domingo, 3 de febrero de 2013

Arriésgate conmigo: {10}.


Todo se volvió borroso. Fue más difícil que nunca encontrar la puerta de mi habitación. Descubrí que estaba llorando cuando me llevé las manos a la cara. Ni siquiera me di cuenta de que lo hacía hasta que noté mis mejillas mojadas y un gran nudo en la garganta. Realmente no sabía porqué lloraba. Tal vez porque me querían matar. O porque había visto a mi madre llorar. A lo mejor sólo porque necesitaba desahogarme.

Empujé la puerta detrás de mí, me deslicé por ella hasta sentarme en el suelo y cerré los ojos. No podía parar de escuchar la voz angustiada, preocupada y aterrorizada de mi madre diciendo: "¿Y qué quieres que le pase igual que a su hermano?". No entendía que quería decir con eso. ¿Era Sam el que estaba detrás de esto? No tenía sentido que fuera él. No tenía sentido que mi madre quisiera entregarse, a Sam no le importaba ella. Y tampoco buscaría venganza. Él mató a mi hermano, yo debería vengarme. 


Picaron a la puerta. Me levanté del suelo y me sequé las lágrimas de los ojos. Estiré mi falda del uniforme hacia abajo y arregle mi camisa. Suspiré y me acerqué a la puerta para abrirla.


—¿Puedo pasar? 


Era mi padre. 


—Claro—abrí la puerta y dejé que entrara.


Se deslizó hasta mi habitación y la observó. Miró al suelo por unos instantes antes de fijar su mirada en mis ojos.


—Tengo que hablar contigo. Tienes algo que hacer o...

—Podemos hablar ahora—cerré la puerta.

Me sorprendió la amabilidad en las palabras y la voz de mi padre. Me lo habría imaginado furioso, haciéndome miles de preguntas, acercándose a mi violento, enfurecido. Pensé que sonaría enfadado, con esa peculiar frialdad de su voz, pero era todo lo contrario. 


—A partir de ahora no podrás salir de aquí sin nuestro permiso. 

—¿Qué?
—Sólo saldrás para ir al instituto, fuera de ese horario, no podrás salir sola. —hizo una pausa. —Y en el caso de que debas hacer un trabajo, yo te llevaré hasta donde tengas que ir. 
—Creía que estábamos aquí para vivir en esta casa, no para que yo estuviera encerrada en ella. 
—No te estamos encerrando...
—¿No?—elevé mi tono de voz—. Ah, es verdad. Intentáis amargarme la existencia.
—Intentamos protegerte. 
—¿Protegerme de qué? Ésto no va a acabar bien. —crucé los brazos en mi pecho e intenté controlarme.

Mi padre suspiró y llevó la mirada al suelo. Estaba pensativo y enfadado tal vez. Alzó su brazo y rascó su nuca. 


—Yo tampoco quiero hacerlo, pero es lo mejor—intentó sonar tranquilo, pero la impaciencia se empezó a notar en su voz. 

—¿Lo mejor para quién?—Noté que las lágrimas empezaron a llegar a mis ojos, pero no podía permitir que salieran. 
—Lo mejor para ti—se acercó a mí, yo retrocedí.
—Estoy harta de que me mintáis.

Clavó su mirada en la mía. Negó con la cabeza y pude ver como sus ojos café se inundaban en lágrimas. Estaba decepcionado, entristecido. Como si le hubieran obligado a dejar el papel de padre  y hacer de carcelero.


—Créeme cuando te digo que ésto no es fácil. Ni para mí, ni para tu madre. Pero es lo mejor. —llevó su mano hasta mi mejilla y la acarició suavemente. Yo me aparté y me mordí el labio reteniendo las lágrimas.

—Cuando tu y mamá os dignéis a contarme la verdad, de todo—remarqué la última palabra— entonces, podremos hablar.
—Limítate a obedecerme y no me hagas volver a repetirte esta conversación. —Su tono cambió completamente, volvía a tener esa frialdad y dejó la ternura a un lado.— O te arrepentirás.

Se acercó a la puerta con paso firme y la cerró con fuerza detrás de él. Estaba cabreado, lo sabía, pero no podía mostrarme débil ante él. Además, permitir que me encerraran aquí hasta la edad de jubilación era una idea horrible. Me dejé caer en la cama boca abajo, mordí la almohada y grité lo más fuerte que pude. 


Me senté en la cama y suspiré intentando relajarme. Pero la rabia seguía ahí, pidiendo a gritos salir, revolviéndose dentro de mí. Dolía. Cogí la almohada y la tiré contra la puerta lo más fuerte que pude. 


Necesitaba salir, tomar aire fresco y ordenar las ideas que recorrían mi mente de un lado a otro. Pero mis padres no me dejarían salir, no tenía ningún trabajo, ni ninguna excusa creíble para que me dejaran irme. Sola. Mi única posibilidad era salir por la ventana. 


