domingo, 17 de noviembre de 2013

Arriésgate conmigo: {34, 35 y 36}.

La velocidad del coche aumentaba por segundos. Mi miedo lo hacía el triple de rápido. Y mi corazón latía mil veces por segundo. Necesitaba salir de aquel coche. Sentía que no podía respirar. Y las lágrimas que caían de mis ojos, no ayudaban en nada. 

—Muñeca, límpiate la cara. James no puede verte así. 
—¿James?

Apareció una pequeña sonrisa en sus labios. No apartaba la vista de la carretera y mantenía las manos fijas en el volante. 

—¿De verdad creías que iba a contestar todas tus estúpidas preguntas? —soltó una risita con la que me estremecí.—Tenía entendido que no eras tan ingenua. 

Me agarré al asiento y cerré los ojos con fuerza. Necesitaba aferrarme a algo e intentar tranquilizarme. Pero el nudo en mi garganta crecía por momentos y tenía la sensación de que me ahogaba. Era como estar viviendo una pesadilla en la que por más que luchas por correr, tus piernas no responden. Y por más que intentas gritar, el silencio es lo único que consigue salir de tu garganta.

No era capaz de moverme. 

—Preciosa, te lo digo en serio. Cómo no dejes de llorar James pensará que te he hecho daño y ni siquiera podía tocarte. Órdenes del jefe. Así que ya puedes secarte las lágrimas... 

Soltó el volante y llevó una de sus manos hacia mí. Yo me aparté tanto cómo pude, pero eso no le impidió cogerme la cara con fuerza y acercarme a él mientras me secaba las lágrimas con el pulgar.

Parecía feliz y me trataba como si fuera un pedido que tenía que entregar en perfectas condiciones. Se comportaba como si estuviera orgulloso de sí mismo por tenerme a mí. Y yo no podía parar de preguntarme quién era James. Y a dónde iba. Y por qué yo. Justamente yo.

—Y sobre todo sonríe. No le gustan las chicas serias.

Hablaba cómo si tuviera que sorprenderle. Como si fuera un concurso que tuviera que ganar o yo fuera el cambio para algún tipo de recompensa.

Me acarició la mejilla y le aparté la cara. Tensó su mandíbula y volvió la mano hacia el volante. 

—¿Quién es James?—soné seria y fui capaz de mantener el tono de mi voz.
—Tranquila, en unos minutos tú solita responderás la pregunta.
—Justin no dejará que me hagas daño.

Hizo una mueca y aceleró la velocidad.

—¿Acaso lo ves por aquí para impedirlo?

Entrecerró los ojos mirando hacia la carretera y aumentó su sonrisa. Podía ver que había algo más en su mirada. Algo que no me daba un buen presentimiento.

—¿Qué quieres decir?
—Solo te diré que sus intenciones no son muy distintas a las mías. ¿Acaso sabes de qué bando está?

Una ola de sentimientos me hizo estremecer. La confusión me abrumaba hasta tal punto que me habría costado decir cuál era mi nombre sin dudar. Tenía demasiadas preguntas, pero el nudo en mi garganta me ahogaba cada vez más y me impedía hablar.

—Estás tan acostumbrada a que Justin desaparezca después de una llamada que no te sorprende, ¿verdad?

Había un doble sentido en todas sus palabras y no conseguía acabar de entenderle. Hablaba en clave y mi paciencia se estaba agotando.

—¿Qué tiene que ver la llamada? ¿Quién le llamo?—dije con un hilo de voz, asustada.
—La pregunta no es quién, sino para qué.
—¿Entonces para qué le llamaron?

Estaba desesperada. Necesitaba una respuesta. Alguna explicación coherente que me hiciera entender todo lo que estaba pasando. O al menos una mínima parte para no sentirme tan desorientada.

—¿Sabes qué, preciosa? Mejor que te lo explique él. 

No fui consciente hasta aquel momento de que nos habíamos adentrado en un bosque de árboles muy altos y nos encontrábamos frente un edificio que me era extrañamente familiar. Era como si aquella no fuera la primera vez que lo veía. Como si hubiera estado antes allí. Tal vez era un simple déjà vu, pero la sensación que sentía, me obligaba a recordar...

—¿Te gusta?—preguntó Justin.
—Es precioso—dije aun admirando la naturaleza que nos rodeaba. —Nunca había visto algo así.
—Pues aquí lo tienes—añadió sonriendo.
—¿Cómo encontraste esto?—desvié por un momento la mirada hacia él. —Es impresionante.

Me miró, haciéndome saber que me había escuchado y se encogió de hombros. Estábamos algo alejados. Dos metros, tal vez.

—Fue por casualidad, supongo. Un día cogí la moto y comencé a conducir, sin importarme dónde iba. Primero encontré el bosque, al principio pensé que podía perderme, pero me daba igual. Así que seguí conduciendo y acabé aquí. 
—Tuviste suerte.
—La tuve—volvió la mirada hacia el paisaje.
—¿Y el edificio que había un poco más atrás? ¿Qué es?—pregunté aún con la mirada fija en él.

Su mandíbula se tensó y entrecerró sus ojos después de pasar la lengua por sus labios para humedecerlos, girándose hacia mí. 

—Un edificio cualquiera, no debería importarte—contestó borde.

Intenté preguntar de nuevo. Con el tono más amable y tranquilo posible.

—Pero, ¿nunca te has preguntado que hace ahí? ¿En medio de la nada, abandonado?
—Joder...—susurró. —Te he dicho que no debería importarte. 

