando te digo que no pasó nada. Me invitó a comer, después fuimos a su casa y pasó algo que me obligó a tener que quedarme en su casa por la noche—aclaré.—Pero él durmió en el sofá y yo en su cama toda la noche—mentí.
No dijo nada. Sus ojos entrecerrados me estudiaban, como si quisiera sonsacarme algo más.
—Además, ¿qué más da si lo hubiera hecho?—pregunté.—¿No eras tú la que apoyabas mi relación con...?
—Entonces, ¿ya no eres virgen?—me interrumpió.
—¿Qué?—pregunté indignada. Negué con la cabeza—. ¡No! Quiero decir... ¡sí!
Cerré los ojos y cogí aire. Ella dejó escapar una risita que alteró mis nervios.
—Sé reconocer quién y quién no es virgen, pero tranquila tu secreto está a salvo conmigo—me guiñó el ojo derecho.
—¡No cambies de tema!—exclamé. Mi paciencia se acababa—. ¿No se supone que tú aceptabas lo mío con Justin?—pregunté confusa.
—Por supuesto que sí—afirmó como si fuera obvio—. Pero me empecé a preocupar cuando recibí una llamada desde tu móvil a la una de la mañana, que resultó ser Justin, diciéndome que te cubriera, si me llamaban tus padres, y dijera que estabas en mi casa, cuando no estabas allí. ¡Ni siquiera yo lo estaba!—gritó alterada.
—Te doy las gracias por cubrirme y por preocuparte, pero estoy bien—di una vuelta completa, con las manos alzada—. Sana y salva—confirmé—. ¿Contenta?
—Más tranquila, pero no del todo—suspiró.
—Y por favor no le digas nada a nadie.
—Mira Cat, no sé en qué líos os metéis, pero hasta él sonó preocupado cuando me llamó y si él estaba preocupado, mejor será que dejes...
Sabía lo que iba a decir, pero no la dejé terminar. Estaba cansada de escuchar lo mismo día tras día.
—Gracias por preocuparte, Sidney. Pero estoy bien y no voy a dejar nada—fingí una medio sonrisa, que escondía mi enfado, y salí de aquel cuarto.
Los pasillos estaban vacíos. Miré el reloj en mi muñeca; las clases habían empezado hacia tres minutos. Genial. La primera clase de la semana y llegaba tarde. Caminé rápido hacia mi taquilla, necesitaba el libro de Economía, pero antes de llegar, escuché unos pasos detrás de mí. Me giré. No había nadie en el pasillo excepto yo.
—¿Sidney?—pregunté algo asustada—. ¿Eres tú?
Seguí hacia delante. Pero las piernas me temblaban y, a pesar de solo escuchar mi respiración, podía sentir la presencia de alguien más. Llegué a mi taquilla y me costó unos instantes recordar la combinación, pero al segundo de hacerlo, cogí el libro, cerré la puerta metálica y eché a correr por el pasillo.
Entonces, vi una sombra delante de mí por un instante y me paré en seco. Desapareció, pero yo retrocedí unos pasos y miré alrededor. Había una puerta en mi izquierda que llevaba un cartel colgado con una ventosa en la pequeña ventanita, dónde claramente se leía: PRIVADO. NO ENTRAR., pero entré sin pensarlo dos veces, agradeciendo que estuviera abierta. Cerré con cuidado de no hacer mucho ruido y retrocedí hasta el rincón más lejano y escondido de la habitación, dónde me acurruqué, encerrándome entre mis piernas.
Conseguí sentirme un poco más segura, pero mi corazón seguía latiendo con fuerza, amenazando con salirse del pecho con cada pulsación. Mantuve la calma, o al menos lo intenté. Porque tenía la sensación de que si hacía el menor ruido, quién quiera que estuviera fuera lo escucharía y eso me aterrorizaba. Ser encontrada.
Pasaron unos segundos y, aparte del silencio, no parecía haber nada más al otro lado de la puerta. Me levanté y me acerqué lentamente, cuando la misma sombra negra pasó por delante de ella. Me llevé las manos a la boca ahogando un grito. Se paró frente a la puerta, sigiloso y cuidadoso. Observé la habitación; estanterías con archivos y una mesa en el centro de ella. Arrastré esta última hasta la puerta, lo más rápido que pude. Pude ver cómo llevó la mano hasta el pomo y cómo lo giraba lentamente, haciéndolo rodar mientras yo negaba con la cabeza aterrorizada.
La mesa dificultó que abriera la puerta, pero no fue suficiente. Una rendija de luz se coló hacia el cuarto y podía escuchar los jadeos del que intentaba llegar hasta mí. Así que cogí los archivos de las estanterías, los libros y todo lo que encontré que pudiera pesar, y lo tiré encima de la mesa, lo más rápido que pude.
De repente la sombra se quedó inmóvil, como si pudiera verme desde el otro lado del cristal opaco y me observara detenidamente. Retrocedí hasta el rincón, dónde ya me había escondido, y me agaché, rodeando mis piernas con los brazos. Tenía miedo. Y solo podía pensar en Justin. En que me sacara de allí.
