sábado, 13 de abril de 2013

Arriésgate conmigo: {17}

Sonó el timbre y los pasillos automáticamente se llenaron de alumnos y profesores. No sabía que había pasado. Le estaba gritando, descargando toda la ira que sentía y de repente me encontraba en sus labios. No quería besarle, no quería caer otra vez en su juego. Pero por más que lo intentara, había quedado claro que era mi debilidad aunque no quisiera admitirlo. Justin era mi debilidad.

Me separé de él, le miré un segundo a los ojos antes de irme y desaparecí entre la multitud que se había unido a nosotros. Justin se quedó observándome, desconcertado por lo que acababa de pasar. No se esperaba que me fuera sin decir nada, sin seguir este pequeño juego al que habíamos comenzado a jugar. Pero ya no podía más. Me estaba volviendo loca. ¿Y si me había besado con el que se reía de la muerte de mi hermano? No podía soportar esa idea, pero mi subsconciente me lo susurraba a cada segundo, asegurándose de que tuviera presente esa opción.


—¡Cat!


Will se encontraba a unos metros de mí, llamándome entre la gente. Se acercó, llevaba mi bolsa, dónde había guardado la fotografía y tenía todos mis libros. Alargó el brazo y me la entregó. Yo la cogí y la colgué de mi hombro.


—Te la dejaste en la cafetería cuando fuiste al baño.

—Gracias.
—De nada—contestó con una sonrisa ligera—. Por cierto, Justin salió detrás tuyo, ¿estábais juntos?
—¿Justin?—él asintió—. No, no lo he visto por aquí—intenté mentir lo mejor que pude—. Pero ahora no puedo hablar, nos vemos luego, ¿vale?
—Pero si nos toca juntos en clase, tenemos Filosofía.
—Oh...—exclamé— Igualmente tengo que ir a la taquilla a recoger una cosa. Nos vemos en clase.

Hable rápido y sin pausas, deseando salir de allí. Me alejé de Will, después de darle un beso en la mejilla, dejándolo con la palabra en la boca y salí del instituto.


—¡Catherine!


Me giré. Mierda. Sam estaba sentado en una de las mesas de piedra que habían en el jardín del instituto, con un libro en la mesa y un café. Quería escaparme de allí, ir a casa y hablar con mi madre de la muerte de mi hermano. La duda me estaba matando y necesitaba saber la verdad, aunque Sam se negara a dejarme saltarme las clases.


—Las clases no han acabado, ¿dónde vas?


Suspiré. ¿Ahora que se suponía que debía decirle? ¿Inventarme una excusa o decirle la verdad?


—Me encuentro mal y pensé que podría irme a casa.

—Podemos ir a enfermería y...
—Necesito ir a casa—aclaré.

Él frunció el ceño, cerró el libro que leía después de marcar la página en la que se había quedado y se levantó de la mesa para caminar hacia mí.


—¿Va todo bien?

—No lo sé—negué levemente con la cabeza—. Por eso tengo que irme, necesito hablar con mi madre.
—¿Y no puedes hablar con tu padre? Hace poco que has empezado el curso y no es bueno que pierdas clases.
—Mi padré no está aquí, señor Fletcher.
—Sam, por favor—me recordó él.
—Oh, es verdad. Sam—junté mis labios en una fina línea curva. Me incomodaba mucho. Su mirada, su sonrisa, su voz. Me hacía sentir extraña. Nerviosa, pero segura a la vez.—Mi padre se fue hace unos días...Viaje de negocios—expliqué
—Entiendo, igual que tú debes entender que no puedes irte.
—No lo entiendes, necesito hablar con mi madre.
—Explícamelo y tal vez deje que te vayas.

Suspiré. Estaba acabando con mi paciencia, pero seguía siendo mi profesor. No podía faltarle al respeto. Debía tranquilizarme.


—No puedo explicártelo, lo haría si pudiera—aseguré.

—Catherine, si te has metido en algo...

Tenía la sensación de que me trataba como a una niña pequeña. 


—¡No es lo que estás pensando!—grité.

—Puedo ayudarte, Catherinepuso su mano sobre mi hombro, con sus ojos teñidos de preocupación

No aguantaba más. Había llegado al borde de mi paciencia. Estaba insistiendo demasiado con que necesitaba ayuda, con que necesitaba su ayuda y aunque la necesitara, no la aceptaría. Era sólo mi profesor de Matemáticas, no un psicólogo o algo parecido. Además de que no confiaba lo suficiente en él como para contarle todos mis problemas.


—No podrás hacerlo porque nunca acabarás de entender lo que me pasa—me deshice de su mano en mi hombro. He estado sola desde el principio y no necesito a nadie para llegar al final. ¿Acaso tú sabes lo que es perder a toda la gente que te importa y no tener a nadie?—continué—, ¿Además de que las únicas personas que te quedan te mientan constantemente? No, no creo que lo sepas.

Bajó su mirada al suelo, vacía e inexpresiva.  