Atravesé la habitación hasta llegar a ella. La abrí y me asomé. Un segundo piso, demasiado alto. No podía saltar, estaba segura de que me rompería algún hueso. Miré hacia los lados, buscando algo por lo que poder agarrarme y bajar. No había nada. Me maldije para mis adentros y cerré la ventana en un golpe seco.



Fui al baño, me acerqué a la bañera y abrí el grifo dejando que el agua caliente la llenara. Me quité el uniforme del instituto y después la ropa interior. Puse un pie en el agua y después el otro. Pequeños escalofríos recorrieron mi cuerpo mientras me acostumbraba a la temperatura del agua ardiente. Suspiré apoyando mi cabeza en el borde de la bañera. Y me perdí entre mis pensamientos.



—Catherine. La cena está lista, ya puedes bajar.


Era Joseph desde el otro lado de la puerta. Después de estar casi una hora en la bañera, salí, me puse el pijama y me metí bajo de las sábanas de mi cama. Quieta. Pensando en todo y en nada. 


Joseph picó en la puerta de nuevo, ya que no recibió ninguna respuesta.


—¿Estás ahí?


Quité la sábana de mi cabeza y me senté en la cama.


—Sí. Puedes entrar. 


Joseph entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama, a mi lado.


—¿Qué te pasa?

—Averígualo. Normalmente sabes mejor que yo lo que me pasa.

Él sortó una pequeña carcajada.


—Sé que has discutido con tu padre. He escuchado los gritos desde la cocina. Pero, quiero preguntarte algo. —Yo asentí con la cabeza, aceptando que me preguntara.— ¿Dónde has estado realmente? 


Suspiré y deje caer mis párpados con un leve movimiento de cabeza, para después  abrir los ojos de nuevo.


—Con Justin.


Le dije la verdad. No podía mentir a Joseph, era más difícil que mentirle a mis padres. Confiaba en él y lo que hablábamos se quedaba entre nosotros. Él me daba consejos y era de las pocas personas que estaban ahí para apoyarme. Siempre.


—¿Justin?

—Sí, no pienses algo que no es—. Comencé a ponerme nerviosa y hablé más rápido de lo que debía— Se ofreció a traerme a casa, pero por el camino tuvimos algunos problemas y me fui con él. Comimos juntos y después me vine hacia aquí.
—¿Hubo algo entre vosotros?—yo negué con la cabeza, pensando en aquel momento en la cama, cuando estábamos a punto de besarnos pero me llamó mi padre.
—Absolutamente, nada—le dediqué una sonrisa.

Se formó un silencio incómodo. Jospeh se levantó de la cama y se acercó a la puerta.

—¿Bajarás a cenar?
—No, lo siento. No tengo hambre.
—De acuerdo. Descansa, te irá bien.

Me dedicó una sonrisa y yo le respondí con una mueca. Después desapareció por la puerta y me volví a tumbar en la cama, echándome la sábana por encima y durmiéndome mientras pensaba en Justin. Después de mencionarlo en la conversación con Joseph, era como si su nombre se hubiera quedado estancado en mi mente. 




Desde hacía cinco minutos, podía ver los altos pinos rodeando la carretera por donde circulaba. Ya estaba más que acostumbrado a las bruscas curvas y conducía con mi moto a grandes velocidades por la montaña. Amaba la sensación del aire chocando contra mi piel. Podía sentir la adrenalina por mis venas y me hacía sentir libre. 

Me desvié por un pequeño camino escondido y recordé el primer día que James me llevó por allí. Recordé sus palabras llenas de orgullo, hablándome de los secretos que escondía el final de aquel camino. Al principio creí que estaba loco, después lo comprendí todo. Aquel edificio estaba escondido entre los altos árboles. Era de ladrillo, sencillo y pequeño, con graffitis en las paredes. Las pocas ventanas visibles, estaban rotas y no se veía señales de vida en ninguna de ellas. Llegué a pensar que estaba abandonado, pero era eso lo que James quería que pensara la gente. Era sólo una tapadera para esconder lo que se encontraba dentro. 


Dejé la moto aparcada entre unos arbustos y entré por una puerta de metal, situada en la parte trasera. Me encontré con Nicole en la entrada. Llevaba su bata blanca de trabajo. Ella era la doctora del edificio y se encargaba de curar a los que llegábamos heridos aquí. Era la única chica que caminaba por aquellos pasillos. Y para todos los que trabajábamos aquí, era como una hermana o algo por el estilo. Me saludó con una sonrisa y comenzó a caminar a mi lado hacia el ascensor.


—¿Has visto a Luke?

—Dejé a tu hermano en casa.

Piqué al -3 y el ascensor comenzó a descender. El edificio estaba construido bajo tierra. Era lo mejor para mantenerlo escondido.


Nicole jugaba con sus manos, quitando y poniéndose los anillos de sus dedos. Una y otra vez. Su vista estaba fijada en algún punto de ellas. Parecía nerviosa. Siempre me había sorprendido lo mucho que se parecía a Luke. Ojos azules, el mismo pelo castaño, unas pestañas largas y rizadas y las mejillas ligeramente rosadas sobre una piel pálida como la nieve.