Estaba casi segura de que este era el edificio del que tanto quería evitar hablar Justin. Entonces, ¿qué relación había entre él, Peter y James? ¿De qué y por qué se conocían?

Decidí guardarme las preguntas para el momento indicado e intentar descubrir por mí misma todo lo que pudiera. Si Justin no iba a hablar sobre su pasado, no me quedaba otra que encontrar las respuestas que necesitaba.

Un hombre de unos 50 años, nos observaba desde una puerta de metal. Estaba totalmente quieto, transmitiendo absoluta frialdad con su mirada. Por un momento, se concentró solo en mí y tan rápido como pude, aparté mis ojos de los suyos. Creí haber visto una chispa de alegría en su rostro. Hizo una mueca y se acercó al coche.

Por cada paso que daba, más fuerte era el eco que hacían los latidos de mi corazón. Y cómo si ya no pudiera empeorar la situación, aparecieron dos hombres de la edad de Peter. Tenían cara de pocos amigos y parecían estar debajo de las órdenes de James. Su piel estaba llena de tatuajes, ambos marcados con cicatrices y piercings, y su mirada vacía y oscura, indicaba que no les entusiasmaba demasiado su trabajo.

Peter apagó el motor del coche. Yo me mantuve firme e inmóvil, aferrada lo más que podía al asiento. Cerré los ojos y respiré profundamente varias veces. Las manos me temblaban y estaban cubiertas de un sudor frío que intenté disimular restregándolas en los pantalones. Después me llevé una mano al pecho y apreté firmemente. Intenté controlar el ritmo de mi respiración. Estaba asustada.

—Sal del coche—me ordenó Peter.

No le obedecí. Me quedé en el asiento, en la misma posición que minutos anteriores, esperando a que me sacaran de allí contra mi voluntad. No sabía por qué, pero no podía mostrarme débil ante ellos. Tenía que intentar luchar, ir en su contra aunque eso no conllevara salir de allí. Simplemente,  no podía dejar que pensaran que tenían algún poder sobre mí. No podía mostrarles el miedo que casi me impedía moverme.

—He dicho que salgas del puto coche, preciosa—imitó una sonrisa falsa sonrisa.

James, detrás de nosotros observaba cada movimiento.

—Scott, Cameron ocuparos de ella y seguidme—dijo él.—Peter, tú espérame en el despacho.

Sin duda alguna, James era el jefe y todos estaban bajo sus órdenes. Así que Scott y Cameron no vacilaron en sacarme del coche a la fuerza. Yo intenté resistirme. Pegué patadas y puñetazos, y una vez que me tenían agarrada por los dos brazos, me moví más que en toda mi vida, intentando librarme de ellos. Y lo único que conseguí fue llevarme un enorme empujón con el que caí al suelo.

—Cameron. Cuidado con lo que haces. Creo que las órdenes eran claras, ¿no?—dijo James con tono serio. 

El tal Cameron asintió en modo de disculpa, me ayudó a levantarme  y me ató las manos con una cuerda.

—Lo siento—susurró Cameron mientras me apretaba las muñecas.


Mientras, su compañero, Scott, me tapó la cabeza con algún tipo de saco o funda de almohada con la que no podía ver nada. Solo la oscuridad que me hacía sentir más sola, con la que crecía mi miedo.

A penas me daba tiempo a pensar en mover las piernas, Scott y Cameron me arrastraban por los pasillos de aquel edificio abandonado. Veía pequeños rayos de luz en lo alto, lo que supuse que serían fluorescentes. Nuestros pasos resonaban en las paredes por lo que debería ser un lugar frío y vacío. Nos paramos frente a algo. Escuché el sonido de un botón y automáticamente, el de unas cadenas o algún tipo de mecanismo accionándose. Unos segundos después, abrieron una puerta y di dos pasos más.

El espacio era más pequeño y completamente cerrado. Podía escuchar la respiración de todos los que estábamos allí. Tranquilas y calmadas. Menos la mía. Agitada y nerviosa. Resaltaba entre todas las demás. Entonces, descendimos. Y supe que estaba en un ascensor.

Comencé a asustarme más, si eso era posible. ¿Me estaban secuestrando? ¿Escondiéndome en un edificio abandonado o algún tipo de sótano escondido en medio de la nada? Tenía toda la pinta y si era así, ya era víctima de un secuestro. Lo que más me inquietaba era por qué. Por qué yo. 

Se volvieron a abrir las puertas del ascensor y avanzamos unos pasos más hasta que me empujaron a sentarme en una silla. Noté el frío y la humedad de esta, a la vez que me ataban los tobillos y las manos a la silla. Ahora sí que era imposible escaparse.

—Ya habéis acabado vuestro trabajo—la voz de James rebotaba en las paredes que parecían estar muy lejos de nosotros. —Fuera—ordenó.

Escuché cómo salían a paso rápido y cómo subía el ascensor para llevarlos a la planta superior. James me quitó el saco de la cabeza y me esforcé por no escupirle en la cara. Tenía los ojos claros, que eran como un soplo de aire frío, envueltos por ojeras y las marcas del inevitable paso del tiempo. Sus labios finos y pálidos, se cernían en una curva que solo completaba una mueca que transmitía de todo menos seguridad y simpatía. Y su pelo canoso, indicaba que ya había alcanzado los cincuenta años de edad. Además, las sombras del único fluorescente que funcionaba en aquel almacén enorme, encima de nosotros, no favorecía nada su aspecto. 