Entonces me di cuenta de que estaba descargando mi ira con él, aunque no lo mereciera. Pero estaba tan enfadada y cabreada por la acumulación de rabia que llevaba dentro, que no lo aguantaba más. Presionaba en mi pecho con fuerza, subiendo por mi garganta creando un nudo en ella aumentando por momentos mis ganas de llorar. Hablar de esto me superaba, nadie me entendía. Y tampoco necesitaba que lo hicieran, no necesitaba su comprensión. Simplemente quería dejarlo apartado en el pasado y olvidarlo. Enterrarlo y que nadie lo sacara a la luz.

—Mi madre murió hace dos años de cáncer. Hasta entonces creía que mi padre había muerto en un accidente de coche, en realidad abandonó a mi madre cuando supo que estaba embarazada. Pero ella nunca me dijo nada. Murió sin contarme la verdad sobre mi padre. Llevo aquí algo más de un mes, por lo que me encuentro en las misma condiciones que tú. Con amigos a los cuáles no conozco lo suficiente para contarles esto. ¿Satisfecha?—preguntó.

Levantó la mirada hacia mis ojos. Una ola de añoranza y tristeza lo había inundado, igual que lo había hecho la culpabilidad y vergüenza conmigo.



Debía odiarme y estaría de acuerdo con que lo hiciera. Había hablado basándome en lo que pensaba y dejándome llevar por la rabia que sentía en aquel momento. Y aunque todos odiamos que nos juzgen sin conocer, solemos hacerlo con los demás. Ahí estaba la prueba.

 —Lo siento mucho, Sam—utilicé un tono suave, de disculpa.

—No, no te disculpes. Odio que hagan eso. Tú no tienes la culpa de nada de lo que me haya pasado. Y lo último que quiero es dar pena.
—No me disculpaba por... lo de tu pasado. Aunque por una parte sí—aclaré.—Me disculpo por haberte juzgado sin conocerte y...
—Sé que eres una buena chica—se formó una sonrisa en sus labios.—Todos tenemos momentos malos en los que nos dejamos llevar por lo que sentimos.

Me mordí el labio inferior, me sentía demasiado culpable porque sabía que esa sonrisa que había mostrado hacía unos segundos era postiza, intentando hacerme sentir mejor cuando yo no me lo merecía.


—¿Ahora crees que puedo ayudarte?—preguntó.

—¿Por qué te empeñas tanto en hacerlo?—contesté con otra pregunta.
—Está bien—suspiró—. Tu padre me dijo que no dijera nada, pero él fue quién me pidió que averiguara que te pasaba. Yo le dije que te encontraba distante en clases, entonces fue cuando él me propuso que hablara contigo.

Me sorprendió bastante. Lo había pensado varias veces, pero no llegaba a pensar que fuera a ser cierto. Mi padre no solía llegar a preocuparse hasta ese punto por mí. Además, él mejor que nadie debería saber porque estaba así. Tan distante en clases como decía Sam.


—Se preocupa por ti, Catherine. Aunque no lo creas.

—¿Y por qué has llegado a esa conclusión?
—Me lo dijo tu padre.
—Entonces, ¿de verdad quieres ayudarme?
—Sí, lo que sea—dijo asintiendo.
—Está bien, llévame a casa.
—Catherine...—iba a poner una excusa.
—Dijiste "lo que sea"—le corté yo

Suspiró, mirando hacia el suelo cerrando los ojos por una milésima de segundo.


Supongo que una promesa, es una promesa...—susurró.

—Gracias, Sam—dije son una sonrisa sincera entre mis labios.

Tuve un impulso de lanzarme a él y abrazarlo para agradecérselo, pero me retuve, cogiéndome las manos en el pecho para disimular. Me sonrojé un poco por la incomodidad del momento, aunque después vi que él no se había dado cuenta, por lo que había quedado como una tonta.



Comencé a caminar detrás de él hasta su coche. Era viejo y la pintura roja había desaparecido en aquellos puntos dónde había abolladuras en la carrocería por los golpes tras los años que había estado en la carretera. No había punto de comparación con los coches de Justin, Will o mi padre sin ir más lejos. Creía que Sam tenía dinero, pero al parecer me equivocaba. Subí al coche por la puerta del copiloto y me senté en el asiento. Sam hizo lo mismo que yo y arrancó el motor. 

Ninguno de los dos dijo nada. Él estaba concentrado en la carretera y yo demasiado incómoda para iniciar una conversación. A veces sentía que me miraba, pero lo ignoraba y seguía mirando por la ventanilla del coche. Hasta que caí en que él no sabía dónde vivía, por lo que fui indicándole por dónde debía ir. A los minutos llegamos a mi casa, paró el coche y lo aparcó frente al enorme jardín que rodeaba la casa. 


—Gracias por todo Sam—le dediqué una sonrisa tímida pero amplia.


Él asintió y yo bajé del coche cerrando la puerta detrás de mí.


—Catherine—me llamó él. Me agaché para verlo por la ventanilla—. No dudes en hablar conmigo o pedirme algo si lo necesitas.

—Está bien. Hasta mañana, Sam.

Me despedí de él y me apresuré a entrar en casa. Joseph estaba esperándome en el salón principal, con un trapo en sus manos secándolas, demostrando preocupación.