Cerré los ojos. Quise convencerme de que era una ilusión, pero supe que no lo era cuando escuché cómo se cerraba la puerta delante de mí. Con llave. Alcé la vista. No había nada, ni nadie en la puerta, pero encontré una nota en el suelo, justo delante de mis pies. La cogí, pero la luz era tan leve que no pude leerla. Saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta del uniforme, iluminé el papel y lo leí: PARECE QUE TENDRÁS QUE VOLVER A GRITAR PARA QUE TE SAQUEN DE AHÍ. TE VEO PRONTO, MUÑECA.
Pensé en Peter, también en James. Sabía que se refería a repetir lo del sábado. A lo mucho que grité para que me sacaran de allí, pidiendo ayuda y que me dejaran salir. Por lo que las opciones se reducían a ellos dos. Y descartando que James no se encargaba del trabajo sucio y tampoco parecía el chico que me había estado persiguiendo, solo quedó Peter. Lo que me hizo pensar en que tal vez todas las notas fueran suyas, incluso que hubiera podido matar a Matt... ¿O tal vez ya estaba delirando?
Decidí dejar las hipótesis para otro momento y concentrarme en salir de allí. Al principio dudé en pedir auxhilio, Peter, o quién fuera, podía seguir detrás de la puerta. Pero después de algunos minutos y de retirar la mesa, los archivos y libros, grité en busca de ayuda. Golpeé la puerta numerosas veces con mis manos, e incluso pies. Intenté forzar la cerradura con clips que había sobre la mesa, pero no dio resultado.
—¡Ayuda, por favor!—grité después de golpear la puerta tres veces más—. ¡Estoy encerrada! ¿Hay alguien?—pregunté lo más alto que pude, perdiendo las esperanzas.
Tarde o temprano, saldría de allí. Quedaban aún cerca de 50 minutos de clase, pero estaba empezando a sentir claustrofobia de estar en aquel lugar y necesitaba salir.
—¡Por favor!—grité desesperada.
Entonces escuché pasos por el pasillo, que aceleraban el ritmo mientras se acercaban a la puerta y suspiré. No pude ver quién era, pero tenía llaves y estaba girando la cerradura. Finalmente, después de unos instantes interminables, la puerta se abrió y Sam, me sorprendió al otro lado de la puerta. Estaba sorprendido y preocupado, mirádome de arriba a abajo cómo si acabara de ver a un fantasma. Y me abalancé sobre sus brazos.
—¡Gracias, gracias, gracias, Sam!—repetí.
Me separé de él antes de que incluso pudiera rodearme con sus brazos e inspeccioné los dos lados del pasillo.
—¿Qué hacías ahí?—se asomó por encima de mi hombro observando el cuarto.—¿Qué te ha pasado?
—Sé que va a sonar obsesivo y paranoico pero alguien me estaba persiguiendo, me entró un poco de miedo y cuando me metí aquí para distraer al que iba detrás de mí, me encerró—resumí rápidamente lo que me había pasado.
—Está bien...—dijo procesando todo lo que había dicho en dos segundos—. ¿Has visto quién era?
—Solo sé que era un hombre y que iba completamente vestido de negro.
—¿No sabrías decir si era del instituto?
—No le he visto la cara, pero por su apariencia diría que tenía demasiada edad para estar aquí.
Pensó durante unos segundos, aun abrumado por la situación.
—Lo mejor será decírselo a tu padre—comenzó a caminar hacia su despacho.
Le alcancé y cogí su brazo, haciéndole girar hacia mí.
—No—negué con la cabeza. —No le quiero decir nada a él.
—Catherine, puedo entender que no te lleves bien con él y que no te apetezca contarle al final del día, todo lo que has hecho, pero si estás en peligro, deberías avisarle.
—¡No estoy en peligro!—grité.
Me miró sorprendido, no se esperaba que yo contestara así. Él solo se preocupaba por mí. Como parecía que hoy todo el mundo hacía.
Me senté en el suelo y apoyé la cabeza en la pared. Dejé salir un largo suspiro. Y me disculpé.
—Lo siento.
Sam se sentó a mi lado, dispuesto a escuchar mi disculpa.
—No he tenido un buen día—indiqué.
—Acabamos de empezarlo—replicó.
—Pues imagínate.
—Aún tienes la oportunidad de acabarlo bien.
—Lo dudo. No he hecho más que discutir con la gente. Creo que lo mejor que me ha pasado ha sido estar encerrada en esa habitación durante algunos minutos. Sin nadie—aclaré.
—¿Quieres hablarlo? ¿O prefieres estar sola?
Giré la cabeza hacia él. Siempre había sido muy amable y generoso conmigo. Pero solo conmigo. Tal vez por ser la hija de su jefe. O porqué había segundas intenciones en sus palabras.
—¿Por qué te comportas tan bien conmigo?—pregunté medio sonriente—. ¿Por mi padre?
—¿Por tu padre?—me preguntó como si fuera una posibilidad remota—. No—negó con una sonrisa divertida—, creo que es parte de mi trabajo preocuparme por mis alumnos.
—¿Tanto?—dije yo.
—¿Me implico demasiado?
—Eres demasiado bueno—admití—. Siempre has sabido cómo ayudarme.
—Entonces, ¿me vas a dar el placer de dejarme ayudarte una vez más?
—Si lo dices así, no voy a poder decir que no.
Soltó una pequeña carcajada y se levantó de mi lado.
—Antes de nada, vamos a un sitio más cómodo, por favor.
Continua... (leer parte 2)
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