—Cómo te pareces a tu madre, pequeña Elisabeth—dijo observándome mientras me acariciaba la mejilla.
—¿De qué conoces a mi madre? —pregunté apartando la cabeza hacia atrás.
—La pregunta es por qué no sabes responderte tú sola a esa pregunta—retrocedió hasta una silla y se sentó justo frente a mí. —Es muy desagradecido por parte de tus padres no contarte nada de toda nuestra historia—intentó crear curiosidad en mí.
—Tal vez no merecía la pena perder el tiempo hablando de ti—dije con desprecio.
—Oh—exclamó—, ya veo que no tienes ni idea de quién soy o no habrías dicho eso—asintió con la cabeza, cómo si repasara mentalmente lo que quería decir. —La verdad, no me sorprende que no te hayan hablado de mí. Teniendo en cuenta que llevan algunos años escondiéndose y huyendo, es comprensible que te hayan ocultado toda la verdad—remarcó las últimas palabras con una sonrisa que me hizo estremecer.—Pero siempre los encuentro—sonrió victorioso.
—No me voy a creer nada de lo que me digas.
—Bueno—se levantó de la silla y comenzó a caminar en círculos a mi alrededor—, estás en tu derecho. No puedo obligarte a que quieras saber dónde va tu padre en sus pequeñas vacaciones, o viajes de negocio, como dice mi querida Elisabeth.

Me asustó la forma en la que se dirigió a mi madre y en cómo sabía que ella había dicho eso. Además de que los gestos que acompañaban sus palabras, solo conseguían inquietarme y ponerme nerviosa.

—Supongo que tampoco querrás saber cómo murió tu hermano, por qué o quién lo mató. Por cierto, lo siento muchísimo—intentó mostrar compasión. — Era una buena persona. Lástima que tuviera que morir de aquella forma. No fue lo que solemos llamar una muerte rápida.

Sus labios formaron una media sonrisa cruel.


—Deja de hablar de mi hermano cómo si sintieras su muerte.
—¿Y qué te hace pensar que no lo hago? Que tú no me recuerdes no quiere decir que no me haya preocupado por ti o por tu familia. Es más, la conozco más de lo que tú te crees. Más incluso de lo que tú les conoces.
—Entonces, ¿por qué ni siquiera me suena tu nombre? ¿O tu cara? ¿Por qué nunca me han hablado de ti si tan importante eres?
—Porque tus padres tienen tanto miedo de que sepas la verdad que se han preocupado durante toda tu vida de ocultártela—se inclinó hacia mí, apoyándose en el respaldo de la silla.
—¿Y por qué tanto interés en que sepa la verdad? ¿Qué ganas tú?
—Ahí está el punto.  Yo no pierdo nada, tú lo ganas todo—volvió a su silla, acomodándonse en ella.
—Eso según tu punto de vista. Yo no me creo nada que salga de tu boca.
—¿Y qué tengo que hacer para que confíes en mí? —arrastró su silla hacia mí quedando a menos de un metro. —¿Cómo te demuestro que solo quiero ayudarte?
—Jamás confiaría en ti—empujé como pude mi silla hacia atrás. —Y no necesito ayuda.
—Está bien—levantó sus brazos en signo de rendición. —Pero hazme un favor, dile a tu padre que James Wilson nunca se rinde—susurró con una pequeña sonrisa.

Estaba a escasos centímetros de mí. Sus ojos miraban fijamente los míos y me acariciaba la mejilla con las yemas rasposas de sus dedos.

—No voy a hacer nada de lo que me has dicho.
—Acabarás viniendo a mí en busca de respuestas. La verdadera razón de que estés aquí es que conozcas el segundo hogar de Justin. En el que por última vez vio a su querida Sophie.

Me dedicó una sonrisa y pulsó el botón del ascensor. Ese "querida" no sonaba bien en él. De ninguna forma.

—Ah, por cierto—avanzó dos pasos hacia mí. Ella no está muerta, aunque todos piensen que sí. Tú decides decírselo a Justin o no. Pero si yo fuera tú, estaría preocupada porque se volvieran a encontrar.

—No vas a conseguir nada—repetí sonriendo con todas mis fuerzas, intentando convencerle de que no había conseguido meterse en mi cabeza.


Pero él aún con más certeza que yo, sabía que eso era mentira. 


—Te estaré esperando aquí para cuando te des cuenta de que me necesitas.

—Morirás esperándome entonces—dije disfrutando de la imagen en mi cabeza
—Y tú morirás aún con las dudas en tu cabeza. Intentarás fingir que no te importa, te esforzarás por confiar en los demás, pero déjame decirte, que no lo conseguirás—imitó mi sonrisa, con la que intentaba demostrarle que no había conseguido la victoria.—¿Cómo confiar en alguien que te esconde toda su vida?

La diferencia era que él sí había conseguido lo que quería. Me había creado más dudas, desvelándome la verdad hasta el punto apropiado en el que me mataba la curiosidad. La misma que me haría volver en busca de respuestas batiendo el récord de tiempo. 

Las puertas metálicas del ascensor se abrieron.

—Ha sido un placer hablar contigo, Catherine. Nos vemos pronto.

Y desapareció sin decir nada más.