—¿Catherine? ¿Va todo bien?

—Sí, sí. ¿Dónde está mi madre?
—Está arriba en el despacho de tu padre, pero...—miró el reloj de su muñeca—¿No deberías estar en el instituto hasta dentro de dos horas?
—Sí, pero eso no importa, Joseph. Necesito hablar con mi madre.

Observó como subía las escaleras de dos en dos aún secando sus manos en aquel paño, sin acabar de entender lo que estaba pasando.  Corrí hasta la gran puerta al final del pasillo y me detuve. Busqué en mi bolsa la fotografía entre los libros. Mis manos temblaban de los nervios y se me dificultó encontrarla, pero cuando lo conseguí, suspiré del alivio y abrí las puertas.


—¿Mamá?


Mi  madre se encontraba agachada en el escritorio, abriendo y cerrando cajones, buscando desesperadamente entre ellos algo que desconocía.


—¿Qué haces buscando así entre las cosas de papá?—pregunté sorprendida.

—Nada—se levantó—. Nada—volvió a repetir—. Estaba buscando unos papeles, pero Dios sabe dónde los dejó tu padre. 

—Oh, está bien—hice un pausa, jugando con la fotografía entre mis manos nerviosas—. Tengo que hablar contigo.


Cerré las puertas detrás de mí y mi madre se sentó en el gran sillón de piel oscura detrás de la mesa. 


—¿Sobre qué?


Crucé el despacho y me senté en una de las butacas al otro lado de la mesa. Los nervios me consumían. ¿Y si todo lo que había estado pensando, era verdad? ¿Y si mi hermano era el de la fotografía?


—Quiero que me expliques como murió Matt—fui directa y clara.


Mi madre se sorprendió. Nunca habíamos hablado de este tema y supongo que no esperaba hacerlo.


—¿Cómo qué quieres que te lo explique?

—Mamá, cuando...—me costaba hablar y recordar a la vez—Cuando yo estaba en el hospital después de la fiesta, no quería saber nada sobre eso, pero ahora...—hice una pausa—Ahora necesito saber qué le pasó a Matt.
—Cariño...—su mirada triste se fijo en mis manos. —¿Por qué quieres saberlo ahora?
—¿Eso que más da?—pregunté. —Sé que no será fácil para ti hablar de esto, pero...¿Sería mucho pedir que hicieras un esfuerzo por mí?
—Catherine, deberíamos hablar de esto cuando estuviera tu padre.

Entonces supe que ella no me iba a decir nada. Sin embargo, yo no me iba a conformar con eso. Necesitaba saber cómo murió mi hermano, tanto como necesitaba el aire para respirar. Me estaba matando imaginarme la muerte de Matt. Más aún cuando siempre había pensado que había muerto de una forma rápida y no demasiado dolorosa.


—¿Es Matt?


Estiré mi mano por el escritorio, enseñándole la fotografía a mi madre. Por unos segundos se la quedó mirando, estupefacta sin saber que decir. De repente su rostro se descompuso, se llevó la mano a la boca y alzó la imagen para poder observarla mejor. Sus ojos caídos y cristalinos teñidos por el miedo y la tristeza, me revelaron la verdad.  A pesar de creer que la herida estaba curada, me olvidé de que a veces la cicatriz puede volver a sangrar. Sentí un gran vacío en el pecho y de no ser porque estaba sentada en aquella pequeña butaca, habría caído al suelo. Todos los temores que tenía desde aquella mañana se convirtieron en algo más que pesadillas, se convirtieron en la realidad que tendría que vivir a partir de ahora. 


Escuché un golpe que procedía de la puerta y me giré. Mi padre estaba allí de pie, con el rostro cansado y la mirada preocupada, desplazándola de mí a mi madre y así contínuamente. Aparecía en el momento idóneo para explicármelo todo. 


—¿Qué ha pasado aquí?—preguntó él.




SI LO HAS LEÍDO HAZ RTAQUÍ , POR FAVOR. Subiré el próximo capítulo cuando ESTE tweet llegue a 30 RTs. | ¡Lo siento muchísimo por no subir en tanto tiempo! He tenido una semana llena de ensayos de baile, de dos a tres horas diarias, y llegaba a casa agotada para ponerme a escribir. Sé que este capítulo no es gran cosa, pero estoy segura de que el siguiente os gustará. Quería dar la bienvenida a las nuevas lectoras, las gracias a aquellas que leen casi desde el principio de la novela y a las lectoras fantasmas, decirles que nunca es tarde para decir quiénes sois. Mil gracias por todos vuestros comentarios que me sacan una sonrisa, de verdad. Si queréis decirme que os parece la novela o dejarme un comentario, podéis mencionarme en mi twitter (@Myinfinitelove), escribir un tweet con #ArriésgateConmigo o dejar un comentario aquí en el blog. Me encanta que habléis de la novela, sin mencionarme, y después vea el tweet en mi TL. Es increíble. Bueno, SOIS INCREÍBLES. De nuevo, gracias por todo. Os quiero. <3

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