—¿Está bien?


Sus ojos azules transmitían preocupación. 


—Sí. James se ocupará de...

—De nada. Eso no me tranquiliza, Justin. Tanto tú como yo sabemos que James no hará nada. 
—Es él o nada. A no ser que esperes que el juez le perdone, no sólo este, si no más de un  asesinato en dos años—. El ascensor hizo un pequeño ruido y se detuvo—. Es el único que puede conseguir que no vuelva  a la cárcel.

Las puertas metálicas se abrieron, mostrando unos pasillos siniestros y fríos, con una luz pálida que provenía de los fluorescentes en lo alto del techo. 


—Dejemos el tema. ¿Le dijiste a James que querías dejar este negocio?

—Sí, lo hice.
—No es por desanimarte, pero...
—Una vez que estás dentro, no puedes salir.—suspiré.—Lo sé.
—¿Y si lo sabes, porque se lo dijiste?

Nicole estaba enfadada, preocupada. Aceleró el paso, marcando con sus tacones en el suelo un ritmo más rápido.


—Tenía que intentarlo. Estoy harto de toda esta mierda.

—Tú elegiste esto, Justin. 
—Lo hice en un mal momento—. Caminé más rápido dejando a Nicole atrás—. No sabía donde me estaba metiendo.
—Es tu trabajo. Es lo único que tienes.

Nicole me paró sujetándome el hombro. Mi mirada era fría y oscura incluso debajo de aquellos fluorescentes en lo alto.


—Es fácil decir eso cuando no matas a personas.


Agité mi brazo y me solté de su agarre. Llevando las manos a los bolsillos de mis tejanos hasta llegar al despacho de James.



—Creí que ibas a ser más rápido.
—Lo bueno se hace esperar.

James se encontraba sentado en su gran sillón de piel oscuro girado hacia la pared, dónde había un mapa grapado con todas las salas de aquel edificio. Se giró sigilosa y lentamente hacia mí, con una media sonrisa en sus labios que hacia temblar el frío suelo.


—Desde luego que el trabajo que tengo para ti es bueno. Y muy especial.

—¿Acaso no estoy aquí para hablar de lo que te propuse?—pregunté apoyando mis manos en la mesa, acercándome más a él.
—No quieras adelantar. Todo a su tiempo, Justin. Todo a su tiempo.
—No tengo tiempo, James. Lo quiero ahora.

Sus ojos oscuros estaban vacíos, teñidos por el paso del tiempo, el dolor y los años de soledad. Su cabello, ya canoso, comenzaba a coger el color de la nieve. Sus labios finos formaron una pequeña línea recta y se abrieron de nuevo para hablar.


—Está bien—se levantó del asiento.— Hace unas semanas viniste aquí pidiéndome que te dejara irte, ¿verdad? —Yo asentí—. He estado pensando y eso no se lo he concedido a nadie, pero tú eres alguien muy importante para mí, Justin. Alguien especial—se acercó a mí y cuando estuvo a mi altura, apoyó su mano en mi hombro—. Pero que quede entre nosotros—soltó una pequeña risa—. Y he pensado que te dejaré libre.


—¿A cambio de qué?

—¡Vaya! Parece que me conoces bien—volvió a sentarse en su sillón, dejándose caer.
—Sé que no das nada, si no ganas algo a cambio.
—Verás, de eso quería hablarte.

LLevó su mano hasta el centro del escritorio, dónde se encontraba una carpeta de papel con un clip metálico en lo alto, y la empujó hacia mí. Yo cogí asiento y me senté en una de las dos sillas que había delante de la mesa.


—Ábrela. 


Abrí la carpeta. En ella se encontraba una foto de una chica castaña de espaldas vestida con el uniforme de su instituto. Era mi instituto. Y yo conocía a esa chica.


 —Quiero que me la traigas, necesito algunas cosas de ella. 


En la segunda foto, se podía apreciar mejor como era. Tenía los ojos oscuros, del color del café e iba con su padre, un hombre mucho más alto que ella, moreno y de unos 50 años, que llevaba un traje gris.


—Tal vez tengas que matarla, quién sabe.

Era Catherine.



RT AQUÍ SI HAS LEÍDO EL CAPÍTULO. ¡LO SIENTO MUCHÍSIMO! Lo siento por no subir en dos semanas, pero he tenido  muchos días de bajón por varios problemas que tengo y no tenía ganas de nada, además he estado mala y  con exámenes, etc... y no tenía tiempo para escribir. Pero aquí está el capítulo, un poco más largo de lo que acostumbran a ser. Espero que me podáis perdonar y que os haya gustado lo que habéis leído. 
Gracias por leer y por estar ahí. 
Sin vosotras esto no sería posible. 
Un beso muuuuy fuerte, os quiero mucho. <3
¡COMENTAD, POR FAVOR!

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