Cerré los ojos firmemente. No sabía qué pensar. Ni qué hacer. Ni cómo se suponía que iba a salir de allí. Y tampoco tenía ganas de hacerlo. No encontraba la fuerza suficiente para intentar romper las cuerdas. Ni para gritar en busca de ayuda. Tenía muchas más preguntas que atormentaban mi mente. Y la sensación de tener las respuestas equivocadas me mataba. Además, había escuchado el nombre de Sophie demasiadas veces en un solo día, lo que me llevaba a pensar que había sido alguien importante para Justin, y que supondría un obstáculo entre nosotros. Viva o muerta.

*****

Me estaba volviendo loco. Llevaba casi una hora buscando a Cath sin resultado alguno. Me dolían las manos de lo tensas y firmes que se aferraban al volante mientras conducía. Estaba pendiente de cualquier coche que se pareciera al de Peter, pensando en algún escondite, almacén o casa a la que se la pudiera haber llevado. Pero no se me ocurría nada. Ningún nombre, ningún lugar. Nada. Y el constante sonido de mi móvil sonando en el asiento de copiloto, no ayudaba en ninguno de los sentidos.

—¿Qué coño quieres Luke? —pregunté cabreado, descolgando la llamada.
—Saber dónde estás. Llevo llamándote media hora y no coges el teléfono. Por no mencionar que te espero desde hace una hora. ¿No te ha llamado James?
—Sí, lo ha hecho. Pero ya tengo bastante con mis problemas como para ocuparme también de los tuyos.
—No soy yo quién te lo pide y lo sabes—se defendió Luke ante mi tono cusador. —James me ha dicho que se aseguraría de que vendrías.
—Peter se ha llevado a Cath—solté sin más. No tenía tiempo para tonterías.

Paré el coche a un lado de la carretera. Apagué el motor y me dejé caer sobre el volante. Necesitaba descansar unos segundos.

—¿Cómo que se la ha llevado?
—Salimos a comer y discutimos. Me comporté como un completo gilipollas y prefirió irse a casa con Peter que conmigo.
—Pero no la ha llevado a su casa, ¿no? —averiguó él.
—No—dije con la voz apagada. —Y no tengo ni puta idea de dónde está.
—¿Sabes por qué se la ha podido llevar?

Dejé que el silencio respondiera por mí. Se me habían ocurrido muchas cosas, pero prefería no pensar demasiado en ello porque entonces sí que me volvería loco. 

—De acuerdo…—dijo pensando. —Podrías ir a preguntarle a mi hermana. Ella puede que tenga información sobre Peter en alguno de sus archivos.
—Sí, bien pensado.

Separé el móvil de mi oreja para colgar, pero una voz al otro lado me detuvo.

—Eh, Justin—dijo Luke.—No te vuelvas loco buscándola, estará bien. Si lo que Peter quiere es negociar, la mantendrá viva.
—No pararé hasta encontrarla.

Colgué la llamada sin decir nada más, arranqué el coche con nuevas esperanzas y aceleré tanto cómo era posible. No podía perder más tiempo.

Tardé 20 minutos en llegar al edificio abandonado. Aparqué el coche y baje de él tan rápido como pude, rodeándolo y corriendo hacia el interior en busca de Nicole, la hermana de Luke. Entonces, retrocedí justo al pasar la puerta volviendo al aparcamiento. Había un coche que habría jurado que era igual que el de Peter. Mis pulsaciones se aceleraron. No tenía sentido alguno que su coche estuviera al lado del mío. Él no trabajaba para James. Sin embargo, estaba allí y mi intuición me decía que esto tenía algo que ver con mi querido jefe. Si yo no hacía el trabajo que me había encargado, simplemente se lo dejaba a otro.

Aceleré el paso por los pasillos. Mi pecho subía y bajaba con fuerza y mis puños se cerraban firmemente, preparados para cualquier situación. Bajé hasta la planta en la que se encontraba el despacho de James. Caminé hacia la puerta y unos metros antes de llegar, se abrió y apareció Peter. Me abalancé sobre él y lo empujé contra la pared a nuestra derecha sujetándolo por el cuello. Él, sorprendido, comenzó a reírse.

—¿Dónde está?—pregunté furioso.
—Pregúntaselo a tu jefe. Yo solo me encargo del trabajo sucio.
—¿Trabajas para él? —presioné con más fuerza su cuello. —¡Contesta, joder! —grité.
—Tenemos intereses en común—dijo con dificultad con una mueca de superioridad en su cara.

Su rostro adoptó un cierto tono rojizo. Le estaba dejando sin respiración y aunque esa no fuera mi intención, mis ganas de matarlo eran casi incontrolables.

—Vaya, pensaba que serías más rápido. Me habría dado tiempo de sobras a matarla si hubiera querido.

La voz de James se situaba justo detrás de mí. Lancé a Peter contra el suelo que se llevó las manos a su garganta y empezó a toser.

—¿Dónde tienes a Catherine? —grité avanzando hacia James.
—La verdad es que no me he divertido suficiente con ella, así que, ¿por qué no seguir el juego?

Compartió una mirada con Peter y apareció una media sonrisa en los labios de ambos. Se me tensó la mandíbula. Nunca me habían gustado los juegos de James.

—Me apunto.

Peter se puso de pie y se acercó a nosotros. Yo seguía con la mirada fija en James que tampoco desviaba sus ojos de mí.

—Déjate de juegos y dime dónde está.
—¿Ya te rindes? Si no me equivoco la última vez ni siquiera te rendiste—Peter me rodeó y se situó al lado de James. —Supongo que Sophie te importaba más.
—¡¿Dónde está?! —grité. Intentaba controlar mi ira pero la idea de sus cuerpos en el suelo era realmente tentadora.
—Encuéntrala. Peter haz lo mismo—le ordenó. —Quién la encuentre, decide qué hacer con ella. 
—No voy a jugar a tu mierda de juego—le informé.

Peter comenzó a correr hacia el ascensor.

—Pero parece que él sí.

*****

Había perdido la noción del tiempo. También la cuenta de lágrimas que se habían desbordado de mis ojos. Las primeras veces que había escuchado el ascensor, mi corazón palpitaba más rápido con la esperanza de salir, hasta que el ruido mecánico paraba y las puertas no se abrían. Así una y otra vez.  Y me di por vencida.


Pero aquella vez fue diferente. Acostumbrada al sonido monótono de las cuerdas del ascensor, no le di importancia. Hasta que hubo algo que cambió. El sonido metálico de las puertas me sobresaltó. Y ahí estaba él. Aunque no sabía si venía a salvarme o simplemente a seguir con la conversación de James. Ya no sabía cuál era su objetivo.

Se acercó a mí y yo retrocedí con la silla. Siguió avanzando. No sabía leer su rostro. ¿Excitación?¿Sorpresa?¿Alegría?¿Enfado?¿Rabia?¿Decepción? Solo estaba segura de que su presencia me incómodaba y de que independientemente de sus intenciones, él jamás podría pensar en hacer algo bueno. 


Seguía intentando retroceder. Es más, lo hice con tanta fuerza que caí hacia mi derecha y me di en la sien contra el duro suelo de cemento. Dejé escapar un pequeño grito al caer. Sentía como si mi cabeza palpitara.


—Te ocasionas tú sola las lesiones—mostró una media sonrisa.—Entonces, ¿por qué tenerme miedo?

Alzó las manos mostrando ser inofensivo con una sonrisilla en sus labios. Mientras, yo notaba un fuerte dolor por la parte de la ceja y un líquido frío cayendo desde ella. Me hice un corte en la ceja, la sangre se deslizaba por mi mejilla.


—No es miedo, es asco—escupí la última palabra.

—En ese caso tendrás que tragártelo, porque durante un tiempo me voy a divertir contigo lo que no me divierto desde hace un tiempo. Las reglas del juego, son las reglas. 
—Yo contigo no voy a jugar a ningún juego.Y menos si tú dices cómo jugar.
—Qué pena que tú no puedas cambiarlo. 

Peter se acercó a mí y se agachó a mi altura. Cómo no podía levantarme y pegarle un puñetazo, le escupí en la cara. Él comenzó a reír y se limpió con el borde de la camiseta. Podía ver cómo disfrutaba de mi desesperación através de sus ojos. El ansia y las ganas podían con él. Me desató las cuerdas de las manos y rompió las que me rodeaban los pies. Su fuerza era indiscutible y me hacía sentir pequeña e indefensa. 

Me levantó bruscamente con un solo brazo del suelo y aunque intenté resistirme, él ni siquiera se inmutó ante mis patadas, puñetazos y empujones. Me agarró por los hombros y me empujó hacia atrás contra la pared al lado de la puerta del ascensor, presionando mi cuerpo con el suyo. Pulsó el botón.


—No sé tú, pero yo no sé si podré aguantar mucho más...—me susurró al oído.


Recorrió con su mirada cada centímetro de mi cuerpo que seguía con la yema de sus dedos. Cerré los ojos con fuerza y se me cortó la respiración. 


—No debes tener miedo.


Noté su aliento en mi cuello segundos antes de sentir sus labios en mi piel. Me estremecí ante el contacto e intenté deshacerme de él. Pero me retuvo entre sus brazos, creando una jaula de la que no podía escapar. 


—Por favor, suéltame—supliqué yo.


Bajó sus manos hasta mis caderas, subiendo poco a poco la camiseta que llevaba. Su tacto era frío y áspero. Intenté empujar sus brazos lejos de mí. Intenté escapar de su agarre. Pero todos fueron intentos en vanos. Sus dedos seguían subiendo y sus labios pretendían encontrarse con los míos.


—¡Déjame!—grité moviendo mi cabeza de un lado a otro evitando el contacto.—¡Déjame!


Decidió volver a bajar las manos hasta la cintura del pantalon sin intención de parar. Comencé a llorar descontroladamente. 


—¿Cath?


Los latidos de mi corazón se dispararon. Ya no sabía si eran alucinaciones. Tal vez la desesperación me había llevado a imaginar la voz de Justin gritando mi nombre.


—¿Justin?—pregunté.


Peter se aparto de mí. No eran imaginaciones mías. Él también lo había escuchado. Aproveché que me soltó para salir corriendo. No sabía hacia dónde, pero tenía que correr. Peter me seguía y no tardaría mucho en alcanzarme.


—¡Justin ayúdame, por favor!—supliqué entre lágrimas.


Necesitaba su voz para guiarme, corría en la oscuridad y ni siquiera era capaz de ver mis manos extendidas justo delante de mí. Pero cada segundo que Justin tardaba en contestar, Peter había avanzado un metro. 


Corría por aquel enorme almacén lleno de columnas buscando la voz de Justin. Pero solo escuchaba el frío silencio del vacío, los pasos de Peter detrás de mí y mi respiración agitada. Mis piernas pesaban y estaban cada vez más entumecidas. Querían dejar de correr. Cada paso resonaba en mi cabeza. Vi lo que parecía una luz y unas escaleras al final del almacén...


Pero Peter me atrapó entre sus brazos. Me cogió por los hombros y me tapó la boca con fuerza. Me quedé sin respiración por breves instantes por el sobresalto, y para cuando la recuperé, no tenía fuerzas para luchar o intentar escapar de nuevo. Él comenzó a reír, limpiándose el sudor y de la frente con la mano libre.


—¿Dónde crees que vas, cariño?


Me dolía cada centímetro del cuerpo. Sentía como si las piernas me palpitaran. Me rendí. Mantenerme en pie era un sacrificio.


Pero entonces escuché la voz de Justin de nuevo.


—¡Cath, háblame!


Intenté gritar, pero la mano de Peter en mi boca silenciaba cualquier ruido.

—¡Dónde estás, joder!—gritó Justin de nuevo.

Sonaba cansado, su voz se apagaba más con cada palabra y vibraba por su respiración agitada. Había estado corriendo.


Peter no se podía permitir perder más tiempo, así que tiró de mí por toda la sala. Al llegar al ascensor, me aferré a las puertas metálicas. Dejó de sujetarme por la boca y me cogió de la cintura, tirando de mí hacia el interior del ascensor. 


—¡Justin! ¡Por favor!


Miré hacia el fondo del almacén, de donde procedía la voz de Justin. Pero ya no se escuchaba nada y estaba perdiendo las esperanzas. Peter tiró de mí y se me soltó una mano. Intenté resistir con la derecha, pero su fuerza me superaba. Me rodeó por los brazos y me immobilizó dentro del ascensor. Pero antes de que se cerraran las puertas, vi un figura que se acercaba directa hacia nosotros. Era Justin.


—¡Cath!—gritó cuando me vio.


La esperanza revivió en mí, dándome nuevas fuerzas. Pero no suficientes para deshacerme de Peter e inútiles porque las puertas metálicas se cerraban. Le lancé una mirada de desesperación a Justin, con la que aceleró la velocidad. Jamás lo había visto tan asustado. Me habría arriesgado a decir que incluso tenía más miedo que yo. Pero eso era imposible, porque ya no le veía. Las puertas se habían cerrado completamente. Nos separaban unas malditas puertas de metal. Y yo estaba con Peter encerrada en un ascensor.


—No, no, no—repetí golpeando la puerta. 


Me acerqué al panel de control del ascensor. No sabía en que planta me encontraba, pero no tenía ningún sentido lo que veía. Los botones tenían números del 1 al 5. Sin embargo, yo estaba segura de que había descendido y estaba en alguna planta por debajo del 0. Pero ya habíamos empezado a ascender. Y Justin se había quedado abajo.


—¿Qué te hace pensar que con él estarás a salvo? 

Peter me observaba desde un rincón del ascensor. Tenía los brazos cruzados y su sonrisa burlona parecía congelada en sus labios.


—Ha venido a buscarme—dije con la voz rota mirando la puerta y dando la espalda a Peter.


Se acercó a mí y me acarició el cuello, apartándome el pelo hacia un lado. 

—Él trabaja aquí—me recordó.


Me sentía incómoda cuando estaba cerca, así que por encima de todo intenté apartarme de él, pero el espacio era reducido y las posibilidades eran pocas.


—¿De verdad sigues fiándote de él?—apoyó el brazo en la pared del ascensor, justo al lado de mi cabeza.—James es su jefe y su objetivo eres tú. ¿Qué te hace pensar que él no está dentro de esto también?

—¿Y tú por qué estás dentro? ¿Qué quieres de mí?

Se acercó lentamente. El ascensor subía más despacio aún. Y lo único que podía escuchar eran los latidos de mi corazón, a punto de salirse de mi pecho.


—No quiero nada de ti—estaba a unos centímetros y giré la cara evitándole.— Te quiero a ti.


Mojó sus labios  y rozó los míos. Yo intenté apartarlo y volví a girar la cara, pero de nuevo me encontraba indefensa ante su fuerza. Me controlaba como una muñeca de trapo. Mis piernas temblaban y de no ser porque Peter me apretaba contra la pared, me habría caído al suelo. 


—No te pongas nerviosa—apartó un mechón de mi cara y secó las lágrimas que caían por ella.—Aunque tal vez aproveche que la primera vez siempre duele...


Su mirada cargada de sensualidad y un cierto placer me aterrorizó aún más. Empecé a notar una furiosa impaciencia en él. Ahora sabía que nada lo pararía. 


—No, por favor—susurré casi tartamudeando a causa de las lágrimas.

—Lo siento, cariño. Esto forma parte del trato.

Pero en realidad no lo sentía ni lo más mínimo. Iba a disfrutar de aquello como si fuera lo último que hiciera en toda su vida. Lo notaba en su forma de mirarme. En cómo me tocaba. 


Comenzó a subirme la camiseta, intenando quitármela, mientras me besaba el cuello. Con mis manos en su pecho, trataba de empujarlo lejos de mí, pero a penas conseguía moverlo unos centímetros. 

Me aferré a mi camiseta, impidiendo que me la quitara. Y eso le enfadó. Me agarró por los hombros y me empujó contra la pared detrás de él, al otro lado del ascensor. Se me cortó la respiración por un momento y me dejé caer por la pared del ascensor. Pero antes de tocar el suelo, Peter me atrapó de nuevo contra el ascensor y más furioso que antes.


Noté sus manos en la cintura de mi pantalón, buscando desesperado los botones y la cremallera. Yo intenté evitarlo, pero me cogió las dos manos por las muñecas, sujetándolas por encima de mi cabeza. Desabrochó mis pantalones y bajó la cremallera. Hizo lo mismo con los suyos. Nunca había tenido tanto miedo. Comencé a gritar. Movía las piernas y los brazos, dando golpes por todos lados, pero Peter me tenía totalmente inmobilizada. 


—¿Preparada, muñeca?—preguntó con placer.

—¡Ayuda!—grité lo más alto que pude.

Desde aquel momento todo pasó muy rápido. Cuando ya había perdido todas las esperanzas de salir de aquel ascensor sin ser una víctima de la violación, Peter salió disparado lejos de mí, contra la pared detrás de él. Se golpeó fuertemente la cabeza y se deslizó hasta llegar al suelo. Miré hacia la puerta. Podía ver el pasillo y  a Justin con pura ira en sus ojos fijos en mí. Con un cierto brillo de tristeza en ellos y completamente perdido. 


Yo no era capaz de reaccionar. El miedo seguía consumiéndome. Me abroché los pantalones y me rodeé con mis propios brazos, dejándome caer al suelo con las piernas encogidas, mientras observaba a Peter retorcerse en el suelo. Justin descargó toda su ira con él. La cara de Peter se tiñó de rojo por los constantes puñetazos de Justin. Iba a matarlo. Pero yo no tenía fuerzas para impedirlo. Y tampoco quería hacerlo. 


Cerré mis ojos y encerré mi cabeza entre mis piernas. Me balanceé intentando pensar en otra cosa que no fuera nada de lo que había vivido en las últimas horas. Pero todas las imágenes se repetían una y otra vez. El encuentro con Peter en el bar. El secuestro en el coche. El descenso hasta el sótano. La conversación con James. La casi violación de Peter. Todo se resumía en miedo. Y las imágenes no paraban de repetirse.


—No, no, no...—negué con la cabeza.
—Cath...—susurró Justin.


Su voz sonaba rota, interrumpida por la agitada respiración después de la paliza. Levanté la cabeza y Justin me secó las lágrimas. 


—Vamos—me ayudó a incorporarme—¿Puedes caminar?—preguntó con delicadeza, observando mis heridas y mis temblores.


Asentí con la cabeza y dejé que me guiara hasta la salida. Conseguí tranquilizarme con sus caricias y el calor que manaba su cuerpo mientras me ayudaba a caminar por aquellos pasillos que conseguía ver por primera vez. El lugar era incluso más frío y vacío de lo que me pareció con un saco sobre la cabeza. Me daban auténticos escalofríos. 


Llegamos al coche. El sol comenzaba a esconderse entre los árboles, lo que me indicaba que ya era tarde. Me abrió la puerta para que entrara en el asiento de copiloto. Justin desapareció por un segundo y volvió con una manta entre sus manos. Me la ofreció y me la eché encima, encogiéndome para que cubriera cada parte de mi cuerpo. Olía a él y era realmente reconfortante. 


—Gracias—imité una ligera sonrisa que aumentó el brillo en sus ojos. 


Cerró la puerta y dejé escapar un largo suspiro que me relajó totalmente. No me di cuenta hasta aquel momento de lo cansada que estaba. Me sentía exhausta y por primera vez desde hacía unas horas a salvo.


Ya no me importaba que Justin no hubiera sido sincero conmigo o que me ocultara gran parte de su pasado. Debía centrarme en el presente y en el hecho de que había vuelto a por mí. Y de que una vez más me había salvado la vida.


Rodeó el coche y se sentó en el asiento. Dejó caer la cabeza hacia atrás, la giró hacia mí y apoyó las manos en el volante. Tenía los dedos manchados de sangre y la camiseta blanca salpicada de rojo escarlata. 


—¿Estás bien?—preguntó asustado.

—Sí—intenté asegurar.

Le miré directamente a los ojos. Extrañaba ver esos ojos color miel que me transmitían tranquilidad. Era como algo automático. Su presencia me hacía sentir segura, pero cuando nuestras miradas conectaban, era como una evasión a otro mundo. 


Sin embargo, lo notaba distante. Pero no cómo si quisiera pasar de todo o yo le diera igual, si no cómo si tuviera miedo de acercarse a mí. Cómo si estuvera asustado de si mismo. 

—Está bien. Salgamos de aquí—susurró encendiendo el motor

El trayecto en el coche  fue realmente incómodo. Reinó el silencio y aunque él a veces intentaba decir algo, no se quedaba en algo más que un suspiro. Cuando llegamos a su piso, abrió la puerta sin decir nada. Me dejó pasar y esperó a que entrara para cerrar la puerta. Me quedé de pie frente al sofá sin decir, ni hacer nada. Él me observaba desde el recibidor con la misma mirada triste y asustada que me miró en el ascensor, que más tarde se tiño de ira y venganza. Jamás lo había visto así. Creía que lo había visto en sus peores momentos, pero lo que había pasado en el ascensor, no era comparable con nada que hubiera visto antes. La fuerza y velocidad con la que le pegaba a Peter. Su mirada. La ira en su voz cada vez que asestaba un golpe con su puño. 

Había pasado realmente miedo.

Me estremecí al recordar y me aferré a la manta que aún llevaba encima de mis hombros. Parecía que había dejado de dar calor y la vista de Justin fija en mí, comenzaba a ponerme nerviosa. Bajó la cabeza y observó las heridas de sus manos. Y de nuevo ese silencio incómodo en el que ninguno de los dos se decidía a decir todo lo que pensaba. 

Entonces, se acercó a mí y se paró justo a unos centímetros. Podía sentir su aliento y escuchar los latidos de su corazón en el inmenso silencio que inundaba la habitación. Seguía con sus dedos cada centímetro de mi rostro. Acarició mi mejilla, trazando una línea en mi mandíbula hasta llegar a mi boca. Y se detuvo ahí. Humedeció sus labios y con miedo, besó los míos. Me besó con tal lentitud y ternura, que no pude evitar las lágrimas. Necesitaba eso. Lo necesitaba a él.

—Lo siento muchísimo—me susurró al oído.

Me acogió entre sus brazos y encerró su cabeza en mi cuello. Podía sentir su remordimiento y dolor en cada palabra, cada suspiro y latido que emergía de su corazón.

—¿No me vuelvas a dejar, de acuerdo?—dijo con una pequeña sonrisa en sus labios.

Me cogió la cara entre sus manos, y me secó las lágrimas con sus pulgares. Y volvió a besarme. Un beso dulce y suave que paró el tiempo. 

—No lo haré—aseguré—. No podría hacerlo.
—Eso está bien—vi un brillo especial en sus ojos. Porque te juro que me volvería loco.

Juntó su frente con la mía, sin apartar la vista de mis labios, y suspiró. Me besó de nuevo con más ansias, que parecían aumentar por segundos. Y que realmente aumentaban. Comenzó a darme besos cortos en los labios, casi sin darme tiempo para respirar. 

—¡Justin!—dije sonriendo entre sus besos. 

Paró durante un momento. Situó su cara frente a la mía y me sonrió. 

—Voy a aprovechar el tiempo que hemos perdido—susurró manteniendo sus labios a milímetros de los míos.

Me quitó la manta y la arrojó al suelo. Unió nuestros labios y me recorrió el cuerpo con sus manos. Retrocedimos hasta la pared y situó sus brazos en mis caderas. Separó su boca de la mía y la deslizó dejando besos hasta el cuello. Empezó a succionarlo con suavidad y unos segundos después me clavó los dientes en el cuello. Me estremecí, pero fue más de placer que de dolor.

—Veo que ya la has encontrado.

Tanto Justin como yo nos sobresaltamos. 

—¿Sabéis que el piso es compartido y que hay una habitación justo ahí?—prosiguió Luke.

Señaló la puerta de la habitación de Justin. 

—Y tú tienes una justo ahí para estos casos—se defendió él.

Justin mantenía sus manos en mis caderas. A él le daba igual que su amigo le viera conmigo, pero yo me morí de vergüenza. Mordí mi labio inferior reprimiendo una risa e intenté distraerme de aquella situación mirando directamente a Justin. 

—Creo que nunca le encontraré la parte positivita a compartir piso—resopló Luke.
—No te importaba demasiado cuando traía tias a casa. 

Le pegué un puñetazo a Justin y se echó a reír. 

—Lo que seaavanzó hacia su cuarto—. Por cierto, —hizo una pausa y se giró hacia nosotros—me alegro de que estés bien, Catherine.
—Gracias—le sonreí.

 Luke desapareció por la puerta y Justin volvió a lo que estábamos haciendo. Yo aún estaba avergonzada y sentía el calor en mi cara. Él se dio cuenta y me besó dulcemente en la mejilla. 

—Me encanta cuando te sonrojas.
—¿Eso también se lo dices a todas las que traes a casa?—me hice la ofendida.

Y aunque por una parte no lo estaba. No podía evitar pensar que tal vez Sophie había estado rondando por la misma habitación que yo. Durmiendo en la cama de Justin, en la que alguna vez yo me había tumbado. O que yo no era la primera en sentarme en la encimera de su cocina, porque ya lo había hecho ella. 

—Oh, nena. Sabes que no. Desde que te conocí, eres la única que entra en casa.
—¿Me lo prometes?

Entrelacé mis dedos en su nuca, masajeando su pelo. 

—Te lo juro. Solo estás tú.

Y entonces supe que, durante las últimas horas, no había tenido miedo de morir, sino de no poder vivir con él lo que nos quedaba de vida.


RT AQUÍ SI HAS LEÍDO EL CAPÍTULO. ¡MUCHAS GRACIAS! 

Vale. Esta vez no puedo ni disculparme por lo muuuuuucho que he tardado en subir. Espero que no me odiéis tanto después de este triple capítulo, pero se me han juntado mil cosas. Instituto, exámenes, trabajos, problemas personales... Aparte, no estoy pasando por un buen momento y la inspiración no aparecía cuando me ponía frente al portátil. Así que os pido paciencia, porque vuelven los exámenes, pero la novela sigue, aún queda mucho Jatherine y las miles de ideas que tengo pensadas para esta novela las tenéis que leer sí o sí. Así que no la abandonéis, porque no acabará hasta que veáis un "CAPÍTULO FINAL" por algún lado.

Y esta vez sí que os tengo que dar las gracias, de verdad, por todos los mensajes y menciones que he recibido preguntándome por la novela. Gracias por mostrar interés y por no dejar la novela a pesar de lo que he tardado en subir.  ¡Y sobretodo por las más de 50 mil visitas!

Millones de gracias y muchos besos.
Os quiero. 


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